Extra #7 — Chocorrones.

La lluvia atrae a los chocorrones, sobrevuelan tu alcoba. En la mía trepan paredes, lanzan arpones a la punta de mis sábanas y sus aletas vibran para hostigarme el sueño.

Al morir estos, vomitan hormigas por donde no tienen boca. Las hormigas no distinguen entre tu espacio y el mío. A ellas nunca les importó tu opinión. Trepan o vuelan donde les place. Dejan sus huellas sobre la mesa donde comemos, en las sillas que tu madre nos regaló. El taburete y las persianas son su alimento. Tengo ampollas en la piel, ¿cómo voy a dormir así?

Vos pensabas que los chocorrones eran colaterales, que la vida con ellos era posible. Te adaptaste al ruido de sus aletas (dudo que juzgarías igual de ser tu cama el monte Everest). Lo aguantaste porque al apagar las luces el asunto ha sido resuelto.

Mientras, yo estoy en guerra y nunca gano. Más de una noche me has considerado refugiado entre tus sábanas. Me sabe a mieles tu asilo aunque de momentos nada más. En la madrugada nos estamos asando, arrepentidos de movernos tanto.

Pero ahora que las hormigas dejan sus huellas por toda nuestra piel y su extensión, las paredes, no tengo no tenemos dónde escapar.

Lanzamos agua, las hormigas nadaron. Lanzamos veneno, lo usaron de cerveza. Probamos con saliva y eso las hizo más grandes. Por último, usamos el fuego. Cama, persianas, taburete, silla y mesa. Todo cubierto por una película rojamarilla, azul cerca de la cocina.
Te dije que aquellos chocorrones no eran colaterales, para la próxima tenés que hacerme caso. Pero pudiste haber hecho más, ¿sabés? Pues, si no querés, no hay problema. Esperame entre tus sábanas, que ahí voy a estar de refugiado. Ahí nos vamos a estar asando como las hormigas. Como hormiga te voy a dejar si seguís hablando. Bueno, entonces me callo. No, ya es muy tarde. Vamos a buscar dónde vivir, mejor…

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Prosa #35 — Zamiras.

Para Zamira Maya, relatando nuestro primer encuentro.

1. El único bus.

Vas en el único bus con destino a ciudad vieja. Los otros dos no tienen encima nombres de lugares. Despertaste sin dificultad, bebiste café instantáneo. Algo leve sentías en el cuello, una pestaña metida entre el aire de los huesos. En el asiento, llevás un espasmo, la cama todavía puesta en la espalda. Te parece extraña la vacuedad. Agradecés la quietud. Tenés las suelas de tus zapatos elegantes llenas de lodo, en ciudad vieja las tendrás llenas de gris.

2. Gris fascista

Gris está el cielo, vos lo estás mirando. Parece mentira: hay menos espacio entre el sol y Saturno que entre los asientos del autobus. Un ingeniero, a tu lado, abanica sus anteojos. Porta una carpeta, dibujos, planos apretados. Casi amasás en las orejas un tapón de gritos, pero guardás la compostura, por eso el señor mete plática. Dice que un montón de vagos quemaron su pipa. Cuando te mira leyendo -es un libro que escribió otro ingeniero, este de la UCA-, asume que sos el nuevo Rugama. Pero vos te imaginás como José Coronel Urtecho acompañado de los camisas azules, pero sin un ideario estético, el apellido entero, falto de confusiones.

Tampoco escribís bien, eso es un asunto aparte.

3. Azul, como los kilómetros.

Tal vez en el futuro te hagan una biblioteca en la UCA. Mientras, vas pasando un montón de cosas pintadas de azur, autoritario azur. En tu mente preguntás por qué hay tanto cianótico en la piel de la ciudad vieja; violáceo que nunca seca el dolor que causa. Por lo menos, sabés que vas llegando. Sentís los olores clásicos, no del todo idénticos a la última vez, pero sí aceitosos, reminiscentes, deslizables sobre la piel que es capaz de doblarse y sentir. Deseás que el ingeniero no hubiese callado hace cinco kilómetros, su comentario sobre el horizonte lleno de cruces pudo haberte causado inquietud; a vos la inquietud te excita. Pero acordate, estás llegando. El camino no es importante, el asunto grave es salir de ese bus y echar una buena andada. Vas a atravesar un mercado que, como una cortina ensangrentada, yace sobre suelos irregulares. Como si alguien la hubiera plegado, están llenas de pestilencia las colinas que enterraron siglos de urbanismo y a vos eso te causa náusea en la psicología. No desistás, sí, que te espera algo bonito allá donde la ciudad vieja envejece más, da rubor a sus mejillas y recibe gente, papeles, insultos, acentos, pero sobre todo recibe como tal.

A vos te va a recibir también, no lo dudés.
4. A mitad de una nube.

Estás sumergido. No entrés en pánico. Acordate cómo es -era- el mercado allá en tu pueblo, cómo lo sorteabas para comparar las verduras con los vendedores (aunque este es un chiquero más grande). Más suciedad, más olor a fisionomía, a sarro subiendo por tus piernas. Sentís que el espasmo de tu cama vuelve, de momentos, a repicar, como un pequeño perico en tus hombros, en tu vesícula. Te contesta cuando le hablás, por eso escogés callar. Está juzgando tus pasos. Mete preocupaciones en tu esternón -que no está de lado-, páncreas y apéndice. Quiere envenenarte, cambiar tu carne por gangrena, que te metan a una sala de sucios en un hospital de Masaya. Las vomitás al pasar por una tienda de ropa. Ese vestido verde, o azul, o rojo con negro, hostiga toda la red de nervios que te mantiene conectado a la carne.
5. ¿Por qué?

Recordá tu encomienda, por qué estás en ese torrente de liendres y por qué vas a la parte más vetusta de la más añeja urbe en un continente tan podrido como lo es América central. ¿Por qué vas? Decime, ¿por qué vas?

6. Civilizaciones.

Sos escritor. Por ese nombre tus pares te conocen. Lo viejo te envuelve, enseña mejor que las computadoras y no deshumaniza. Por fortuna vos no sos interseccional, tampoco te gusta Žižek.

Ves el parque y pensás en cómo se habrá visto en los tiempos de Somoza. Pasás frente a lo que creés es una alcaldía. Andás ganas de quemarla, todos andan ganas de quemarla. Contenés tus impulsos porque sos civilizado, pero no mintás, se te paró cuando viste esos tres mástiles erectos y en el medio la bandera azul y blanco. Nada más.

Frente a un edificio más viejo que todas las piedras de esa plaza, vos esperás, con un libro distinto en la mano esperás. Es de un hombre foráneo, más versado que vos en el suelo donde te parieron, que conoce de memoria el polvo en tus pies y los rayos específicos que ennegrecieron tu rostro.

Lo que no sabe es que allá, en esa calle, apenas con rango, hay un taxi del que sale una muchacha. Esa muchacha está acercándose a vos. Te logra reconocer por tu pelo mal cortado y tus mangas apretadas. Observa desde sus anteojos turbios que suman a los tuyos opacidad creando en el aire el perfecto opacoscopio. Hay menos distancia entre ustedes que entre el sol y mercurio; eso no es mucho decir, pero ahora te está abrazando.

7. Todas las cosas pasarán.

Calles nuevas, edificios estreñidos; eso ves al caminar. Tu compañera resalta el suicidio de los silencios, hace que tu voz tenga más tempo al estrechar la suya sobre la acera. Cada dos pasos recalcás que conocés un camino nuevo, más cordial, hasta un punto escondido en la anatomía paleo-urbana. Las manos vacías alzan libros en otros idiomas, entonces un claxon repica, entran al vehículo.

8. Uno, solo.

Las vías que el taxi recorre parecen portales. Los edificios, al avanzar, mengúan, no por distancia, sino por gusto. Escuchaste cuando entre ellos susurraban «abajo, más abajo» y gritaban «¡todavía más por debajo!».

Estás hablando de libros y alguien entiende tu cháchara, ¡qué hito! Pensás que tal vez haya que discutir una que otra puntualidad, pero, ¡enhorabuena!, alguien comprende de izquierdas seniles y derechas fehacientes. No hay docencia de por medio, eso te abruma. Tan joven como la calle sobre la que transita el taxi, más pulcra, como la vejez de esa casa donde te recogieron hace pocos minutos, es el rostro de la muchacha más curiosa, rostro que te imaginás con un cigarrillo, adornando sus labios (le falta un nombre, sí… eh, luego veremos).

9. Imágenes de una situación semi-bucólica.

Te marean los ladridos de un Retriever. Temblorosos, asequibles, suenan a vibrato de sintetizador descontinuado. Vino la retrospectiva de un motivo que viviste hace meses; hay juventud en todos lado: en las paredes, en la televisión, en los espejos. No es la románica que no vende, no es la celta sin sentimientos, menos que sea la banlieu. Trótsky Peoria la nombraste, San Ferry Anne y también Wild is the Wind. Más tarde, vas a decirle que no te gusta el arroz. Vos preferís otro tipo de blancura, un albedo que despreviene. Antes de saberlo, estás álgido, flojo, laxo (creo que es la tele, o los manteles cubriendo los filmes de un tal Whick).

Decís que no podés ver películas; no hace falta. La casa da vueltas entre risas (antes habías dicho que el vecindario entero te recordaba a tu pueblo, el contraste que hacía la ciudad vieja con la nueva te excitaba, a vos la urbanidad siempre te excitó), ambos lados del esternón han movido su posición a causa de esto.

Toda Nicaragua habla con una sola boca, escucha usando el oído ambidiestro. Hasta tu compañera abandonó su lucidez por estar metida en afanes de política. Nada de malo en eso, vos sólo pensás que le hace falta un nombre.

Al final te das cuenta que nada de interés transcurre -nada de interés exterior, porque para vos esto es escuchar (hasta imitarlo a la perfección) sobre el crimen del siglo- y te levantás sin pararte del sofá. Saludás a la hermana, a la madre.

Te sentís asaltado al leer todo lo que has escrito. Notás que has perdido la práctica. ¿Y así querés que te hagan una biblioteca en la UCA, donde los ingenieros civiles machaquen sus cabezas por las pipas que los vagos queman?

En el taxi de regreso te estarías mortificando por no haber hecho más, aunque hiciste demasiado. Pero, ¿qué hiciste?, ¿por qué no podés escribirlo como en otras situaciones? Tal vez el azul, tal vez el fascismo. Puede que sea tu vena de urbanista frustrado. En las isletas movedizas seguramente todo es otro asunto. Un ahogado más, un periquito menos. ¿Por esto veniste?, ¿vale la pena preguntarlo?, ¿escribir lo banal es excusa para no ser breve, conciso, para no escribir bien?

10. Azúl (así, con tilde).

Pensaste en la muchacha al lado tuyo. Estás comiendo galletas con ella. Recordás las bromas que han hecho, los memes compartidos. Será la recolección de un pasado tan reciente, que se siente lejano tanto como que no ha pasado. Es anómalo. Esto no lo has vivido. Estás metido en ello. Cómo va, viene, va de nuevo la sensación de querer morirse sin ver luces; eso no llegás a dilucidarlo. Afuera están matando gente. Siempre están matando gente y uno aquí, viendo películas, o no viéndolas tanto como experimentándolas.

Dentro de poco, en el bus, tendrás calor vespertino, otro sofoque y pensarás de nuevo en la muchacha al lado tuyo. Habrá una mujer policía, un borrachín que está ahí, ya se ha ido, está ahí y se ha ido. Vos no sabés si estás ahí, en tu pueblo, bordeando un río, encima del azul autócrata o si ya te fuiste, si seguís estando, estando, estando, estando, estando… Si seguís cantando la canción que te dedicaron ayer.

1.2. El último bus.
El cielo gris va tornándose azul. Vos lo ves desde la ventana más empañada. Algo leve sentís en el cuello, una pestaña metida entre el aire de tus huesos. Llevás un espasmo en el asiento, la cama todavía presionando tu espalda. Te parece destacable cuán lleno está todo. Añorás la bulla, el freneticismo. Andás las suelas de tus zapatos llenas de lodo, aunque ya frotado contra una acera el problema casi desaparece. En ciudad vieja las tuviste llenas de gris. En tu pueblo, oh, en tu pueblo estaban llenas de vida.
¿O era al revés?

Prosa #34 — 8 de Mayo, 2018 (UNICA-10,4).

Eran cerca de las cinco de la mañana cuando llegué al portón de la universidad. Pasé un recorrido promedio en un bus expreso, de los que cobran cuatro córdobas de más. Salí de casa cuando no es posible distinguir si la oscuridad del cielo es causada por la muerte del sol o por su inevitable nacimiento. Tenía pensado leer algo en el camino, quizás escribir sobre lo curioso que son los transeúntes ajenos a mi realidad. Nada de eso fue posible. El bus no tenía luces lo suficientemente fuertes y mis nervios fluían. La nota de voz que dejé a mi madre en el teléfono azotaba mis oídos mentales; ¿habré hecho lo correcto?, ¿así quiero que mi madre me recuerde?, ¿debí haber enviado algo a mi padre también? No pude encontrar respuestas cuando ya estaba frente a los portones azules, observando la puerta entreabierta de las cinco con cinco.

El guarda pidió mi carnet por primera vez en semanas. Dudé un poco, más por la hora y por la distancia desde la que hacía los ademanes que por el hecho en sí. Enseñé el pequeño recorte con mi nombre, número de identificación, rostro, carrera; estaba sostenido en un collar que nunca llegué a usar con propiedad, envuelto por una capa de plástico, sellado con una cinta de papel simbólica que tenía escrito el nombre de mi hermana.
Imagino que el guardia habrá escuchado algo. Asumí que la universidad ya manejaba nuestra pequeña junta, quizá no a detalle, pero a grandes rasgos debía ser algo seguro.

Fui de los primeros en llegar, sino el primero. No vi a ningún estudiante de medicina temblando en el área verde con un libro el doble de su cintura. Subí hasta el segundo piso del edificio A, entrando en la primera aula a mano derecha. Procedí a abrir las ventanas, como era costumbre mía. Postré mi mochila en un pupitre, salí a tomar aire, una fotografía y a darme una idea de qué iba a ocurrir las próximas horas, aunque fuese adivinando.

A las seis con nueve llegó una de mis compañeras. Vestía un suéter de mangas largas, rayas horizontales, blanco y negro, pantalón azul, zapatos no recuerdo. Eran los colores establecidos para nuestra empresa, sin embargo, con rostro fruncido, me confesó que no estaría involucrada. «Eh, yo no me meto en esas cosas», espetó. Fue irónico. Dos noches atrás los antimotines destrozaban su pueblo y las cabezas de sus habitantes.

Conforme el sol blandía su luz sobre los pocos que estábamos, más estudiantes iban llegando. Del B7 fueron puras mujeres, amigas de mi compañera. Estuvieron un rato hablando, luego fueron por café. Les di dinero para que me comprasen uno.

A eso de las siete y media, buses rugen, sirenas, a lo lejos, desgarran la tranquilidad de la mañana. Todo fue en crescendo desde ahí, contados una podadora de césped, el café y mis compañeras apáticas.

Antes de empezar la clase de inglés, derramé mi café sobre el pupitre. Tuve que vestir dos enormes manchas en mis piernas por el resto del día, algunas motas pardas en mi camiseta blanca que mi carnet, suspendido en su lazo azul, tapaba al dársele la gana y un olor a café manando de la cercanía. La podadora no se callaba, tampoco la profesora de inglés.

Fue aburrido, exceptuando los instantes en los que nuestra profesora lograba adentrarse en nuestras platicas sobre el evento. Mis compañeros más sagaces bromeaban, los demás reíamos. Sentí que todos los que planeamos asistir estábamos nerviosos. Que si no hay suficientes, que si habrá represalias, que si la juventud sandinista y demás alimañas rancias. Todavía eran las ocho, había algo de movimiento afuera; no supimos de eso hasta más tarde. (A esa hora más o menos, en el grupo de WhatsApp, piedra angular de toda la operación, reportaron que una autoridad universitaria -un gordo lleno de epítetos- iba queriendo dárselas de pacifista, parloteando sobre mantener el nombre de la universidad limpio. Todos empezaron a soltar mensajes de «que te escuche tu madre» y parecidos). Ya estaban repartidas varias hojas de recolecta de firmas, aunque muchos se mostraban reacios a firmarlas, querían saber para qué era. Yo no estaba muy seguro, tuvo que explicarlo otro compañero: eran para que suspendieran las clases, fuese a empeorar la situación en Managua y el resto del país, como habían hecho otras universidades.

Mi grupo tuvo hora libre desde las nueve y veinte hasta las diez. Ayudé a dos compañeras a terminar su tarea de comunicación escrita mientras escuchaba rumores sobre Bienestar Estudiantil. Casi a las once aparecieron fotografías confirmando dichos rumores: estaban revisando, junto a los guardas, los autos que entraban al recinto. Imagino que buscaban armas. No encontraron ninguna. Al grupo llegó una imagen, era un comunicado: UNICIT se levantaba.

Había estudiantes de medicina fuera del B7. Abajo varias cabezas. En WhatsApp, como si fuese un montón de gritos, «nadie para atrás» resaltaba.

A las once con once nos llega la información a través de una profesora pequeña, distintiva: las clases quedan suspendidas hasta el lunes catorce. Grito de celebración, bajada de escaleras. Búsqueda de rostros, de informaciones. ¿Hay o no hay?, ¿dónde están Jenser y su gente? Daban vueltas profesores. Bienestar corría, buscaba elementos que no estaban ahí, regresaba a su lugar. Hubo dudas, dudas que caminaban portando uniformes. Blanco, caqui; azul, blanco; gris, caqui; azul, blanco y azul de nuevo. Azul como el portón, su puerta abierta, escupiendo estudiantes y unión, el final del crescendo inundando la calle que baja hasta el diez y medio. Los primeros gritos devinieron de automóviles que ondeaban banderas, sonando cláxones al son de nuestra protesta. Una premonición, en pocos minutos nos inundaría el sonido de la simpatía. Dejando de pronto el estudiantado para ser células de un cuerpo más álgido, no excluyente, cantamos el himno, nos adueñamos de las consignas del enemigo para torcer su narrativa.

Puños en alto, bocinas. Gritamos con una voz férrea, maciza: en Managua, en Monimbó, en Niquinohomo, en León y Granada. En la costa, en el centro y en las montañas. En las universidades, en las casas particulares, en las fincas, en las carreteras. Una voz que no dejaba de sonar, que principió su respuesta mucho antes que nosotros, a través de los años, sobre tantas tierras posibles y tantos rostros curtidos por el olvido.

Reafirmamos, con nuestras gargantas y manos, la ventana que Alfonso tanto detallaba, los ríos sin veneno de Salvador, las imágenes plasmadas por Rodrigo, los perros traidores que usó Lizandro como vehículo.

Así hasta que la tarde y los buses tragaron el fervor como jarabe, guardando el resto para lo que acaecería mañana, al no saber nadie si el sol va a caer o está apenas ascendiendo. Al desconocer los demonios si es este un augurio nada más o la llegada de su escarmiento.
En el bus de regreso, un convencional rivense, de esos que cobran dos córdobas de más y están llenos de transeúntes excéntricos, sentí alivio. Una llamada de mi madre, preocupación disipada, la nota y mi voz hechas fútiles. El día significó una inyección de vida, de significado momentáneo.

Después de unas encomiendas, regresé a casa.

Mi hogar estaba lleno de seres diabólicos.

Prosa #33 — Mañana es Navidad.

Para Lilliam.

Pensar en los pechos de Sophia es perjudicial, por no decir nocivo. Me advirtieron varias amigas lesbianas que enfocarse en ellos equivalía a ingresar ponzoña en la mente. Paradójicamente, comparan los preliminares con ahogos en ambrosía.

Al preguntar tenía conmigo un cuaderno de notas, rojo con pegatinas rosadas. La etiqueta rezando que era el cuaderno de Sophie y yo lo llenaba de observaciones sobre la mujer que volvió diciembres mis abriles.

Los límites de mi vista protegían sus pechos, también su rostro, pintado con el arte que sólo ella tiene, escapaba. Había verde y azul bailando en el fondo de mis ojos. Vientos desprendiendo de los árboles hojarasca, pequeñas cuchillas de cepa, olores que asaltan los orificios nasales y hacen parapetos en la garganta. Aroma fibroso en toda la estancia, soltando la ergonomía de nuestras ropas, esos jeans que tanto resaltaron en el salón de clases.

Fijaba el pensamiento en las bancas de abajo, hechas sobre un campo donde ella y yo sembramos cigarrillos y compusimos embarques de hombres apócrifos; ella siempre muy imaginativa, vanguardista cuando se trata de escribir poesía rota.

De vez en cuando la imaginaba desnuda, abierta en una manta, recibiendo el aire de las colinas de El Crucero, cargado de cenizas, flotando en mares de silencio y entonces un corte; un disparo, tan negro que mataba los cielos, ahogaba a las nubes en éxtasis, como un montón de lesbianas que conocieron a Sophia.

Los cadáveres descubiertos en una fotografía de Managua, después descritos por un estudiante de medicina. Me comentaba la propia Sophia que disfrutaba el olor a pólvora, eso o los choques, plomo contra carne quizá, pero de ella no lo esperaba.

En un balcón, viendo el derrocamiento de Helios por Nyx, sin un alma que meta sus dedos en ese desastre, sólo ponzoña y ahogos. La cara de Sophia clamando por el polvo engusanado que viola mis derechos. Es una Managua distinta a la que acostumbro, un mundo mejor donde Sophia me dice -y ha dicho- que soy especial, que su pecho no es venenoso, sólo picante y ahora promete que no va a desdorar su rostro con aserrín de nube muerta.

—Indio y mujer que se pintan—afirmó Sophia—es porque van a la guerra.

El campo donde ella y yo sembramos cigarrillos ensanchaba mis dolores de cabeza. En el fondo estaba la caseta de los pecados que mencioné en «à deux». Revivo, a veces con los ojos, otras con índice y anular (y todo lo que está en medio), mis encuentros con la lesbiana más extravagante de todo el Latin American Campus. Todos pasaron allí dándose cuenta; dentro de la caseta no hay verde ni azul, hay filtraciones que dan ahíncanza a sus rebotes, chocando con los pechos nunca bien pensados.

No he hablado de los cigarrillos, eran negros. A veces hechos de lepra, otras de viento marino. Los compramos cargados de ceniza, advertidos de que, si no iban a parar al sembradío, acabarían en nuestros tendones, alargados como serpientes, destrozando venas. Serían causa de muerte y aquel estudiante de medicina -el que estaba con vos, Sophia, cuando nos vimos en las bancas- buscaría piedad, cada semana depositándola en nuestras tumbas, llorando por vos, por mí haciendo rodeos, cavilaciones sobre el cuaderno donde escribí todo esto y más…

Por eso hay que escuchar al lesbianismo cuando dice, que los pechos de Sophia no se piensan, se viven.

Poesía #25 — Juventud.

Grita la calle como

un violín que desgarra

la fibra de la oscurana

sin remordimiento.


Pensaste en el pasado,

mal hecho, vidrioso,

extraído y sin repetir.


Viste lo defectuoso,

aquello que no creías

posible poder recordar.


Hay manchas en la ropa,

no tan notorias

cual los temblores;

igualmente agobiantes.


Y al caer encima

de avenidas,

pueblos furibundos,

los callos en llamas,

las colas enmarañadas

de diablo ataviado de santo…


Cobrás esperanza,

sentís los dolores,

pensás en madres,

estudiantes, profesores.


Gritás con la calle

y gritás en romance:

«¡Nicaragua libre!» y

«¡Que se rinda tu madre!»