Poesía #16 — La niña de los ojos grises.

A Mónica Orellana.

La niña de los ojos grises
derrama su tristeza,
canta cual musa altruista,
llora, también se estresa.

Con sus ojos simplistas,
desvanece verdades
en lo dulce y en lo suave,
eso hace con su vista,
triste como la brisa.

Aunque no sean felices
de tanto en tanto ríen
y con su risa te riegan,
como césped a merced
de una brisa ciega.

Acaricia con astucia gatuna
sus malicias y sus lunas
obscenas. Los amargos
tragos de veneno
y los saltos dados
al jugar en el recreo.

Es hermoso ver la luz
en los ojos cazadores
de la niña que los viste
con total soberanía,
dominando los sabores
más ocultos; el calor.

(Profundo)

Y en sus manos,
incapaces de tocar,
lo extraño y a la vez
tan familiar.
Yace lo curioso
y lo bello de sus ojos,
las canicas grises
que a todos han hecho
muy felices.

Y eso es hermoso.

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Prosa #16 — Helénica.

A Osmara Olivares.

El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas. El techo que me acogía me daba la sensación de ser una pequeña hormiga bajo un transeúnte con paraguas. Los pilares que le sostenían eran como patas de tortuga. En su interior vivía un extraño tipo de pasado que algunos decían era inventado. Mi pasado favorito.
Me pareció extraño que el museo tuviese sus puertas abiertas a esas horas de la noche y que, por más que llamase o buscase, ningún guardia aparecía a la vista. Estaba solo en ese mar de historia, era un loro en una jaula de cultura, una gaviota de alas rotas. Decidí que utilizaría mi tiempo en aquel lugar de manera productiva, saqué mi cuaderno y empecé a dar vueltas por ahí. Anotaba cada pequeño hecho interesante, cada nombre que sonase bien, ideas para cuentos y canciones derivadas de retratos y esqueletos deformes, retratos y esqueletos de hombres locos.
***
Había recorrido ya todo el museo, estaba cansado, me senté en la fuente del centro donde todos los pasillos desembocaban. El agua en ella era tranquila, su borde -sobre el cual decidí recostar mi cabeza- era de una especie de azulejo ultra liso. En el centro de la fuente había un pilar que parecía robado del Partenón con una amazona envuelta en sábanas indestructibles sobre él. Yo estaba con la vista al tragaluz del techo, a lo más hondo de los cielos.

La estatua me pareció hermosa, todo en aquel museo lo era. Dediqué los siguientes minutos a utilizar las notas que había recolectado. Escribí un borrador para un poema y la maqueta de un cuento. Mis notas eran claras pero mientras más leía menos podía entenderlas. Perdían significado. Cuando llegué a «una ballena azul volaba…» la concentración me abandonó. Así sin más.

Un gran estruendo salió volando desde el pabellón de biología hacia mis oídos. Mi cabeza cayó del borde de la fuente, empezó a fluir. De las manos de la mujer pétrea salían chorros de agua que bien pudieron ser hilos de plata. El estruendo crecía en intensidad, se movía como un tren-tortuga: lento, masivo, seguro. La sábana de la mujer cayó en el agua y se deshizo en un banco de perlas que dio más brillo a las aguas alborotándolas en el acto.

Entonces vi a la madre del océano que el cielo paría: una ballena azul volando, no, nadando en el aire del museo. Su aleteo era un vendaval, sus chirridos pequeños huracanes.

La ballena pasó por sobre mi cabeza para irse luego al pasillo de las humanidades, de él volvió llena de colores. Vi, entonces, a la diosa griega, serena en la mitad del estanque, desnuda, agazapada y distante. Su mirada me llamó. Puse mis pies en el agua y caminé en su dirección. Cada paso aliviaba mis hombros, como si hubiesen estado bajo un peso que yo mismo desconocía. Cuando llegué a su pilar, estaba desnudo también. A la ballena se habían unido una serie de obras de arte, de rocas, de cadáveres. Vi el cuerpo de la diosa griega tan vivo y carnoso como el de una mortal, tan terso y moldeado como la divinidad misma. Pregunté por su nombre:
“Helena”
“Helena”
“Helena”
Y el cielo se rompió a rayos. La ballena destruyó el techo. Las galaxias reventaron, su luz se detuvo en la nada.

Helena bajó de su pedestal para acompañarme en mi delirio. Ahí saboreé el cuarzo en sus venas mientras ella me sumergía en el agua, mientras brillaba todo a nuestro alrededor. Helena me embrujaba con sus manos sobrias, jugueteaba con mi cuerpo como si fuese un sonajero, un sonajero que de tanta insistencia se destroza en mil pedazos, soltando en el vacío el interior del alma, lo que hace que suene.

Mis ojos vieron su rostro impregnado con la proporción áurea, mi boca esbozó su nombre:
“Helena”
“Helena”
—¡Helena!—grité, saltando de la cama.
Fui y revisé la hora, aún era muy temprano. Caminé hacia la cocina, me hice unos huevos, me senté en el comedor, tomé mis cuadernos y prendí el televisor.

En aquél aparato se veía la estructura del museo local con un agujero enorme en el punto más alto del techo. La reportera hablaba de cómo había desaparecido el esqueleto de una ballena azul, fósiles de homínidos y varias obras de arte de naturaleza invaluable. Cambié de canal. Ahora un par de astrónomos discutían, con una inseguridad que yo desconocía en los astrónomos, cómo la noche anterior la galaxia de Andrómeda y la galaxia del triángulo desaparecieron de la nada, hablaron como la desaparición había sido reportada de manera simultánea por todos los telescopios terrestres y satelitales y como…

Apagué el televisor.

Vi por la ventana.

Abrí mi cuaderno, leí en voz alta:

—El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas…

Prosa #15 — Ecce homo (o «El Jesucristo rojo»).

El capitán José Enrique Munguía patrullaba la zona con tres escuadras acompañándole bajo el manto de una brisa silenciosa. Una de las patrullas estaba bajo su mando, las otras dos estaban a cargo del teniente Manuel Cisneros. Ambos sentían la rutina en los hombros pero no se quejaban, se sentían optimistas por alguna razón que la brisa robó de sus mentes.

Divisaron a un campesino montando a caballo a eso de las dos de la tarde. El campesino les gritaba:

—¡Oy, aquí hay guerrilleros!

Munguía, curioso, se acercó al campesino en busca de información.

—¿Cómo así que guerrilleros?—preguntó Munguía.

—Vengo de comprar aquí nomás en el pueblito, unos hombres de camuflado me quitaron todo a punto de fusil—el campesino hizo como si disparase con sus dedos—Los dirigía un hombre cacastudo y larguirucho, era barbudo y llevaba unos anteojos culo de botella que no sé cómo hacía para ver.

Munguía agradeció al campesino y fue junto a Cisneros y sus patrullas hasta un claro, ahí extendió un mapa de la zona ubicando así un lugar para chocar con los guerrilleros que tanto le hacían hervir la sangre. Concluyó de manera instintiva que la confluencia entre los ríos Zínica y Piedra sería el lugar perfecto para establecer a las patrullas; tratarían de emboscar a los marxistas.

Munguía ordenó al teniente Cisneros ir con sus patrullas al lugar, que sembrase sus escuadras en una iglesia abandonada de por ahí.

—…Y ahí esperás a que te salgan—dijo Munguía con un tono inusual, como informal—Yo voy a buscarlos por acá y te alcanzo si no hallo nada.

—Sí, señor.

Munguía entonces siguió con sus labores de patrulla. No encontró guerrilleros pero sí huellas confusas y casquillos de bala. Sentía como si le guiasen hacia una trampa, le angustiaba no poder descifrarla. Era como una mosca volando entre una red de telarañas, un mal movimiento y ¡sas!, le llenan el pecho de balazos.

Para su suerte, no encontró marxistas, halló en el camino a algunos campesinos que prefirieron evadirle y, cuando estuvo apunto de sembrar a sus tropas para darles descanso, recibió una llamada.

—Capitán—decía la voz entrecortada del teniente Cisneros en la línea—, acabamos de intercambiar disparos con los guerrilleros. Estaban al otro lado del río y parece que uno salió herido porque nos gritaba: “Soy Carlos Fonseca Amador, no disparen, soy más útil vivo que muerto”. Les dije a mis hombres que no cruzasen el río porque parecía una emboscada, lo estamos esperando.

—Llego mañana a primera hora, va a llover fuerte y no quiero arriesgarme.

Eran las ocho de la noche entonces, una lluvia torrencial empezaba a asentarse. Munguía decidió sembrarse para salir en la mañana, a primera hora. Escuchar el nombre de tan conocido personaje junto a las palabras de súplica que el teniente Cisneros le atribuyó fue exquisito, le dio una noche de sueño aislado de la lluvia y del frío, como si se hospedara en el hotel más cómodo de Managua. Su emoción, sin embargo, se fue rápido, para cuando salió con sus hombres a eso de las 4:30AM, estaba tan serio y preocupado como la mosca sigilosa entre las telarañas.

Munguía llegó con la mirada enaltecida unas horas después, lo recibió Cisneros:

—Buenos días, capitán. Si le parece, vamos a cruzar el río para reclamar a Carlitos.

—Prosiga, mi patrulla le dará apoyo desde aquí, por si acaso.

Cisneros ordenó a sus patrullas cruzar el río una por una. Munguía y sus hombres permanecían en tierra como medida de seguridad que luego mostró ser innecesaria; todos estaban muertos. Los cadáveres estaban empapados con sus fusiles aún rozando sus manos, los agujeros de bala se perdían entre las ropas húmedas, el hedor era una fuerza más de la naturaleza, golpeó a todos los soldados de la Guardia como una ola de San Juan del Sur. Cisneros notó un rastro en el lodo, un rastro reciente, parecía como si un hombre cojo y una culebra caminasen juntos. Supo que era su trofeo intentando conservar su libertad. Cisneros dedujo que actuaba por pura desesperación, que no iría muy lejos ese intelectual sovietizado. Le hizo una seña a Munguía y le gritó:

—¡Venga a ver esto, capitán!

Munguía atendió sin cuestionar, su optimismo renació mientras cruzaba por las aguas del Zínica-Piedra. Cisneros ordenó a sus hombres seguir el rastro y traer al novio de la patria rojinegra a sus pies. Los soldados anduvieron por unos cuantos metros, encontraron entre los árboles a un espectro retorciéndose, a los despojos de un hombre. Sus ropas estaban empapadas y rotas, llenas de lodo. Su pierna izquierda parecía la raíz de un árbol podrido, en ella había una extraña combinación de rojo, café y verde. Los lentes «culo de botella» que tanto moldearon su imagen yacían rotos sobre sus ojos descoloridos.

Los soldados de la Guardia tomaron al despojo en sus hombros, lo cargaron como el cirineo cargó la cruz de Jesucristo, se burlaron como judíos sediciosos. Notaron que su respiración era ligera, más que exhalar, suspiraba, más que inhalar, se retorcía en pena. Vieron que quería hablar, usar sus dotes de oratoria, hacer gala de su educación rusa, de su habilidad como profesor, de sus buenas notas; apenas balbuceaba.
—He aquí el hombre—dijo Cisneros a Munguía quien parecía impresionado.

—En serio es él.

—Y lo tenemos justo aquí.

—A este seguro lo sacan después—dijo un soldado misquito.

—¡Silencio!—gritó Cisneros.

Munguía se acercó a Carlos, ordenó a los cirineos que lo dejasen caer y este desplomó su cuerpo sobre sus rodillas, ante el Capitán José Enrique, su Poncio Pilato. En ese momento, Enrique quiso decir mucho, pero no encontraba palabras, su poder sobre la vida de aquel hombre era gigantesco, él era su Dios.

Munguía nunca sintió especial gusto en matar comunistas, él mismo no lo hacía en tanto no fuese necesario, pero con éste era distinto, era el marxista más rojo en toda Nicaragua, su sangre era la bandera de la URSS y quería quemarla como un Americano.

Sin embargo, el soldado misquito que antes había sido callado, sacó su Browning y le dejó ir una ráfaga en el pecho y rostro a Amador, diciendo:

—A este hijueputa mucho nos cuesta capturarlo y después su papito que le maneja los negocios a los Somoza consigue que lo saquen siempre.

Munguía no dijo nada, habían cortado, de la nada, su poder divino.

Cisneros amonestaba al soldado imprudente, le quitó el fusil. Mientras le gritaba, Munguía veía el cadáver desfigurado de Amador, le parecía parte de la jungla causándole especial asco.

Munguía dio la vuelta, tomó la Browning de manos de Cisneros y baleó al misquito desobediente.

Hubo silencio. Cisneros no tenía palabras, Munguía sí:

—Caven una tumba para ese hombre,—ordenó señalando el cadáver del misquito—que los sandinistas adoren la tumba equivocada.
Los helicópteros llegaron más tarde, recogieron el cadáver del santo. Munguía y Cisneros no hablaron directamente en todo el viaje. Los demás soldados olvidaron al misquito cuando le echaron la tierra húmeda encima. Carlos se volvió el Jesucristo rojo.
Dicen por ahí que su carabina aún puede oírse en la aurora, esperando la llamada de su pueblo para unírsele, de nuevo, contra la tiranía.

Prosa #14 — Cuando llueve, las hormigas bailan.

Cuando llueve, todos parecen desorientados, hormigas que se ahogan en orín. Caminan por lados extraños en busca de su propio hormiguero, su montón de lodo. Hay en el aire gotas de descortesía, un olor a odio que se infiltra en las entrañas, que arranca las convicciones religiosas del altruismo.

Cuando llueve me siento más tranquilo, pero también más tonto. Siempre que el cielo llora olvido como cavilar un pensamiento, me resigno a buscar en otros lo correcto sabiendo al verlos, que en ellos hay de todo menos rectitud. Contesto con menos detalle, evito con más seguridad. Me vuelvo un zángano de nadie, sólo sé caminar.

Cuando llueve, lloro con el cielo pues sé que sus lágrimas, de mayor tamaño, sabrán limpiar las mías. Es un acto cobarde pero confortable, es el sonreír de los bichos raros, de los que saben por saber.

Bajo el llanto del cielo me siento más cercano al amor, al calor. Sé que, como yo, los demás son hormigas sinuosas. La mujer más bella, el hombre más fornido, el Brayan más vulgar, la puta más barata. Todos son insectos bañados en sal. Ni aunque sobre sus cabezas vuele una sombrilla o se asome un techo podrán escapar de la metamorfosis que causan las corrientes verticales, del sentimiento vago que provoca el petricor. Bajo la lluvia, todos somos hormigas lodosas, caminamos sin horizonte, buscamos un hogar sumergido en orines…

La lluvia para…

Somos hombres de nuevo.

Prosa #13 — Sólo los ricos.

Fernanda y Juan iban juntos al ministerio de zapatería a cambiar sus viejos mocasines por unos nuevos. Hacía meses que se habían roto pero la fecha de cambio era fija, sin posibilidad de negociación. Ambos habían reparado rústicamente sus viejos zapatos marrones, estaban horribles pero eso era común entre todos los de su comunidad. La cuestión había dejado de ser estética, era ahora puro utilitarismo.
Al entrar vieron una masa de gente sentada en un complejo de sillas azules pegadas entre sí, era la «fila». Una señora rechoncha les echó una mirada de ira señalando con su mano derecha una máquina expendedora de números. Fernanda tomó un número, luego Juan. Les habían salido el 101 y 102, el contador que colgaba del techo gritaba «cincuenta y tres» en grandes números rojos. Fernanda y Juan no perdieron las esperanzas porque nunca las tuvieron consigo en primer lugar, las dejaron en el cajón, debajo del colchón, en la despensa.
Como no había sillas vacías, se sentaron en el suelo.
—Qué horrible tener que esperar aquí—soltó Juan, con los ojos cerrados del cansancio.
—No seas malagradecido, mira que te están dando zapatos gratis.
—Ni tan gratis, además, son un asco—Juan susurró la última parte por razones obvias.
—¿Y si tan asco son, por qué estás aquí?
—¿Qué otra opción hay?
—Tenés las zapaterías privadas.
—No puedo pagar esas cosas, además, la más cercana está en la capital.
—Entonces no te quejes.
—¿Cómo no me voy a quejar si los zapatos son un asco?—esta vez Juan no susurró y todos le miraron extraño.
Fernanda calló, le había irritado un poco que Juan dijese tales cosas sobre el «calzado solidario», pero estaba dispuesta a guardar la compostura.
Todos ahí tenían los zapatos destrozados, los mocasines marrones estándares parecían panes viejos que se deshacían en migajas negras. Todos estaban irritados, los números iban muy lento, cada vez llegaba más gente a sentarse en el suelo, eso hacía que el ambiente sofocase como una boa constrictor. Fernanda y Juan hablaron tonterías hasta el número 76, momento en el cual la conversación -que ya llevaba cerca de tres horas activa- tocó temas más serios. Ambos habían tomado asiento en esas cosas azules, se sentían aliviados y hastiados.
—¿Ya sabes de la nueva escuela que abrieron cerca del parque?—mencionó Fernanda—Es barata pero tiene maestros con buena reputación, vi su plan y me pareció adecuado, quizá matricule a Kevin Jr. en ella al iniciar el año escolar.
—Suena bien, pero yo permanezco fiel a la Kristana, me gusta que a mi hijo le enseñen los valores cristianos y la disciplina jesuita.
—Va, ¿no es muy cara esa?
—Creo que vale la pena.
Juan vio cambiar el número, pensó algo que le pareció gracioso.
—Je, ¿te imaginas al estado manejando las escuelas cómo maneja las zapaterías? Que hubiera un ‘ministerio de educación’, sería genuinamente gracioso—Juan rio—. Los maestros gritarían a sus alumnos, les pegarían incluso; enseñarían montón de cosas inútiles, sería…
—No me gustaría eso—interrumpió Fernanda.
—¿Y por qué con los zapatos es distinto?
—Pues, mira, es que los zapatos son una necesidad, un derecho humano, ¿entiendes?
—¿Y la educación no?
—Eso es un privilegio.
—A mí me parece que ambos lo son, de cierto modo.
—Nadie te gana.
—Pero…
—¡Nadie te gana!
Juan calló y esperó.
Dio el anochecer, algunos pobres diablos que pasaron una ridiculez ahí se fueron por estar muy lejos en la lista. Fernanda quería sus zapatos tanto que cuando llegó el 101 salió disparada como la bala de un policía. Entregó en la rendija su documentación en regla, desnudó sus pies y entregó las masas añejas que llamó alguna vez «calzado solidario». La mujer que le atendía le trajo una tabla con la que medir su pie -era innecesario pero parte del proceso-, Fernanda lo hizo y al devolver la tabla con las marcas anotadas en un papel, la mujer desapareció, Fernanda permaneció ahí, con los pies en el frío. La mujer volvió luego con un par de mocasines negros -especiales, por lealtad-, estaban sucios pero casi intactos. Fernanda aún no terminaba, sin embargo, tenía que llenar un montón de papeleo. Después de cuarenta y seis minutos, salió con sus nuevos zapatos. Juan fue el siguiente, pasó todo el proceso con normalidad hasta la entrega de los viejos mocasines. La mujer se había ido pero por poco tiempo, había traído consigo un par de sandalias básicas que dejó caer frente a Juan, lo miró indiferente y le dijo:
—El estado ha escuchado sus quejas, señor. Tome esto como una pequeña amonestación, vuelva cuando acabe el ciclo de sus sandalias. ¡Victoria, Victoria, Victoria, Victoria y… VICTORIA!
Juan se veía molesto pero, para no retrasar a los demás -que en serio necesitaban irse de ahí, aún más que él- y, más que todo, porque sabía que quejarse sería inútil, sino contraproducente, decidió cargar con las consecuencias de su gran boca.
Al camino de regreso, Fernanda se burlaba de él:
—Eso te pasa por andar con tus calenturas políticas.
—Yo sólo quiero al estado fuera de mis zapatos.
—Lo que quieres es que los pobres vayan descalzos y los ricos tengan zapatos de marca.
—Como con las escuelas, claro.
—Pues yo tengo mis zapatos, gratis y tú no.
No había caso en hablar más y Juan, frustrado, guardó silencio.

Prosa #12 / Poesía #15 — La sonata de Martina Díaz / Perdigones.

A Martina Díaz.

El sol de la mañana daba al cementerio un aire surrealista, los colores de las tumbas apenas y podían discernirse, todo parecía no tener frontera, ¿donde iniciaban las flores y terminaba el horizonte?, Martina no lo sabía, tampoco estaba para saberlo. Llevaba consigo un ramo curioso, una caja de chocolates densos, ganas de volver al pasado y un sentido curioso de introspección que no había conocido antes. Pocos notaban que Martina seguía el rastro de un entierro que hacía mucho había acabado, veía ella montones de besos, de cigarros, de caramelos, todos desparramados por el terreno, sobre otras tumbas, siguiendo siempre un camino, una línea que ella, cabizbaja, seguía. Cada paso lo sentía amortiguado, como si el mismo aire descolorido que robó las fronteras del cementerio quisiera llevarse también el cuerpecito de la niña Díaz.

Aquella marcha recordó a otras marchas emprendidas, unas de borrachera, de vómito, otras de depresión sincera, de llantos indómitos. Martina no podía esperar para llegar a esa tumba, ese resto de su amor. Quería ver, tantear con sus manos la realidad; aceptar el silencio y callar en su coro también.

Martina tenía miedo de recordar demasiado.

“Sueños de nada” repetía a sí misma, “sueños de años”. Llevaba un collar con una pequeña luna que, colgando, reflejaba la luz del sol en agonía. Quería calmar las luces, calmarse ella misma. Caminó.

La tumba que buscaba la tenía ya enfrente, había jarrones llenos de flores que seguían frescas, húmedas. Martina las vio con desprecio, las sacó de los jarrones y las despedazó contra el suelo, en su lugar dejó sus propias flores, las favoritas de Lucía. 

—¿Sigues ahí?—preguntó Martina, llorando—Tócame, por favor, tócame.

Martina pensó en el pasado: una bestia de muchos colores. Las fechorías ya estaban hechas, ahora ella abrazaba aquel recuerdo como un ancla, su ancla. Necesitaba a alguien, su todo.

¿Quién susurraría cosas lindas en su oído?, ¿quién besaría su frente?, ¿quién la protegería de la bestia colorida? Lucía ya había ascendido con alas de ángel, con muñecas rojizas, con cuellos magullados, con balas; sin nada. Martina jadeó hasta el desmayo y pasó ahí el día.
***
Martina Díaz visitaba
al amor de su vida,
a su vida enterrada.
“Sueños de años” decía,
“Sueños de nada”.

El sol moría,
como una vela
tosía, desde arriba,
vomitando su plasma
de melancolía.

La luna en su cuello
sonaba a cantos de sarro,
como un llanto
que desde abajo
suelta un cadáver.

***
Martina Díaz vio la luz en el cielo nocturno, escuchó al viento soplar frío en sus orejas, olió la tierra húmeda en su paladar y en su mano  sintió el calor del día que dejó tras sus párpados. Alzó la mano y vio al sol entre sus dedos, cuidando de su luna aún después de la muerte y hasta ahora.

Poesía #14 — Arenas benditas.

Te veo, muerto de los tiempos,
atestiguando las huellas del progreso,
sintiendo nada y nada percibiendo,
ciego sin silencios, sordo en paisajes de sol.

Te grito, último vestigio atolondrado
de un mundo, de miles de ojos
que alguna vez alumbraron calles
y avenidas pedregosas.

Me ocultas en la sombra de tu vista,
titán de obsoletos valores,
te pienso como cosa exquisita,
cual sonar de antiguos tambores.

Pero ya no brillarás, gran coloso empolvado,
tus hijos, a los cielos, hace mucho han marchado.

La cultura en tus huesos
yace inerte entre las dunas,
las canciones se acabaron,
hace mucho se acabaron.

De soles silenciosos,
de paisajes desolados,
así te recuerdan tus nietos,
hijos de un pueblo dorado.

En la decadencia,
en estas ruinas infinitas
que desnudas se extienden
a lo lejos, por las solitarias y llanas
arenas benditas.

Te veo, muerto de los tiempos,
y tú me ves a mí, desolado.

Prosa #11 — Románica que no vende.

Era su casa, me sentí una parte de su hogar. Ahí, sentado en aquella butaca al borde del desvencije, mirándola andar de habitación a habitación. Sentí nuestra soledad en los huesos, a ella le dolían, a ella todo le dolía. Faltaban varios minutos –largos minutos– antes de que llegasen nuestros compañeros. Teníamos todos una cita en una especie de restaurante que servía comida muy étnica, primero llegarían donde Daniela –donde yo estaba– a las 6 en punto pero eran ya las 6:30 y no había señales de vida, ni siquiera de los que vivían a la cuadra. Así eran ellos. Yo me había presentado en el lugar a eso de las 5:58. Era costumbre mía salir de mi casa con, al menos, veinte minutos delante mío. Esta táctica nunca falló, mi casa siempre estuvo lejos de toda la actividad y agradezco ese hecho.

Habíamos construido una conversación durante esa media hora. No fue nada destacable, siempre me fui por las ramas y ella –nadie en realidad– nunca fue capaz de seguirme. Su conformidad iba en forma de “ajá” que soltaba cuando yo decía algo que no entendía, o que entendía superficialmente, o que de plano no le interesaba. Hubo momentos en los que sentí, al ver sus ojos, cierto augurio de ofensa que frenaba mis palabras, palabras que usualmente iban cargadas de realidad. A Daniela siempre le incomodó la realidad.

Y seguíamos, con el patrón de siempre:

—Anoche leí un artículo sobre los Millennials—le dije, sonriendo.

—¿Qué es un Millennial?

Buena pregunta. Tenía un conocimiento aproximado pero, siendo un término así de vago, temí errar. Normalmente habría dicho algo simplista, siempre que me preguntan cosas por el estilo respondo simplista. Eso es porque, si les doy una buena respuesta, no sabrán apreciarla y como no saben apreciar, alaban pura mierda. No me gusta hablar mierda, pero tampoco esforzarme en vano. Igual, Daniela me importaba, a ella sí le daría una buena respuesta aunque fuese vaga…

–Pues, es un término demográfico…

Vi que perdió el interés luego de que regurgitase “demográfico”, como si tuviese que explicar qué significaba éso. De repente me vería enraizado en un fractal de explicaciones que ella prefirió evitar. Sólo escuchó, no entendió nada.
***
Me sentí solo, parte de ese hogar, como un mueble más. Un mueble extraño que habla locuras. La pieza que no venden en las tiendas, la que invitas a tu grupo. La silla con la que haces amistad. Eso pensó ella, me imagino.

—¿Podrías—dijo—acompañarme a mí habitación?

—¿Para…?

Comprendí el rol que jugaría mi silencio y decidí jugarlo yo también. Me levanté del butaco moribundo y caminé tras ella unos pocos metros. Puse especial atención a su cuerpo, a esas caderas que cual péndulo me hipnotizaban, cual reloj marcaban la hora de mi muerte. Así también sus piernas, fuertes cimientos de una escultura que con su belleza cuestionaba mi ateísmo. Sus hombros me parecieron el mejor horizonte en que perderse y yo era el marinero más ebrio que quería morir ahogado en tanta dicha.

Me senté en su cama. Vi alrededor una juventud esparcida por paredes, por espejos. La vi a ella, cómo deslizaba suavemente aquellos shorts por entre sus piernas de ángel, como su ropa interior caía de golpe hasta el infierno. Se acercó a mí así, desnuda bajo la cintura. Sentí su beso como sentiría un infarto, su lengua como el orgasmo supremo.

Comenzó a hablar en mí, con sus manos. Tanteó todo bajo mi cinturón y lo desenvainó. Sonrió al ver mi miembro tan feliz como yo lo estaba. Toqué entre sus piernas, ella me excitó. Sabía lo que venía, ambos estábamos de acuerdo.

La lancé contra la cama, hicimos el amor.
***
—Quiero fumar—solté, sin darme cuenta.

—No—susurró, casi de inmediato—, soy alérgica al humo.

Pensé en eso un segundo.

—Lo siento. No voy a fumar.

Me miró en silencio al levantarse de la cama que ahora yacía en caos. Iba a darse un baño, yo también quería pero ya había sido suficiente para los dos.

Me senté en la cama, en su cama. Me sentí, entonces, parte de su hogar. Pensé que quizá tenía un sentimiento Millennial: una sensación tan vaga y errada cuya explicación aburre a cualquiera. Quienes están bajo su sombra sufren, pero es un sufrimiento insignificante, a nadie le importa.

Yo era su casa. Me sentía parte de su hogar, me sentía muy solo.

Poesía #13 — La musaraña.

Ella siempre se esforzó
sin ayuda sola izó
la bandera del dudar.

Moscas volaban
tragando espinas de savia,
salud arbitraria,
estas cosas siempre pasan.

Cuenta tu vida
¿es bastarda o amiga?
Déjanos encender
el cigarro de la última vez.

Y vendrá, con nosotros,
la historia, vencedora,
la porcina, la llorona,
la ballena y Apolonia.

Los cantares, mil solares,
setecientos domadores,
doce mil son los leones,
y Managua nos saluda…

¡Qué cosas!

Sus ojos se cubrían de moscas,
como hicieron una vez
los ratones, las arañas,
¡Dad muerte a la musaraña!

Prosa #10 — El juicio de San Martín.

En la comunidad de San Diego hubo, tiempo atrás, un matrimonio a la vieja escuela, conformado por Alberto Zúñiga, un campesino común que nunca dio mala cara al trabajo y Juana María González, la protegida de un clan familiar recién llegado del que pocos sabían mucho. Casi nunca se les veía por las calles y cuando alguien llegaba a verles, estos mostraban una discreción enfermiza. Algunos pensaban que eran brujos, otros, que se trataba de citadinos rechazados; los que sabían nunca hablaron, los que no, jamás cerraron la boca.

Juana fue la primera miembro en abandonar la residencia de manera permanente, fue un foco de chismes y susurros durante varios meses. Siempre procurando ignorar, pocas veces respondiendo a provocaciones. 

Ella juró fidelidad a Alberto el veinticinco de Julio de un año incierto, en la iglesia de San Martín de Porras, una construcción blanca, llena de agujeros y muy olorosa, semejante al queso añejo. Erguido, San Martín juzgaba a cada feligrés sobre el terreno viscoso en el cual había nacido. La iglesia daba la impresión de estarse hundiendo pero este hundimiento, como mínimo, terminaría después de llegado el juicio final, así que nadie, ni el mismo padre, ponía mucha atención al asunto.

El matrimonio vivió una relativa paz por alrededor de seis meses hasta que, de la nada, Juana empezó a frecuentar las calles, sola. Alberto mostró especial preocupación por el hábito que su esposa había adquirido. Estaba asustado por lo repentino que fue y decidió indagar más.

–Juana, querida, ¿de dónde venís?–preguntó Alberto, con el sombrero en ambas manos y los ojos doloridos.

–Vengo de la iglesia, amor–contestó Juana, sin dudar.

–¿Ibas sola?

–Estaba con mi comadre Rosa.

Alberto hizo silencio. Pero confió.

–Está bien.

Esa noche Alberto durmió con el miedo de haberse engañado a sí mismo. El sueño le hizo reflexionar y al día siguiente estaba tocando la puerta de la comadre Rosa, muy por la mañana. Abrió aquella puerta una jovencita mestiza, Filomena se llamaba, era la hija de Rosa. Existían dudas sobre el otro progenitor de Filomena; en la cantina local solían lanzarse la culpa los borrachines como si de una papa caliente se tratara. Lo hicieron​ hasta que la pequeña Filo dejó de ser tan pequeña y empezó a ser incómodo conciliar la posibilidad de ser su padre con los deseos que la borrachera despertaba, sólo un par subsistían.

–¿Dónde está tu mama?–preguntó Alberto.

–Ah, en el mercadillo, creo.

Más silencio.

–Gracias.

Alberto siguió las palabras de Filomena, fue corriendo hacia el mercado. En la entrada vio a la comadre Rosa conversando con un vendedor de verduras que, por su inflado estómago, daba la impresión de haber engullido alguna vaca de por ahí, sin masticarla.

–Rosa–exclamó Alberto, saliendo un poco de sus estribos–, la he estado buscando.

–¿Para qué?–contestó.

–Pues, anoche Juana llegó muy tarde a casa y me dijo que había salido con usted, no es que desconfíe–Alberto alzó el tono–, pero quiero confirmar por capricho nada más.

El vendedor de verduras escuchó la plática y sin resistirse a opinar:

–Eso es mentira. Yo la vi ir con el tal Chico en una carreta anoche, ¡bien enganchada!, la hubiera visto.

‘El tal chico’ no era para Alberto más que un vago recuerdo, un colega sin rostro ya. El haber escuchado ese mote hizo que se alzase por sí solo, que volase. Las circunstancias, sin embargo, le dieron un aura tenebrosa como la que imparte la Carretanagua.

–Pues–soltó involuntariamente la comadre–, lo que dice bien puede ser verdad, ella no estuvo conmigo anoche, de hecho no salí de mi casa, pasé con Filomena desde la tarde.

Alberto dejó colgados a ambos, le había inundado cierta furia e indignación que comprobar hechos le fue a él superfluo. Caminaba resilente hacia su hogar, como un toro arrecho. Al llegar, abrió una, dos puertas, Juana estaba a la sombra de otro hombre, gustosa.

–¡¿Qué pasa aquí?!–gritó con todas sus fuerzas.

Juana, en silencio, estaba perpleja. El tal Chico sintió miedo y con razón, Alberto le acabaría masacrando con un machete unas horas después. Para entonces sólo lo sacó de su propiedad dejando a Juana en sus manos, deseoso de remuneración.

–Amor, no es lo que pensás–imploró Juana.

–¡¿Y qué otra mierda va a ser?!

–Amor…

–No me volvás a decir así, zorra.

–Pero, amor…

Alberto aguantó más. Asestó una fuerte bofetada al rostro de Juana, luego le miró llorar en la cama, no sintió nada. Volvió a golpearla, esta vez con el puño cerrado. Ella gritaba, sus lágrimas se tornaban rojas a cada golpe. Hubo silencio.

Filomena escuchó todo, la turba de vecinos ya podía sentirse. Alberto salió de su hogar con machete en mano, con el diablo entre las orejas.
***
–¿Y vio lo qué pasó con la pobre Juana?–preguntó el vendedor de verduras a un par de clientas.

–Sí, qué horrible. Pobrecita cómo la agarró el ‘joputa ése–respondió una de ellas.

–Ni aunque le haya sido infiel, eso no se le hace a una mujer–dijo la otra.

–Eso pasa cuando no se tiene a Dios en el corazón–susurró el vendedor.

–Ah, sí–soltaron las clientas al unísono.
***
En la cantina de San Diego, más tarde, mientras los borrachines hablaban torcido sobre la pobre Filomena, resonó el crujir de unas ramas, o algo parecido. El cantinero no prestó atención pero entonces, a los minutos, vio a través de la puerta como se congregaba una multitud. Conforme crecía la masa, crecían los gritos. Eventualmente, el cantinero salió de su escondite, buscando premiar su curiosidad. La muchedumbre miraba hacia un punto en concreto; él siguió con la vista.

Era un cadáver colgando desde su techo. El cadáver de Alberto Zúñiga, que como San Martín juzgaba, rozando los cielos.