Prosa #20 — Olvidos.

Isaac salió del trabajo y caminó por la calle de los negocios cerrados. Quedaba algo de luz sobre los techos, los colores empezaban a difuminarse. Los azules se volvían grises, luego rojos, naranjas y negros. En la acera había vagabundos buscando comodidad, listos para soñar. Otros aún buscaban comida.

Isaac, seguro, caminaba en silencio. Sus pasos eran regulares. Respiraba soñador, libre de responsabilidad.

«Libre» pensó.

—Libre—dijo.

Y cuando lo dijo, los vagabundos lo dijeron también:

—Libre.

Siguió caminando. La falta de sol saturaba el ambiente. Varias aves soltaron gritos a lo lejos. Pensó en los árboles; no había árboles.

«¿Cuándo fue la última vez que vi un árbol?» se preguntó.

Estaba en casa de su tía. Hacía calor. La piscina la llenaban adultos, parientes de pelo desaliñado. Había alcohol, comida, huesos doloridos. Jugaba con otros niños. Muchos colores salpicaban sus ojos. Los grises parecían verdes, el azul era uno sólo. Naranjas eran las frutas, rojo lo demás. Había árboles, sí, muchos arboles. Pulcros árboles sin incendiarse. Piscina inmaculada. Alcohol, comida, adultos difusos. Niños, parientes.

«Niños» pensó.

—Hijos—decía.

Hubo silencio.

Isaac miró directo al interior del negocio cerrado que reposaba a su izquierda. Las ventanas eran bloqueadas por trozos de madera. En los trozos había agujeros. Isaac veía en los agujeros pequeñas formas; no había color. El semáforo estaba gris. Los autos eran latas desteñidas. La luna brillaba. Isaac seguía caminando.

«Más rápido» gritó en su cabeza.

Obedeció.

Tocó la puerta con los nudillos. Abrió su esposa, supo que era él. Isaac la miró desde arriba, se veía más vieja al abrir la puerta. Le recordó a su tía con esos pelos desteñidos, con la piel pálida y los huesos doloridos. Lo miró, parecía inspeccionar su rostro.

—¿Y el auto?—preguntó ella.

Isaac no respondió; regresó sobre sus pasos. Había dejado el auto en el trabajo.

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Prosa #19 — El rifle de mi padre y las bestias que no lo mataron.

Mi padre tenía un rifle, solía ir a cazar por las noches. Iba con sus amigos, no volvían hasta varios días después. Yo quedaba en casa con mis hermanos y después del medio día sólo con mi madre. Me sentaba en una alfombra de polvo, había acostumbrado mis piernas a eso. Desde el techo ciertos rayos de sol se filtraban, daban vueltas por la casa todo el día. Me gustaba seguirlos con la vista.
Detrás de la casa había un patio que parecía una selva. Nuestro único vecino era un viejo que solía deambular por el pueblo. Vivía acuartelado en una especie de carcasa de madera que construyó quién sabe cuantos años atrás, mucho antes de que mi padre naciera.

Mis hermanos trabajaban cortando madera. Yo iba a la ciudad por la mañana, a la escuela. Mi madre me pedía que escribiera cartas a sus hermanas, las enviábamos todos los miércoles cuando el hombre del correo pasaba por el pueblo en su bestia mecánica. Él soltaba una sonrisa siempre que veía la caligrafía de mis cartas. Cuando regresaba de la gran ciudad me regalaba, con las cartas de las tías Marta, Cecilia y Maribel, algún dulce civilizado, de esos que traen envoltura y saben bien.

En la escuela, los hijos de los dueños de las fábricas solían predicarnos sobre el Evangelio del vapor y el carbón; decían que en la gran ciudad existían casas tan altas como sequoias, caminos de asfalto por donde las bestias trotan esparciendo su vapor por las aceras, cielos repletos de aves artificiales y globos aerostáticos que aplastan a los transeúntes con sus sombras. Nos dijeron que sus padres planeaban hacer de nuestro pueblo una gran ciudad capaz de despertar envidia en los capitalinos. Nuestros profesores los regañaban por darnos ilusiones. No solíamos poner mucha atención a sus regaños, excepto a los de Mrs. Lewes. La escuchábamos porque venía de tierras lejanas, su voz llevaba cierto peso de credibilidad. Ella decía que era «acento». Para nosotros, los niños, era magia.

Desde mi hogar podía ver las chimeneas de las fábricas. Ahí nacían las bestias de vapor y las aves artificiales. Me preguntaba por qué mi padre evitaba el contacto con el pueblo, con las fábricas y con sus dueños siendo que todo eso representaba -y hasta significaba- «civilización». A todos les gusta la civilización. ¿Por qué a mi padre no? Nunca le pregunté. Siendo sincero, admito que casi nunca hablamos.

Siempre fue una figura extraña la de mi progenitor. Cuándo vi su cadáver ser arrastrado me pareció todavía más extraño, como si fuese yo el hijo de un demonio. Le faltaban tres dedos izquierdos; una pierna estaba por desprenderse de su cuerpo. La mano derecha seguía aferrada a su rifle, a sus principios, nunca al pueblo.

Mis hermanos lo enterraron por la tarde en el patio-selva. Su rifle lo colgaron en la pared; estaban llorando. Yo también lloraba.

La mañana siguiente era la mañana de un miércoles. Mi madre despertó. No había papeles en el escritorio de la sala. La pluma estaba resguardada. La luz matinal la sentía más frágil, como si fuese de telarañas en vez de la magia a la que me había acostumbrado. El polvo de la alfombra lastimaba mis rodillas. Las chimeneas en el horizonte parecían lápices en una cartuchera de piedra pómez.

Yendo a la escuela oí el retumbar de pájaros metálicos sobre mi cabeza, las calles de adoquines las aplastaban armatostes con forma de oso que soltaban vapor y silbaban como los vientos de noviembre.
El hombre del correo sintió desilusión cuando le dije que no habría caligrafía. Tuvo que conformarse con las letras de molde que Mrs. Lewes dejaba en el papel sin la elegancia de su acento -aunque estuviesen escritas en su lengua madre- ni el misticismo que le atribuían sus alumnos.

Los hijos de los empresarios alardeaban de manera más molesta. Mrs. Lewes les regañaba con particular desdén. Las casas enanas rechinaban. Las sombras de los árboles acariciaban las cabezas con una gentileza paupérrima. Las bestias dormían. Mi padre era atravesado por las raíces de un árbol. El viejo de al lado reía. Mi madre lloraba, lloraba como las bestias silban y las aves retumban. Mis hermanos cavaban, cortaban, sin hablar, trabajando. El rifle se oxidaba como se pudren las sequoias, caía como la luz que se filtraba desde el techo, no daba vueltas, no trotaba, era un augurio.

Cuando volví a casa, mis hermanos enterraban a mi madre.

Estaban llorando, yo también lloraba.

Prosa #18 ― Gama baja.

A GINZ.
Teníamos el agua al cuello, desnudos en la bañera. La miraba como miraría a un cuadro impresionista sin saber yo nada de pintura (que no sé). Ella mordía sus labios como si le ardiesen, no pensó en llevarlos al agua donde flotaban los mechones oscuros de su cabello y su piel color caoba pálida, como enfermiza, hundida me decía: «traidor, traidor». Y yo me sentía traidor.
No quise hablarle, estaba pensando. Pensaba en el otro, «¿qué pensaría?». No importaba; importaba el agua y sus cabellos o su piel. Le hubiese insultado, gritado con fuerzas: «traidora, traidora», pero traidor me sentía yo.
—Es muy frío—me dijo.
Miré sus ojos, titilando, apunto de patear al alma de su cuerpo.
—Todo esto es muy frío—reiteró.
—Lo querías frío, ¿No?
Apartó su cara. Seguí viéndola, su cabello de nuevo.
—Lo sé, pero ya no me gusta así.
Me estremecí, supe que no hablaba del agua. Otro mes llegaba ya, dejaría resaca y dolería, a ambos nos iba a golpear una fuerza. Yo temía compromisos, ella el rechazo sin precedentes.
¿Qué pasaba?, ¿por qué tan repentina esa afinidad? Llevábamos casi dos meses juntos, ensuciándonos en secreto y en secreto sonrosando miradas con el agua al cuello, en un cuadro de Dalí.
—No—dije.
Me levanté, el agua abandonaba sus cabellos, bajando su nivel, bordeando los pezones color caoba, claros como blanqueados con cloro. Extendió sus piernas, llenó el agua con su cuerpo. Volteó la cabeza y me vio, desnudo, como si fuese su propiedad e intentase escapar. No me veía con esos ojos desde aquel noviembre entre las bancas del colegio, era extraño. Algo me decía que volvería y que ella sabría cobrar venganza. De cualquier modo, no sé pintar y ella es un cuadro impresionista.

Prosa #17 — No sé si la violé.

Estuve pensando toda la mañana mientras tragaba y bebía. Intentaba rehacer la noche anterior, de ella sacaba momentos, nada más. Recordaba cosas oscuras, a pesar de saber con exactitud la cantidad de luces que me bañaron, a mí y a ella. El polvo que el viento alzaba en la calle me recordó al humo que soltaron mis labios, al veneno que tragaba con tanta facilidad.

La leche me dio asco. Salí a vomitar. Vi en el cielo nubes grises, como serpientes entre guayabos engusanados. Recordé la brisa, como manoseaba a los techos de zinc. Brisó mientras íbamos al cuarto, es probable que también mientras la profanaba.

Sus ropas azul oscuro, rotas, esas las recuerdo; un estorbo. Vi su rostro contra la luz de la noche, llorando, como queriendo ir a casa. Aún así, parecía disfrutarlo con ese disfrute que se esconde en las vísceras; cosa involuntaria.

Limpié el vómito en mis labios antes de que el viento soplase y lo secase formando costras. Recordé su respiración a mi lado, el olor de su sexo, las sábanas sucias. La brisa cayendo. Los hilos de luz que entraban desde los callejones, gritando como extranjeros pérfidos sin camino ni posibilidad de encontrar uno.

Vi varios extranjeros al salir a la calle, un señor español maldiciendo a un restaurante, una americana con un sombrero de paja y una pareja de alemanes que hablaban toscamente mientras esperaban un bus a quién sabe dónde. No tenía idea en qué ciudad estaba, los adoquines de la calle no los había visto antes, tampoco el mega-templo que se estremecía a unos metros con canciones que yo conocía de memoria y que, en otras circunstancias, hubiese cantado hasta quemar mis pulmones. Vagamente veía de nuevo a la noche, como si los focos del alumbrado público se encendiesen y el cielo se apagase non-sequitur pero la gente siguiese ahí: el español maldiciendo sobre los adoquines, los alemanes hablando y yo violando a una niña. Sentí que pronto me enjuiciarían, que sería encarcelado y humillado sólo porque una tipa con la que me acosté nació unos años después que yo. Estaba borracha, yo no la obligué a tomar. Ella escogió sobre qué luces se paraba. «Qué juicio más absurdo sería ese» pensé. También pensé que, absurdo y todo, igual perdería. Todo eso me dio ganas de llenar mis labios de humo. Al otro lado de la calle vendía un hombre cigarrillos. Hubiese comprado pero, desde un autobús, un indio gritaba el nombre de mi pueblo. Nunca vi a nadie fumar en un bus.

Corrí hacia el bus y subí. Me tranquilizó que el indio gritase otras veinte veces hacia dónde íbamos, muy vergonzoso sería perderme dos veces seguidas estando sobrio la segunda. Me senté junto a la ventana, revisé en mi mochila y había tres libros: uno de García Márquez, otro de algún desconocido derechista nicaragüense, de esos que simpatizan con Somoza pero nunca lo admiten. El tercero llevaba una mujer desnuda en la cubierta, la mujer no tenía brazos ni cabeza y sus pechos turbaron mi mente. Intenté leer pero los ojos me dolían. Las palabras de los intelectuales revolvían mis tripas, el olor del bus me drogaba; martirio.

Me fijé por la ventana, unos policías iban en motocicleta, sus cascos colgaban de sus codos; me sentí fugitivo de un montón de hipócritas, peor, hipócritas pagados con impuestos.

El bus me alejaba de mis pecados, eso me animó. El rugir de los motores de segunda mano, a punto de quemarse como mis pulmones, de cierta manera empezó a tranquilizarme.

El indio pasó por mi asiento, le pagué. Mientras me daba el cambio yo sonreía, ¿sospecha acaso que recibe el dinero de un violador? No sé si la violé, él parece saberlo. Su cara me dice que lo siente con su sentir de indio. Tal vez sea cierto y los insultos que las chicas de mi clase lanzaban contra mí no eran más que una advertencia que nadie tomó en serio.

Me rio. El indio me mira. Dos córdobas me devuelve y yo le agradezco. No hago más que agradecerle.

Poesía #17 — Vive, Valeria; Muere, querida.

A Virginia Valeria Parrales.

Vive, Valeria, vive
y mientras vives
canta, Valeria, canta
porque cantando vivirás
y viviendo cantará tu alma.

Muere, Valeria, muere
y al morir suspira,
Valeria, ve y suspira,
como un Leviatán,
por cada cosa,
cada asunto banal.

Y estira la mirada,
Valeria, querida,
exhala enaltecida
y guarda tus labios,
en el baúl ascético.

Guarda tus labios
limpios, necesarios.
Resguarda tu virtud
aunque efímera esté.

Vive, Valeria; Muere, querida,
conversa, también gira.
Piensa verde y en la suerte.

Y con las espinas
muere, Valeria.
Con las espinas
vive, querida.

Extra #3 — Trigo.

Julio miraba la campiña, postrando su atención en los delgados filamentos de maleza que movían los vientos del norte. El porche soltaba crujidos con cada suspiro de los cielos. Las nubes, sinuosas, fragmentadas, serpenteaban pacientemente. Julio las estuvo dibujando desde la mañana, bautizando a las recién llegadas, escribiendo actas de defunción también. Amaba a la pequeña Adelaida, a la anciana Bernarda. Le divertían las ocurrencias de las hermanas Zeppelin. Tocaba canciones en banjo para toda nube que pudiese oír y al hablar rimaba, se sabía divertir.

Extra #2 — El gran compositor murió anoche…

El gran compositor murió anoche, las partituras forraban el piso de su habitación, un perfume extraño reposaba sobre su cuerpo, sobre sus muebles, sobre su legado anémico que apenas se veía que existía. Quedaba limpiar un cadáver, una vida hundida en papeles que susurran genialidad. Lástima que la muerte sea sorda, de poder escuchar todo lo que aquellos pisos decían, todo lo que ese hombre logró y estaba por lograr, le hubiese ofrecido más tiempo al gran compositor: una noche, unas horas, algo más. Nuestro muerto merecía una última canción, aunque fuese sólo para decirle a todo un mundo que le ignoró: “Existo, y lo hago bien”.

Pero sorda es la muerte, y ciega, y muda también. No escucha canciones, no lee cuentos, no declama poesía, se lleva a quienes lo hacen y a todos los demás.

Poesía #16 — La niña de los ojos grises.

A Mónica Orellana.

La niña de los ojos grises
derrama su tristeza,
canta cual musa altruista,
llora, también se estresa.

Con sus ojos simplistas,
desvanece verdades
en lo dulce y en lo suave,
eso hace con su vista,
triste como la brisa.

Aunque no sean felices
de tanto en tanto ríen
y con su risa te riegan,
como césped a merced
de una brisa ciega.

Acaricia con astucia gatuna
sus malicias y sus lunas
obscenas. Los amargos
tragos de veneno
y los saltos dados
al jugar en el recreo.

Es hermoso ver la luz
en los ojos cazadores
de la niña que los viste
con total soberanía,
dominando los sabores
más ocultos; el calor.

(Profundo)

Y en sus manos,
incapaces de tocar,
lo extraño y a la vez
tan familiar.
Yace lo curioso
y lo bello de sus ojos,
las canicas grises
que a todos han hecho
muy felices.

Y eso es hermoso.

Prosa #16 — Helénica.

A Osmara Olivares.

El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas. El techo que me acogía me daba la sensación de ser una pequeña hormiga bajo un transeúnte con paraguas. Los pilares que le sostenían eran como patas de tortuga. En su interior vivía un extraño tipo de pasado que algunos decían era inventado. Mi pasado favorito.
Me pareció extraño que el museo tuviese sus puertas abiertas a esas horas de la noche y que, por más que llamase o buscase, ningún guardia aparecía a la vista. Estaba solo en ese mar de historia, era un loro en una jaula de cultura, una gaviota de alas rotas. Decidí que utilizaría mi tiempo en aquel lugar de manera productiva, saqué mi cuaderno y empecé a dar vueltas por ahí. Anotaba cada pequeño hecho interesante, cada nombre que sonase bien, ideas para cuentos y canciones derivadas de retratos y esqueletos deformes, retratos y esqueletos de hombres locos.
***
Había recorrido ya todo el museo, estaba cansado, me senté en la fuente del centro donde todos los pasillos desembocaban. El agua en ella era tranquila, su borde -sobre el cual decidí recostar mi cabeza- era de una especie de azulejo ultra liso. En el centro de la fuente había un pilar que parecía robado del Partenón con una amazona envuelta en sábanas indestructibles sobre él. Yo estaba con la vista al tragaluz del techo, a lo más hondo de los cielos.

La estatua me pareció hermosa, todo en aquel museo lo era. Dediqué los siguientes minutos a utilizar las notas que había recolectado. Escribí un borrador para un poema y la maqueta de un cuento. Mis notas eran claras pero mientras más leía menos podía entenderlas. Perdían significado. Cuando llegué a «una ballena azul volaba…» la concentración me abandonó. Así sin más.

Un gran estruendo salió volando desde el pabellón de biología hacia mis oídos. Mi cabeza cayó del borde de la fuente, empezó a fluir. De las manos de la mujer pétrea salían chorros de agua que bien pudieron ser hilos de plata. El estruendo crecía en intensidad, se movía como un tren-tortuga: lento, masivo, seguro. La sábana de la mujer cayó en el agua y se deshizo en un banco de perlas que dio más brillo a las aguas alborotándolas en el acto.

Entonces vi a la madre del océano que el cielo paría: una ballena azul volando, no, nadando en el aire del museo. Su aleteo era un vendaval, sus chirridos pequeños huracanes.

La ballena pasó por sobre mi cabeza para irse luego al pasillo de las humanidades, de él volvió llena de colores. Vi, entonces, a la diosa griega, serena en la mitad del estanque, desnuda, agazapada y distante. Su mirada me llamó. Puse mis pies en el agua y caminé en su dirección. Cada paso aliviaba mis hombros, como si hubiesen estado bajo un peso que yo mismo desconocía. Cuando llegué a su pilar, estaba desnudo también. A la ballena se habían unido una serie de obras de arte, de rocas, de cadáveres. Vi el cuerpo de la diosa griega tan vivo y carnoso como el de una mortal, tan terso y moldeado como la divinidad misma. Pregunté por su nombre:
“Helena”
“Helena”
“Helena”
Y el cielo se rompió a rayos. La ballena destruyó el techo. Las galaxias reventaron, su luz se detuvo en la nada.

Helena bajó de su pedestal para acompañarme en mi delirio. Ahí saboreé el cuarzo en sus venas mientras ella me sumergía en el agua, mientras brillaba todo a nuestro alrededor. Helena me embrujaba con sus manos sobrias, jugueteaba con mi cuerpo como si fuese un sonajero, un sonajero que de tanta insistencia se destroza en mil pedazos, soltando en el vacío el interior del alma, lo que hace que suene.

Mis ojos vieron su rostro impregnado con la proporción áurea, mi boca esbozó su nombre:
“Helena”
“Helena”
—¡Helena!—grité, saltando de la cama.
Fui y revisé la hora, aún era muy temprano. Caminé hacia la cocina, me hice unos huevos, me senté en el comedor, tomé mis cuadernos y prendí el televisor.

En aquél aparato se veía la estructura del museo local con un agujero enorme en el punto más alto del techo. La reportera hablaba de cómo había desaparecido el esqueleto de una ballena azul, fósiles de homínidos y varias obras de arte de naturaleza invaluable. Cambié de canal. Ahora un par de astrónomos discutían, con una inseguridad que yo desconocía en los astrónomos, cómo la noche anterior la galaxia de Andrómeda y la galaxia del triángulo desaparecieron de la nada, hablaron como la desaparición había sido reportada de manera simultánea por todos los telescopios terrestres y satelitales y como…

Apagué el televisor.

Vi por la ventana.

Abrí mi cuaderno, leí en voz alta:

—El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas…

Prosa #15 — Ecce homo (o «El Jesucristo rojo»).

El capitán José Enrique Munguía patrullaba la zona con tres escuadras acompañándole bajo el manto de una brisa silenciosa. Una de las patrullas estaba bajo su mando, las otras dos estaban a cargo del teniente Manuel Cisneros. Ambos sentían la rutina en los hombros pero no se quejaban, se sentían optimistas por alguna razón que la brisa robó de sus mentes.

Divisaron a un campesino montando a caballo a eso de las dos de la tarde. El campesino les gritaba:

—¡Oy, aquí hay guerrilleros!

Munguía, curioso, se acercó al campesino en busca de información.

—¿Cómo así que guerrilleros?—preguntó Munguía.

—Vengo de comprar aquí nomás en el pueblito, unos hombres de camuflado me quitaron todo a punto de fusil—el campesino hizo como si disparase con sus dedos—Los dirigía un hombre cacastudo y larguirucho, era barbudo y llevaba unos anteojos culo de botella que no sé cómo hacía para ver.

Munguía agradeció al campesino y fue junto a Cisneros y sus patrullas hasta un claro, ahí extendió un mapa de la zona ubicando así un lugar para chocar con los guerrilleros que tanto le hacían hervir la sangre. Concluyó de manera instintiva que la confluencia entre los ríos Zínica y Piedra sería el lugar perfecto para establecer a las patrullas; tratarían de emboscar a los marxistas.

Munguía ordenó al teniente Cisneros ir con sus patrullas al lugar, que sembrase sus escuadras en una iglesia abandonada de por ahí.

—…Y ahí esperás a que te salgan—dijo Munguía con un tono inusual, como informal—Yo voy a buscarlos por acá y te alcanzo si no hallo nada.

—Sí, señor.

Munguía entonces siguió con sus labores de patrulla. No encontró guerrilleros pero sí huellas confusas y casquillos de bala. Sentía como si le guiasen hacia una trampa, le angustiaba no poder descifrarla. Era como una mosca volando entre una red de telarañas, un mal movimiento y ¡sas!, le llenan el pecho de balazos.

Para su suerte, no encontró marxistas, halló en el camino a algunos campesinos que prefirieron evadirle y, cuando estuvo apunto de sembrar a sus tropas para darles descanso, recibió una llamada.

—Capitán—decía la voz entrecortada del teniente Cisneros en la línea—, acabamos de intercambiar disparos con los guerrilleros. Estaban al otro lado del río y parece que uno salió herido porque nos gritaba: “Soy Carlos Fonseca Amador, no disparen, soy más útil vivo que muerto”. Les dije a mis hombres que no cruzasen el río porque parecía una emboscada, lo estamos esperando.

—Llego mañana a primera hora, va a llover fuerte y no quiero arriesgarme.

Eran las ocho de la noche entonces, una lluvia torrencial empezaba a asentarse. Munguía decidió sembrarse para salir en la mañana, a primera hora. Escuchar el nombre de tan conocido personaje junto a las palabras de súplica que el teniente Cisneros le atribuyó fue exquisito, le dio una noche de sueño aislado de la lluvia y del frío, como si se hospedara en el hotel más cómodo de Managua. Su emoción, sin embargo, se fue rápido, para cuando salió con sus hombres a eso de las 4:30AM, estaba tan serio y preocupado como la mosca sigilosa entre las telarañas.

Munguía llegó con la mirada enaltecida unas horas después, lo recibió Cisneros:

—Buenos días, capitán. Si le parece, vamos a cruzar el río para reclamar a Carlitos.

—Prosiga, mi patrulla le dará apoyo desde aquí, por si acaso.

Cisneros ordenó a sus patrullas cruzar el río una por una. Munguía y sus hombres permanecían en tierra como medida de seguridad que luego mostró ser innecesaria; todos estaban muertos. Los cadáveres estaban empapados con sus fusiles aún rozando sus manos, los agujeros de bala se perdían entre las ropas húmedas, el hedor era una fuerza más de la naturaleza, golpeó a todos los soldados de la Guardia como una ola de San Juan del Sur. Cisneros notó un rastro en el lodo, un rastro reciente, parecía como si un hombre cojo y una culebra caminasen juntos. Supo que era su trofeo intentando conservar su libertad. Cisneros dedujo que actuaba por pura desesperación, que no iría muy lejos ese intelectual sovietizado. Le hizo una seña a Munguía y le gritó:

—¡Venga a ver esto, capitán!

Munguía atendió sin cuestionar, su optimismo renació mientras cruzaba por las aguas del Zínica-Piedra. Cisneros ordenó a sus hombres seguir el rastro y traer al novio de la patria rojinegra a sus pies. Los soldados anduvieron por unos cuantos metros, encontraron entre los árboles a un espectro retorciéndose, a los despojos de un hombre. Sus ropas estaban empapadas y rotas, llenas de lodo. Su pierna izquierda parecía la raíz de un árbol podrido, en ella había una extraña combinación de rojo, café y verde. Los lentes «culo de botella» que tanto moldearon su imagen yacían rotos sobre sus ojos descoloridos.

Los soldados de la Guardia tomaron al despojo en sus hombros, lo cargaron como el cirineo cargó la cruz de Jesucristo, se burlaron como judíos sediciosos. Notaron que su respiración era ligera, más que exhalar, suspiraba, más que inhalar, se retorcía en pena. Vieron que quería hablar, usar sus dotes de oratoria, hacer gala de su educación rusa, de su habilidad como profesor, de sus buenas notas; apenas balbuceaba.
—He aquí el hombre—dijo Cisneros a Munguía quien parecía impresionado.

—En serio es él.

—Y lo tenemos justo aquí.

—A este seguro lo sacan después—dijo un soldado misquito.

—¡Silencio!—gritó Cisneros.

Munguía se acercó a Carlos, ordenó a los cirineos que lo dejasen caer y este desplomó su cuerpo sobre sus rodillas, ante el Capitán José Enrique, su Poncio Pilato. En ese momento, Enrique quiso decir mucho, pero no encontraba palabras, su poder sobre la vida de aquel hombre era gigantesco, él era su Dios.

Munguía nunca sintió especial gusto en matar comunistas, él mismo no lo hacía en tanto no fuese necesario, pero con éste era distinto, era el marxista más rojo en toda Nicaragua, su sangre era la bandera de la URSS y quería quemarla como un Americano.

Sin embargo, el soldado misquito que antes había sido callado, sacó su Browning y le dejó ir una ráfaga en el pecho y rostro a Amador, diciendo:

—A este hijueputa mucho nos cuesta capturarlo y después su papito que le maneja los negocios a los Somoza consigue que lo saquen siempre.

Munguía no dijo nada, habían cortado, de la nada, su poder divino.

Cisneros amonestaba al soldado imprudente, le quitó el fusil. Mientras le gritaba, Munguía veía el cadáver desfigurado de Amador, le parecía parte de la jungla causándole especial asco.

Munguía dio la vuelta, tomó la Browning de manos de Cisneros y baleó al misquito desobediente.

Hubo silencio. Cisneros no tenía palabras, Munguía sí:

—Caven una tumba para ese hombre,—ordenó señalando el cadáver del misquito—que los sandinistas adoren la tumba equivocada.
Los helicópteros llegaron más tarde, recogieron el cadáver del santo. Munguía y Cisneros no hablaron directamente en todo el viaje. Los demás soldados olvidaron al misquito cuando le echaron la tierra húmeda encima. Carlos se volvió el Jesucristo rojo.
Dicen por ahí que su carabina aún puede oírse en la aurora, esperando la llamada de su pueblo para unírsele, de nuevo, contra la tiranía.