Prosa #25 — «à deux»

Al nenio.

Un césped de color sólido nos rodea. Lo vemos como a un mar, inmenso, curvo. Sobre él sopla un viento agudo que languidece, vuelve a todo un poco más anémico.

Desde donde estoy capto una caseta en el horizonte. Terra ignota, diría.

Recuesto mi cabeza contra un madroño. Vos estás sobre mis piernas; se ven tan hinchadas.

Sobre tu vestido hay manchas de sol. Adornaste tu cabello hace no mucho. Usaste tus flores favoritas, unas que yo no conozco. Están hermosas.

—Estás hermosa.

—Gracias.

Sonrío, pongo mis manos sobre tus hombros, durante unos segundos contemplo a la musa definitiva, a quién nunca me arrepentiré de escribirle. Te abrazo, creo que estoy perdido.

Siento las raíces del madroño crecer bajo nosotros; es una extensión nuestra. Así quizás podríamos navegar por la hierba y aplastar grillos. Podríamos hacer ropas con las pieles de las culebras y vestirlas en la casa de los pecados.

Lástima que estoy muriéndome; mi cuerpo se llena de pus y mis manos de sangre. Nadie querría a un leproso; vos, ¿por qué?

—No sos un leproso—te escucho decir.

Es verdad, no llevo ninguna peste conmigo. Pero actuás; yo siento que sí.

No me sorprendo, tus manos están demasiado limpias, tu pelo tiene un aroma que antes sólo lograba dibujar en sueños (algo semejante a limón con miel), la única sangre que tocan tus manos es ajena.

Te llamo de muchas formas -música, cuadro impresionista, la estrella más hermosa- pero no sé si en verdad valga tanto mi nominación. Después de todo, pronto voy a morir.

—No vas a morir—decís de nuevo.

—¿Por qué?

—No quiero.

—Yo tampoco quiero.

Morir sería no poder visitar esta isla de nuevo, ni ver la caseta de los pecados en un instante lleno de colores planos.

Morir sería secar este madroño a base de orines y nunca más apreciar las manchas del sol sobre tu vestido.

No, yo no quiero morir, pero no veo otra alternativa.

—¿Y qué hay de las otras?

—¿Qué querés decir?

—¿Por qué no te deleitás en otras islas, con otros soles que dejen manchas en vestidos ajenos y casetas que no estén llenas de pecado?—por un segundo titubeás, quitás mis manos de tus hombros, algo desconfiada—Me habías dicho que no te gustaban mis labios, ni mi andar.

—Las otras están muertas.

—¿Muertas?

—Sí, muertas.

No preguntás más. Estoy algo temeroso, sí. Los marineros no estamos particularmente limpios, por eso morimos jóvenes. Yo anclo en tu vestido, es la única isla que quiero. Ahí el sol es más radiante, tosta mejor nuestros fueros, tiene hojas más gruesas, grillos que cantan por las noches, madroños de ensueño que dan ganas de escribir y raíces que los conectan. No puedo querer otra cosa.

Debo confesar que me gustás; lástima que ya voy a morir.

Estás callada. Torno mis manos alrededor de tu cuello. Lo palpo con lo que me ha dado el madroño; tacto y sosiego.

Si no fuese a morir, te pediría que nos casemos bajo este árbol, en medio de este mar, con el sol tocando no sólo tu vestido, sino también mi rostro y mis piernas hinchadas.

—Por favor, enterrame bajo este árbol.

Dejo de mover mis manos.

Vos seguís callada. Ves cómo se nublan los pastos, nuevas islas nacen en el mar.

Pienso que ha sido un fracaso siquiera intentar pero tu cuello me trata de convencer, me dice que no moriré, que estaremos juntos cruzando mares, pisando grillos y haciendo ropas de serpientes para cubrir nuestras pieles cuando el sol las cueza en exceso.

—Todo se ve muy bonito.

—Sí… Bonito.

Noto las flores en tu cabello, son tus favoritas. Están creciendo.

Te levantas de mis piernas, te paras frente a mí. Sientes en el ombligo un cosquilleo, un poco de asco.

—No te vayás—te suplico, con el sol manchando mi rostro.

—No me voy a ir, tranquilo.

Sonrío. Cierro los ojos, escucho un viento agudo. Los abro de nuevo, tus flores están girando en el cielo. Las azaleas cubren el césped. Huele a lavanda, a nubes, pero sobre todo hay lavanda. Discierno tus labios entre la bruma, el andar de tus caderas anodinas. ¿Cómo no me va a gustar?

Te veo entera por última vez.

Detrás tuyo está la caseta de pecados. Tiene manchas negras encima porque está pudriéndose, el cielo se la está tragando.

Mis ojos fallan, ya no puedo verte. Quiero escuchar tu voz antes de irme.
Respiro con fuerza.

—¿Vas a enterrarme bajo este árbol?

(…)

—No.

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Prosa #24 — «Obeid, yo no soy como otras aves de presa»

III.

—Ya han reconstruido mis alas—dije a Obeid, un día de calor—Pronto volaremos juntos.

Obeid no dijo nada, mantuvo sus patas aferradas al árbol familiar. Tenía los ojos soldados al horizonte; había dos hogueras ardiendo en sus pupilas. El árbol familiar no hacía ningún sonido, las ramas estaban quietas, como en ámbar. Había hojas cayendo pero ninguna causaba en el aire mucha agitación. Obeid susurraba la letra de una canción, yo no la conocía. Me causó nostalgia su melodía, calma como la mañana.  Creo que madre la cantaba para instigar mi sueño cuando volaba inquieto alrededor del nido.

Vi a Obeid fijado en la madera. El viento alborotaba sus plumas tan gentiles; yo las admiraba. Quise llorar pero, no, yo no soy como las aves de corral.

IV.

—Obeid, ¿no quieres volar?

Obeid dejó los susurros entre sus plumas, empezó a gritar con fuerza. Gruñía con un ahogo taciturno, mientras las hogueras de sus ojos se apagaban, ardían, fraguaban, morían otra vez. Me asombré, las hojas llovían en silencio sin importarles los gritos que soltase Obeid, el árbol familiar estaba congelado; sentí que estaba bajo el mar, ahogándome cerca de un barco pesquero, rogando al cielo pintado sobre mí -del cuál sólo veía un suspiro- que las redes de los hombres me confundan con un pez; yo no soy un ave de mar.

V.

—Obeid, ¿qué te ocurre?

Obeid seguía escandaloso. Ahora esparcía sus alas y soplaba, sin fuerzas soplaba hacia el horizonte, intentando apagar los fuegos lejanos que atormentaban su vista.

Creo que recordaba, me recordaba sin alas, cayendo en pedazos sobre Roma, dando vueltas, siendo una nube, haciendo llover sangre por diez, once segundos.

Resulta que nunca fui un buen hermano para Obeid. Madre no lo admitió nunca, pero él lloró cuando vio los huevos en el nido, más todavía cuando el único que abrió fue el huevo deforme. Decepcionado quedó cuando descubrió que mis plumas no eran doradas, más bien azulonas. Las bautizó alas de tristeza, nombre que aún llevo conmigo. Yo no soy buen ave de caza.

VI.

—Obeid, hermano, cálmate por favor.

Hojas empezaban a llover como mi sangre sobre Roma, llenaban las raíces pululantes del árbol familiar. Soplaban los vientos que hasta hace poco nos ignoraban y Obeid movía sus plumas conforme a ellos. Nuestra rama la doblaban las propias garras de Obeid, pronto se rompería; yo no tenía alas.

—¡Obeid, hermano, detén está locura!

Obeid gritó, gruñó. Los ojos ardiendo, las plumas en plena danse macabre. Tenía miedo. No había ya consecución. El momento me pareció más una serie de partículas aisladas, sin relación la una de la otra. Murió la antonomasia. Obeid fue Obeid. Yo, Azur.

II.

Caigo.

Abro los ojos.

I.

—No deberías volar por ahí, regresa—me advirtió Obeid, con mi plumaje azulado reflejado en sus ojos.

—No te preocupes, Obeid, yo no soy como otras aves de presa.

Prosa #23 — Recuerdo de cuando me atropelló una bicicleta sin conductor (I-VI).

I.

¿A quién debo culpar si no es a mi propia imprudencia? Nadie iba en esa bicicleta.

Mi nariz sangra. Siento en el pecho la zarandeada de las quemaduras dejadas por las llantas del biciclo. Los adoquines rotos golpean mis codos que, en el suelo, se ampollan. Parezco una deformidad andante, de esas que se dice no tienen sentimientos.

II.

El cielo está tan claro que me siento un estúpido. Aquí me ven todos, no hay censura; pure voyeur. Fingen no saber la verdad pero todos se rieron cuando golpeé con mi cabeza la piedra, cuando mi sangre se mezcló con las aguas negras.

—¡No los culpo!—suelto, al levantarme de mi lecho tosco—, ¡Lo haría yo también!

Los miro como miraría a las pinturas de los museos. Son monolitos, son todos un tipo de Ozymandias, hasta el muchacho que sonríe; no tiene piernas.

El monolito de una niña llora, le da asco mi sangre.

III.

Camino sin gracia. Manché mis pies con la sangre, mi camisa también. Es una lástima, no sé andar en bicicleta. Tuve que dejarla ahí, que el sol tragase al armatoste que causó mi suplicio. No quiero sonar vengativo pero, ojalá la reciclen, que la hagan algo asqueroso.

IV.

Me duele el pecho, en él hay ronchas que muerden mis nervios. Tengo los codos sucios, bajo las costras hay más ronchas.

Soy una deformidad andante –la deformidad andante- que bajo el sol camina, sin ganas de seguir vivo.

V.

—¡No los culpo!—grito, quemando mis pulmones—, ¡Yo lo haría también!

El monolito de la niña llora con más fuerza. Mamá Ozymandias la toma en brazos.

—¡Tandy!—grito de nuevo, a la niña—, ¡Regresa, Tandy, no puedes irte así por así!

Corro hacia ellas, quiero tocar la piedra rota en sus caras, lo ciegas que están sus almas.

Corro, con las manos llenas de ampollas y los pies ensangrentados.

Corro, y caigo en las aguas negras donde mi sangre gana un color verdoso, una textura mocosa.

—Tandy, Tandy…—susurro, agonizante—Tandy, te veré en unos años.

VI.

—Eh, cuidado, chico.

—Oh, lo siento—dijo el muchacho sonriente—, tendré más cuidado.

—Descuida, no te culpo.

El muchacho me vio unos segundos y se fue en su bicicleta, bajo el cielo más azul que había visto desde que perdí los ojos hace unos años.

Prosa #22 — Sui cædere.

[Continuación de Poesía #1 — La deforestación]

—¿No te quieres suicidar?—preguntó Clara, con la cara roja mirando por la ventana en movimiento.

Camilo no respondió, tenía los ojos en el piso, las manos en la frente. El sol menguaba sobre su cabeza, sobre aquel viejo tren.

—¿Qué hacemos aquí?—preguntó.

—Pues,—Clara tragó saliva—vamos a suicidarnos.

El rostro de Camilo surgió extraño, como en gesto de pregunta. Clara le ignoraba, veía la ventana como una gata loca. Camilo volteó la mirada, no soportó lo que vio: esa figura de ángel fundiéndose con la ventana, generando una luz que opacaba el ambiente, daba al aire cierto espesor; un cráneo amenazante, cincelado, cuya forma fue fácil de discernir aún con los cabellos blancos explotando sobre ella; la cara delgaducha, blanquecina, ofusca. Todo en ella parecía perdido.

—¡¿Dónde está María?!

—¿Quién?—dijo Clara, acomodando sus mechones de plata—¿También se va a suicidar con nosotros?

Camilo tomó a Clara por los hombros, la sacudió hasta desconcertarla; no le barrió la sonrisa. Sus dientes brillaban con una excitación que enrojecía su rostro con más voluntad.

—¡María Roccuzzo!—Camilo se levantó con violencia—¡¿Dónde está?!

Un rugir mecánico se oyó a lo lejos. Chirriaban los rieles, la luz de la ventana de curvaba con más fuerza, Clara se deformaba al moverse dicha luz, como hilos de un brío odioso. Camilo soltó a Clara del mareo, vio sus manos contrastando con el piso; eran borrones. Las dejaba de sentir conforme el sol perdía el aliento entre las nubes.
Hubo oscuridad, el sonido de dientes, una carcajada tiesa, débil. Camilo sentía enfermedad en sus brazos, en tres dedos del pie, en su ojo izquierdo que pronto caería de un manzano irlandés. En todos lados había manos huesudas rasguñando, separando tuétano de coyuntura, lanzando el resto al vacío, a desiertos, neveras, recitales y hasta a Roma.

Hubo sol, Clara reía desde el asiento del frente. Ahí, iluminado por un sol que luchaba por no ahogarse en un mar de nubes, yacía un mortinto sin manos, ni pies, ni venas. Sin cabeza y sin corazón.

—Bueno, supongo que no quería suicidarse conmigo.

Clara salió del camarote, caminó por el vagón que apenas recibía luz, fue a la cabeza del tren donde tampoco había sol, sólo nubes. Paró por un segundo. Quiso apreciar las manivelas, los mecanismos. Siempre gustó de los trenes. Tocaba lo tosco con los dedos desnudos, los llenaba de costras negras.

Sus cabellos delgados, blancos, su cráneo cincelado, las costillas de ángel rotas contra el metal, el fémur hecho pedazos.

Clara quedó en silencio, tenía las manos sobre la frente, los ojos desparramados por el suelo, el sol menguando sobre su cabeza, sobre aquel viejo tren descarrilado.

Prosa #21 — Taxi girl.

—Los taxis en Managua son mejores que en mi pueblo—aseguraba María a la muchacha que le hacía los pies en el salón—. Allá siempre de mezquinos esos indios pinches. Acá con verme bien vestida ya aflojan el billete, es maravilloso.

María rio e hizo un ademán elegante. Le parecía, desde ese asiento en el cuarto salón más caro de Managua -ese dónde también te hacen los pies-, ser una aristócrata como las que veía en las novelas con su madre o la esposa de algún narcotraficante que no sabe lo que es la codicia.

—¡…y hasta me perdían de vista!—exclamaba María—, tenía que gritar y gritar para que volteasen. Luego era hablarles, lo bueno es que siempre he sido buena seduciendo, los hombres son tan idiotas.

Las empleadas hacían su trabajo, si escuchaban era porque querían el dinero de los taxistas pero conservaban la vergüenza. Igual les daba si María era una maestra de la seducción o si, al contrario, debía rogar a cada taxista mil veces antes de conseguir un favor, ajustarse a las condiciones de estos, ir bajo la lluvia sin poder distinguir caras conocidas fundiéndose en los parabrisas, humillarse por viajes de diez córdobas, ser tratada de zorra sin serlo.

—Ahora me ven y ellos solos se paran, no les importa si llevan un cliente con prisa. ¡La prioridad soy yo!

María sintió un estrépito al recordar las manos del último taxista, el olor a pintura nueva en el exterior, el bosque de pinos entre los asientos lánguidos. Era como una de esas películas en las que el bad boy lleva a la niña de lentes al autocinema para darse muestras de adolescencia. María no tenía lentes, cualquier cosa con la palabra «cine» costaba demasiado y la adolescencia escaló.
Pronto María cosechó cierto prestigio, ya no había que rogar, sólo esperar en la próxima esquina, en el bar más cercano. Llovían los favores, ella mandaba en cada cabina siempre que posaba sus nalgas en el asiento del copiloto. ¿Lluvia, tardanzas, falta de ganas? Esas cosas las dejó en su pueblito, escondidas tras el televisor donde su madre ve novelas, ganando senilidad con cada capítulo.

De vez en cuando veía por la calle a sus viejos amigos. Si podía, tomaba refugio tras un vidrio negro; no quería ver esas caras tostadas por el sol de Managua, caras de esfuerzo, de gente que no olvidó cómo caminar. Pocas veces tuvo que compartir un taxi con uno de estos seres.

—¿Te conozco?—dijo, mirando desde arriba de un pedestal imaginario.

—Pero si estudiamos juntos, ¿cómo no te vas acordar?

—Lo siento, bebé.

A veces, algún taxista la llevaba a algún hotel, ya sea porque la biología impedía el actuar en el vehículo o porque los gustos son menesteres. María se ilusionaba con los hoteles, le parecían creadores de una atmósfera de elegancia que en su pueblo -donde nadie quería quedarse a dormir- no conoció. Ahí las sábanas se unían con su piel sin por eso dejar de mancharse. No veía más que las manos del taxista derramándose en los bordes de la cama, el olor a pinos mezclado con saíno, la pintura cayéndose a costras, lucecitas desde la ventana titilando. El hotel se convirtió en otro taxi, un taxi de pensamientos tardados, lluviosos, faltos de ganas.

María despertó casi al mediodía, salió del hotel donde la recepcionista le decía entre dientes «zorra» y, como era de esperarse, tomó un taxi. Fue a su apartamento, pagó la renta de dos meses con lo que había recogido la última semana. Tomó una ducha, se puso elegante.

—¿Adónde amor?—le dijo el taxista.

—Al cuarto salón más caro de Managua.

—¿Ese donde también te hacen los pies?

—Sí, bebé—soltó exaltada—¡Ese mismo!

Prosa #20 — Olvidos.

Isaac salió del trabajo y caminó por la calle de los negocios cerrados. Quedaba algo de luz sobre los techos, los colores empezaban a difuminarse. Los azules se volvían grises, luego rojos, naranjas y negros. En la acera había vagabundos buscando comodidad, listos para soñar. Otros aún buscaban comida.

Isaac, seguro, caminaba en silencio. Sus pasos eran regulares. Respiraba soñador, libre de responsabilidad.

«Libre» pensó.

—Libre—dijo.

Y cuando lo dijo, los vagabundos lo dijeron también:

—Libre.

Siguió caminando. La falta de sol saturaba el ambiente. Varias aves soltaron gritos a lo lejos. Pensó en los árboles; no había árboles.

«¿Cuándo fue la última vez que vi un árbol?» se preguntó.

Estaba en casa de su tía. Hacía calor. La piscina la llenaban adultos, parientes de pelo desaliñado. Había alcohol, comida, huesos doloridos. Jugaba con otros niños. Muchos colores salpicaban sus ojos. Los grises parecían verdes, el azul era uno sólo. Naranjas eran las frutas, rojo lo demás. Había árboles, sí, muchos arboles. Pulcros árboles sin incendiarse. Piscina inmaculada. Alcohol, comida, adultos difusos. Niños, parientes.

«Niños» pensó.

—Hijos—decía.

Hubo silencio.

Isaac miró directo al interior del negocio cerrado que reposaba a su izquierda. Las ventanas eran bloqueadas por trozos de madera. En los trozos había agujeros. Isaac veía en los agujeros pequeñas formas; no había color. El semáforo estaba gris. Los autos eran latas desteñidas. La luna brillaba. Isaac seguía caminando.

«Más rápido» gritó en su cabeza.

Obedeció.

Tocó la puerta con los nudillos. Abrió su esposa, supo que era él. Isaac la miró desde arriba, se veía más vieja al abrir la puerta. Le recordó a su tía con esos pelos desteñidos, con la piel pálida y los huesos doloridos. Lo miró, parecía inspeccionar su rostro.

—¿Y el auto?—preguntó ella.

Isaac no respondió; regresó sobre sus pasos. Había dejado el auto en el trabajo.

Prosa #19 — El rifle de mi padre y las bestias que no lo mataron.

Mi padre tenía un rifle, solía ir a cazar por las noches. Iba con sus amigos, no volvían hasta varios días después. Yo quedaba en casa con mis hermanos y después del medio día sólo con mi madre. Me sentaba en una alfombra de polvo, había acostumbrado mis piernas a eso. Desde el techo ciertos rayos de sol se filtraban, daban vueltas por la casa todo el día. Me gustaba seguirlos con la vista.
Detrás de la casa había un patio que parecía una selva. Nuestro único vecino era un viejo que solía deambular por el pueblo. Vivía acuartelado en una especie de carcasa de madera que construyó quién sabe cuantos años atrás, mucho antes de que mi padre naciera.

Mis hermanos trabajaban cortando madera. Yo iba a la ciudad por la mañana, a la escuela. Mi madre me pedía que escribiera cartas a sus hermanas, las enviábamos todos los miércoles cuando el hombre del correo pasaba por el pueblo en su bestia mecánica. Él soltaba una sonrisa siempre que veía la caligrafía de mis cartas. Cuando regresaba de la gran ciudad me regalaba, con las cartas de las tías Marta, Cecilia y Maribel, algún dulce civilizado, de esos que traen envoltura y saben bien.

En la escuela, los hijos de los dueños de las fábricas solían predicarnos sobre el Evangelio del vapor y el carbón; decían que en la gran ciudad existían casas tan altas como sequoias, caminos de asfalto por donde las bestias trotan esparciendo su vapor por las aceras, cielos repletos de aves artificiales y globos aerostáticos que aplastan a los transeúntes con sus sombras. Nos dijeron que sus padres planeaban hacer de nuestro pueblo una gran ciudad capaz de despertar envidia en los capitalinos. Nuestros profesores los regañaban por darnos ilusiones. No solíamos poner mucha atención a sus regaños, excepto a los de Mrs. Lewes. La escuchábamos porque venía de tierras lejanas, su voz llevaba cierto peso de credibilidad. Ella decía que era «acento». Para nosotros, los niños, era magia.

Desde mi hogar podía ver las chimeneas de las fábricas. Ahí nacían las bestias de vapor y las aves artificiales. Me preguntaba por qué mi padre evitaba el contacto con el pueblo, con las fábricas y con sus dueños siendo que todo eso representaba -y hasta significaba- «civilización». A todos les gusta la civilización. ¿Por qué a mi padre no? Nunca le pregunté. Siendo sincero, admito que casi nunca hablamos.

Siempre fue una figura extraña la de mi progenitor. Cuándo vi su cadáver ser arrastrado me pareció todavía más extraño, como si fuese yo el hijo de un demonio. Le faltaban tres dedos izquierdos; una pierna estaba por desprenderse de su cuerpo. La mano derecha seguía aferrada a su rifle, a sus principios, nunca al pueblo.

Mis hermanos lo enterraron por la tarde en el patio-selva. Su rifle lo colgaron en la pared; estaban llorando. Yo también lloraba.

La mañana siguiente era la mañana de un miércoles. Mi madre despertó. No había papeles en el escritorio de la sala. La pluma estaba resguardada. La luz matinal la sentía más frágil, como si fuese de telarañas en vez de la magia a la que me había acostumbrado. El polvo de la alfombra lastimaba mis rodillas. Las chimeneas en el horizonte parecían lápices en una cartuchera de piedra pómez.

Yendo a la escuela oí el retumbar de pájaros metálicos sobre mi cabeza, las calles de adoquines las aplastaban armatostes con forma de oso que soltaban vapor y silbaban como los vientos de noviembre.
El hombre del correo sintió desilusión cuando le dije que no habría caligrafía. Tuvo que conformarse con las letras de molde que Mrs. Lewes dejaba en el papel sin la elegancia de su acento -aunque estuviesen escritas en su lengua madre- ni el misticismo que le atribuían sus alumnos.

Los hijos de los empresarios alardeaban de manera más molesta. Mrs. Lewes les regañaba con particular desdén. Las casas enanas rechinaban. Las sombras de los árboles acariciaban las cabezas con una gentileza paupérrima. Las bestias dormían. Mi padre era atravesado por las raíces de un árbol. El viejo de al lado reía. Mi madre lloraba, lloraba como las bestias silban y las aves retumban. Mis hermanos cavaban, cortaban, sin hablar, trabajando. El rifle se oxidaba como se pudren las sequoias, caía como la luz que se filtraba desde el techo, no daba vueltas, no trotaba, era un augurio.

Cuando volví a casa, mis hermanos enterraban a mi madre.

Estaban llorando, yo también lloraba.

Prosa #18 ― Gama baja.

A GINZ.
Teníamos el agua al cuello, desnudos en la bañera. La miraba como miraría a un cuadro impresionista sin saber yo nada de pintura (que no sé). Ella mordía sus labios como si le ardiesen, no pensó en llevarlos al agua donde flotaban los mechones oscuros de su cabello y su piel color caoba pálida, como enfermiza, hundida me decía: «traidor, traidor». Y yo me sentía traidor.
No quise hablarle, estaba pensando. Pensaba en el otro, «¿qué pensaría?». No importaba; importaba el agua y sus cabellos o su piel. Le hubiese insultado, gritado con fuerzas: «traidora, traidora», pero traidor me sentía yo.
—Es muy frío—me dijo.
Miré sus ojos, titilando, apunto de patear al alma de su cuerpo.
—Todo esto es muy frío—reiteró.
—Lo querías frío, ¿No?
Apartó su cara. Seguí viéndola, su cabello de nuevo.
—Lo sé, pero ya no me gusta así.
Me estremecí, supe que no hablaba del agua. Otro mes llegaba ya, dejaría resaca y dolería, a ambos nos iba a golpear una fuerza. Yo temía compromisos, ella el rechazo sin precedentes.
¿Qué pasaba?, ¿por qué tan repentina esa afinidad? Llevábamos casi dos meses juntos, ensuciándonos en secreto y en secreto sonrosando miradas con el agua al cuello, en un cuadro de Dalí.
—No—dije.
Me levanté, el agua abandonaba sus cabellos, bajando su nivel, bordeando los pezones color caoba, claros como blanqueados con cloro. Extendió sus piernas, llenó el agua con su cuerpo. Volteó la cabeza y me vio, desnudo, como si fuese su propiedad e intentase escapar. No me veía con esos ojos desde aquel noviembre entre las bancas del colegio, era extraño. Algo me decía que volvería y que ella sabría cobrar venganza. De cualquier modo, no sé pintar y ella es un cuadro impresionista.

Prosa #17 — No sé si la violé.

Estuve pensando toda la mañana mientras tragaba y bebía. Intentaba rehacer la noche anterior, de ella sacaba momentos, nada más. Recordaba cosas oscuras, a pesar de saber con exactitud la cantidad de luces que me bañaron, a mí y a ella. El polvo que el viento alzaba en la calle me recordó al humo que soltaron mis labios, al veneno que tragaba con tanta facilidad.

La leche me dio asco. Salí a vomitar. Vi en el cielo nubes grises, como serpientes entre guayabos engusanados. Recordé la brisa, como manoseaba a los techos de zinc. Brisó mientras íbamos al cuarto, es probable que también mientras la profanaba.

Sus ropas azul oscuro, rotas, esas las recuerdo; un estorbo. Vi su rostro contra la luz de la noche, llorando, como queriendo ir a casa. Aún así, parecía disfrutarlo con ese disfrute que se esconde en las vísceras; cosa involuntaria.

Limpié el vómito en mis labios antes de que el viento soplase y lo secase formando costras. Recordé su respiración a mi lado, el olor de su sexo, las sábanas sucias. La brisa cayendo. Los hilos de luz que entraban desde los callejones, gritando como extranjeros pérfidos sin camino ni posibilidad de encontrar uno.

Vi varios extranjeros al salir a la calle, un señor español maldiciendo a un restaurante, una americana con un sombrero de paja y una pareja de alemanes que hablaban toscamente mientras esperaban un bus a quién sabe dónde. No tenía idea en qué ciudad estaba, los adoquines de la calle no los había visto antes, tampoco el mega-templo que se estremecía a unos metros con canciones que yo conocía de memoria y que, en otras circunstancias, hubiese cantado hasta quemar mis pulmones. Vagamente veía de nuevo a la noche, como si los focos del alumbrado público se encendiesen y el cielo se apagase non-sequitur pero la gente siguiese ahí: el español maldiciendo sobre los adoquines, los alemanes hablando y yo violando a una niña. Sentí que pronto me enjuiciarían, que sería encarcelado y humillado sólo porque una tipa con la que me acosté nació unos años después que yo. Estaba borracha, yo no la obligué a tomar. Ella escogió sobre qué luces se paraba. «Qué juicio más absurdo sería ese» pensé. También pensé que, absurdo y todo, igual perdería. Todo eso me dio ganas de llenar mis labios de humo. Al otro lado de la calle vendía un hombre cigarrillos. Hubiese comprado pero, desde un autobús, un indio gritaba el nombre de mi pueblo. Nunca vi a nadie fumar en un bus.

Corrí hacia el bus y subí. Me tranquilizó que el indio gritase otras veinte veces hacia dónde íbamos, muy vergonzoso sería perderme dos veces seguidas estando sobrio la segunda. Me senté junto a la ventana, revisé en mi mochila y había tres libros: uno de García Márquez, otro de algún desconocido derechista nicaragüense, de esos que simpatizan con Somoza pero nunca lo admiten. El tercero llevaba una mujer desnuda en la cubierta, la mujer no tenía brazos ni cabeza y sus pechos turbaron mi mente. Intenté leer pero los ojos me dolían. Las palabras de los intelectuales revolvían mis tripas, el olor del bus me drogaba; martirio.

Me fijé por la ventana, unos policías iban en motocicleta, sus cascos colgaban de sus codos; me sentí fugitivo de un montón de hipócritas, peor, hipócritas pagados con impuestos.

El bus me alejaba de mis pecados, eso me animó. El rugir de los motores de segunda mano, a punto de quemarse como mis pulmones, de cierta manera empezó a tranquilizarme.

El indio pasó por mi asiento, le pagué. Mientras me daba el cambio yo sonreía, ¿sospecha acaso que recibe el dinero de un violador? No sé si la violé, él parece saberlo. Su cara me dice que lo siente con su sentir de indio. Tal vez sea cierto y los insultos que las chicas de mi clase lanzaban contra mí no eran más que una advertencia que nadie tomó en serio.

Me rio. El indio me mira. Dos córdobas me devuelve y yo le agradezco. No hago más que agradecerle.

Prosa #16 — Helénica.

A Osmara Olivares.

El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas. El techo que me acogía me daba la sensación de ser una pequeña hormiga bajo un transeúnte con paraguas. Los pilares que le sostenían eran como patas de tortuga. En su interior vivía un extraño tipo de pasado que algunos decían era inventado. Mi pasado favorito.
Me pareció extraño que el museo tuviese sus puertas abiertas a esas horas de la noche y que, por más que llamase o buscase, ningún guardia aparecía a la vista. Estaba solo en ese mar de historia, era un loro en una jaula de cultura, una gaviota de alas rotas. Decidí que utilizaría mi tiempo en aquel lugar de manera productiva, saqué mi cuaderno y empecé a dar vueltas por ahí. Anotaba cada pequeño hecho interesante, cada nombre que sonase bien, ideas para cuentos y canciones derivadas de retratos y esqueletos deformes, retratos y esqueletos de hombres locos.
***
Había recorrido ya todo el museo, estaba cansado, me senté en la fuente del centro donde todos los pasillos desembocaban. El agua en ella era tranquila, su borde -sobre el cual decidí recostar mi cabeza- era de una especie de azulejo ultra liso. En el centro de la fuente había un pilar que parecía robado del Partenón con una amazona envuelta en sábanas indestructibles sobre él. Yo estaba con la vista al tragaluz del techo, a lo más hondo de los cielos.

La estatua me pareció hermosa, todo en aquel museo lo era. Dediqué los siguientes minutos a utilizar las notas que había recolectado. Escribí un borrador para un poema y la maqueta de un cuento. Mis notas eran claras pero mientras más leía menos podía entenderlas. Perdían significado. Cuando llegué a «una ballena azul volaba…» la concentración me abandonó. Así sin más.

Un gran estruendo salió volando desde el pabellón de biología hacia mis oídos. Mi cabeza cayó del borde de la fuente, empezó a fluir. De las manos de la mujer pétrea salían chorros de agua que bien pudieron ser hilos de plata. El estruendo crecía en intensidad, se movía como un tren-tortuga: lento, masivo, seguro. La sábana de la mujer cayó en el agua y se deshizo en un banco de perlas que dio más brillo a las aguas alborotándolas en el acto.

Entonces vi a la madre del océano que el cielo paría: una ballena azul volando, no, nadando en el aire del museo. Su aleteo era un vendaval, sus chirridos pequeños huracanes.

La ballena pasó por sobre mi cabeza para irse luego al pasillo de las humanidades, de él volvió llena de colores. Vi, entonces, a la diosa griega, serena en la mitad del estanque, desnuda, agazapada y distante. Su mirada me llamó. Puse mis pies en el agua y caminé en su dirección. Cada paso aliviaba mis hombros, como si hubiesen estado bajo un peso que yo mismo desconocía. Cuando llegué a su pilar, estaba desnudo también. A la ballena se habían unido una serie de obras de arte, de rocas, de cadáveres. Vi el cuerpo de la diosa griega tan vivo y carnoso como el de una mortal, tan terso y moldeado como la divinidad misma. Pregunté por su nombre:
“Helena”
“Helena”
“Helena”
Y el cielo se rompió a rayos. La ballena destruyó el techo. Las galaxias reventaron, su luz se detuvo en la nada.

Helena bajó de su pedestal para acompañarme en mi delirio. Ahí saboreé el cuarzo en sus venas mientras ella me sumergía en el agua, mientras brillaba todo a nuestro alrededor. Helena me embrujaba con sus manos sobrias, jugueteaba con mi cuerpo como si fuese un sonajero, un sonajero que de tanta insistencia se destroza en mil pedazos, soltando en el vacío el interior del alma, lo que hace que suene.

Mis ojos vieron su rostro impregnado con la proporción áurea, mi boca esbozó su nombre:
“Helena”
“Helena”
—¡Helena!—grité, saltando de la cama.
Fui y revisé la hora, aún era muy temprano. Caminé hacia la cocina, me hice unos huevos, me senté en el comedor, tomé mis cuadernos y prendí el televisor.

En aquél aparato se veía la estructura del museo local con un agujero enorme en el punto más alto del techo. La reportera hablaba de cómo había desaparecido el esqueleto de una ballena azul, fósiles de homínidos y varias obras de arte de naturaleza invaluable. Cambié de canal. Ahora un par de astrónomos discutían, con una inseguridad que yo desconocía en los astrónomos, cómo la noche anterior la galaxia de Andrómeda y la galaxia del triángulo desaparecieron de la nada, hablaron como la desaparición había sido reportada de manera simultánea por todos los telescopios terrestres y satelitales y como…

Apagué el televisor.

Vi por la ventana.

Abrí mi cuaderno, leí en voz alta:

—El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas…