Prosa #21 — Taxi girl.

—Los taxis en Managua son mejores que en mi pueblo—aseguraba María a la muchacha que le hacía los pies en el salón—. Allá siempre de mezquinos esos indios pinches. Acá con verme bien vestida ya aflojan el billete, es maravilloso.

María rio e hizo un ademán elegante. Le parecía, desde ese asiento en el cuarto salón más caro de Managua -ese dónde también te hacen los pies-, ser una aristócrata como las que veía en las novelas con su madre o la esposa de algún narcotraficante que no sabe lo que es la codicia.

—¡…y hasta me perdían de vista!—exclamaba María—, tenía que gritar y gritar para que volteasen. Luego era hablarles, lo bueno es que siempre he sido buena seduciendo, los hombres son tan idiotas.

Las empleadas hacían su trabajo, si escuchaban era porque querían el dinero de los taxistas pero conservaban la vergüenza. Igual les daba si María era una maestra de la seducción o si, al contrario, debía rogar a cada taxista mil veces antes de conseguir un favor, ajustarse a las condiciones de estos, ir bajo la lluvia sin poder distinguir caras conocidas fundiéndose en los parabrisas, humillarse por viajes de diez córdobas, ser tratada de zorra sin serlo.

—Ahora me ven y ellos solos se paran, no les importa si llevan un cliente con prisa. ¡La prioridad soy yo!

María sintió un estrépito al recordar las manos del último taxista, el olor a pintura nueva en el exterior, el bosque de pinos entre los asientos lánguidos. Era como una de esas películas en las que el bad boy lleva a la niña de lentes al autocinema para darse muestras de adolescencia. María no tenía lentes, cualquier cosa con la palabra «cine» costaba demasiado y la adolescencia escaló.
Pronto María cosechó cierto prestigio, ya no había que rogar, sólo esperar en la próxima esquina, en el bar más cercano. Llovían los favores, ella mandaba en cada cabina siempre que posaba sus nalgas en el asiento del copiloto. ¿Lluvia, tardanzas, falta de ganas? Esas cosas las dejó en su pueblito, escondidas tras el televisor donde su madre ve novelas, ganando senilidad con cada capítulo.

De vez en cuando veía por la calle a sus viejos amigos. Si podía, tomaba refugio tras un vidrio negro; no quería ver esas caras tostadas por el sol de Managua, caras de esfuerzo, de gente que no olvidó cómo caminar. Pocas veces tuvo que compartir un taxi con uno de estos seres.

—¿Te conozco?—dijo, mirando desde arriba de un pedestal imaginario.

—Pero si estudiamos juntos, ¿cómo no te vas acordar?

—Lo siento, bebé.

A veces, algún taxista la llevaba a algún hotel, ya sea porque la biología impedía el actuar en el vehículo o porque los gustos son menesteres. María se ilusionaba con los hoteles, le parecían creadores de una atmósfera de elegancia que en su pueblo -donde nadie quería quedarse a dormir- no conoció. Ahí las sábanas se unían con su piel sin por eso dejar de mancharse. No veía más que las manos del taxista derramándose en los bordes de la cama, el olor a pinos mezclado con saíno, la pintura cayéndose a costras, lucecitas desde la ventana titilando. El hotel se convirtió en otro taxi, un taxi de pensamientos tardados, lluviosos, faltos de ganas.

María despertó casi al mediodía, salió del hotel donde la recepcionista le decía entre dientes «zorra» y, como era de esperarse, tomó un taxi. Fue a su apartamento, pagó la renta de dos meses con lo que había recogido la última semana. Tomó una ducha, se puso elegante.

—¿Adónde amor?—le dijo el taxista.

—Al cuarto salón más caro de Managua.

—¿Ese donde también te hacen los pies?

—Sí, bebé—soltó exaltada—¡Ese mismo!

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Prosa #20 — Olvidos.

Isaac salió del trabajo y caminó por la calle de los negocios cerrados. Quedaba algo de luz sobre los techos, los colores empezaban a difuminarse. Los azules se volvían grises, luego rojos, naranjas y negros. En la acera había vagabundos buscando comodidad, listos para soñar. Otros aún buscaban comida.

Isaac, seguro, caminaba en silencio. Sus pasos eran regulares. Respiraba soñador, libre de responsabilidad.

«Libre» pensó.

—Libre—dijo.

Y cuando lo dijo, los vagabundos lo dijeron también:

—Libre.

Siguió caminando. La falta de sol saturaba el ambiente. Varias aves soltaron gritos a lo lejos. Pensó en los árboles; no había árboles.

«¿Cuándo fue la última vez que vi un árbol?» se preguntó.

Estaba en casa de su tía. Hacía calor. La piscina la llenaban adultos, parientes de pelo desaliñado. Había alcohol, comida, huesos doloridos. Jugaba con otros niños. Muchos colores salpicaban sus ojos. Los grises parecían verdes, el azul era uno sólo. Naranjas eran las frutas, rojo lo demás. Había árboles, sí, muchos arboles. Pulcros árboles sin incendiarse. Piscina inmaculada. Alcohol, comida, adultos difusos. Niños, parientes.

«Niños» pensó.

—Hijos—decía.

Hubo silencio.

Isaac miró directo al interior del negocio cerrado que reposaba a su izquierda. Las ventanas eran bloqueadas por trozos de madera. En los trozos había agujeros. Isaac veía en los agujeros pequeñas formas; no había color. El semáforo estaba gris. Los autos eran latas desteñidas. La luna brillaba. Isaac seguía caminando.

«Más rápido» gritó en su cabeza.

Obedeció.

Tocó la puerta con los nudillos. Abrió su esposa, supo que era él. Isaac la miró desde arriba, se veía más vieja al abrir la puerta. Le recordó a su tía con esos pelos desaliñados, con la piel pálida y los huesos doloridos. Lo miró, parecía inspeccionar su rostro.

—¿Y el auto?—preguntó ella.

Isaac no respondió; regresó sobre sus pasos. Había dejado el auto en el trabajo.

Prosa #19 ― El rifle de mi padre y las bestias que no lo mataron.

Mi padre tenía un rifle, solía ir a cazar por las noches. Iba con sus amigos, no volvían hasta varios días después. Yo quedaba en casa con mis hermanos y después del medio día sólo con mi madre. Me sentaba en una alfombra de polvo, había acostumbrado mis piernas a eso. Desde el techo ciertos rayos de sol se filtraban, daban vueltas por la casa todo el día. Me gustaba seguirlos con la vista.
Detrás de la casa había un patio que parecía una selva. Nuestro único vecino era un viejo que solía deambular por el pueblo. Vivía acuartelado en una especie de carcasa de madera que construyó quién sabe cuantos años atrás, mucho antes de que mi padre naciera.

Mis hermanos trabajaban cortando madera. Yo iba a la ciudad por la mañana, a la escuela. Mi madre me pedía que escribiera cartas a sus hermanas, las enviábamos todos los miércoles cuando el hombre del correo pasaba por el pueblo en su bestia mecánica. Él soltaba una sonrisa siempre que veía la caligrafía de mis cartas. Cuando regresaba de la gran ciudad me regalaba, con las cartas de las tías Marta, Cecilia y Maribel, algún dulce civilizado, de esos que traen envoltura y saben bien.

En la escuela, los hijos de los dueños de las fábricas solían predicarnos sobre el Evangelio del vapor y el carbón; decían que en la gran ciudad existían casas tan altas como sequoias, caminos de asfalto por donde las bestias trotan esparciendo su vapor por las aceras, cielos repletos de aves artificiales y globos aerostáticos que aplastan a los transeúntes con sus sombras. Nos dijeron que sus padres planeaban hacer de nuestro pueblo una gran ciudad capaz de despertar envidia en los capitalinos. Nuestros profesores los regañaban por darnos ilusiones. No solíamos poner mucha atención a sus regaños, excepto a los de Mrs. Lewes. La escuchábamos porque venía de tierras lejanas, su voz llevaba cierto peso de credibilidad. Ella decía que era «acento». Para nosotros, los niños, era magia.

Desde mi hogar podía ver las chimeneas de las fábricas. Ahí nacían las bestias de vapor y las aves artificiales. Me preguntaba por qué mi padre evitaba el contacto con el pueblo, con las fábricas y con sus dueños siendo que todo eso representaba -y hasta significaba- «civilización». A todos les gusta la civilización. ¿Por qué a mi padre no? Nunca le pregunté. Siendo sincero, admito que casi nunca hablamos.

Siempre fue una figura extraña la de mi progenitor. Cuándo vi su cadáver ser arrastrado me pareció todavía más extraño, como si fuese yo el hijo de un demonio. Le faltaban tres dedos izquierdos; una pierna estaba por desprenderse de su cuerpo. La mano derecha seguía aferrada a su rifle, a sus principios, nunca al pueblo.

Mis hermanos lo enterraron por la tarde en el patio-selva. Su rifle lo colgaron en la pared; estaban llorando. Yo también lloraba.

La mañana siguiente era la mañana de un miércoles. Mi madre despertó. No había papeles en el escritorio de la sala. La pluma estaba resguardada. La luz matinal la sentía más frágil, como si fuese de telarañas en vez de la magia a la que me había acostumbrado. El polvo de la alfombra lastimaba mis rodillas. Las chimeneas en el horizonte parecían lápices en una cartuchera de piedra pómez.

Yendo a la escuela oí el retumbar de pájaros metálicos sobre mi cabeza, las calles de adoquines las aplastaban armatostes con forma de oso que soltaban vapor y silbaban como los vientos de noviembre.
El hombre del correo sintió desilusión cuando le dije que no habría caligrafía. Tuvo que conformarse con las letras de molde que Mrs. Lewes dejaba en el papel sin la elegancia de su acento -aunque estuviesen escritas en su lengua madre- ni el misticismo que le atribuían sus alumnos.

Los hijos de los empresarios alardeaban de manera más molesta. Mrs. Lewes les regañaba con particular desdén. Las casas enanas rechinaban. Las sombras de los árboles acariciaban las cabezas con una gentileza paupérrima. Las bestias dormían. Mi padre era atravesado por las raíces de un árbol. El viejo de al lado reía. Mi madre lloraba, lloraba como las bestias silban y las aves retumban. Mis hermanos cavaban, cortaban, sin hablar, trabajando. El rifle se oxidaba como se pudren las sequoias, caía como la luz que se filtraba desde el techo, no daba vueltas, no trotaba, era un augurio.

Cuando volví a casa, mis hermanos enterraban a mi madre.

Estaban llorando, yo también lloraba.

Prosa #18 ― Gama baja.

A GINZ.
Teníamos el agua al cuello, desnudos en la bañera. La miraba como miraría a un cuadro impresionista sin saber yo nada de pintura (que no sé). Ella mordía sus labios como si le ardiesen, no pensó en llevarlos al agua donde flotaban los mechones oscuros de su cabello y su piel color caoba pálida, como enfermiza, hundida me decía: «traidor, traidor». Y yo me sentía traidor.
No quise hablarle, estaba pensando. Pensaba en el otro, «¿qué pensaría?». No importaba; importaba el agua y sus cabellos o su piel. Le hubiese insultado, gritado con fuerzas: «traidora, traidora», pero traidor me sentía yo.
—Es muy frío—me dijo.
Miré sus ojos, titilando, apunto de patear al alma de su cuerpo.
—Todo esto es muy frío—reiteró.
—Lo querías frío, ¿No?
Apartó su cara. Seguí viéndola, su cabello de nuevo.
—Lo sé, pero ya no me gusta así.
Me estremecí, supe que no hablaba del agua. Otro mes llegaba ya, dejaría resaca y dolería, a ambos nos iba a golpear una fuerza. Yo temía compromisos, ella el rechazo sin precedentes.
¿Qué pasaba?, ¿por qué tan repentina esa afinidad? Llevábamos casi dos meses juntos, ensuciándonos en secreto y en secreto sonrosando miradas con el agua al cuello, en un cuadro de Dalí.
—No—dije.
Me levanté, el agua abandonaba sus cabellos, bajando su nivel, bordeando los pezones color caoba, claros como blanqueados con cloro. Extendió sus piernas, llenó el agua con su cuerpo. Volteó la cabeza y me vio, desnudo, como si fuese su propiedad e intentase escapar. No me veía con esos ojos desde aquel noviembre entre las bancas del colegio, era extraño. Algo me decía que volvería y que ella sabría cobrar venganza. De cualquier modo, no sé pintar y ella es un cuadro impresionista.

Prosa #17 — No sé si la violé.

Estuve pensando toda la mañana mientras tragaba y bebía. Intentaba rehacer la noche anterior, de ella sacaba momentos, nada más. Recordaba cosas oscuras, a pesar de saber con exactitud la cantidad de luces que me bañaron, a mí y a ella. El polvo que el viento alzaba en la calle me recordó al humo que soltaron mis labios, al veneno que tragaba con tanta facilidad.

La leche me dio asco. Salí a vomitar. Vi en el cielo nubes grises, como serpientes entre guayabos engusanados. Recordé la brisa, como manoseaba a los techos de zinc. Brisó mientras íbamos al cuarto, es probable que también mientras la profanaba.

Sus ropas azul oscuro, rotas, esas las recuerdo; un estorbo. Vi su rostro contra la luz de la noche, llorando, como queriendo ir a casa. Aún así, parecía disfrutarlo con ese disfrute que se esconde en las vísceras; cosa involuntaria.

Limpié el vómito en mis labios antes de que el viento soplase y lo secase formando costras. Recordé su respiración a mi lado, el olor de su sexo, las sábanas sucias. La brisa cayendo. Los hilos de luz que entraban desde los callejones, gritando como extranjeros pérfidos sin camino ni posibilidad de encontrar uno.

Vi varios extranjeros al salir a la calle, un señor español maldiciendo a un restaurante, una americana con un sombrero de paja y una pareja de alemanes que hablaban toscamente mientras esperaban un bus a quién sabe dónde. No tenía idea en qué ciudad estaba, los adoquines de la calle no los había visto antes, tampoco el mega-templo que se estremecía a unos metros con canciones que yo conocía de memoria y que, en otras circunstancias, hubiese cantado hasta quemar mis pulmones. Vagamente veía de nuevo a la noche, como si los focos del alumbrado público se encendiesen y el cielo se apagase non-sequitur pero la gente siguiese ahí: el español maldiciendo sobre los adoquines, los alemanes hablando y yo violando a una niña. Sentí que pronto me enjuiciarían, que sería encarcelado y humillado sólo porque una tipa con la que me acosté nació unos años después que yo. Estaba borracha, yo no la obligué a tomar. Ella escogió sobre qué luces se paraba. «Qué juicio más absurdo sería ese» pensé. También pensé que, absurdo y todo, igual perdería. Todo eso me dio ganas de llenar mis labios de humo. Al otro lado de la calle vendía un hombre cigarrillos. Hubiese comprado pero, desde un autobús, un indio gritaba el nombre de mi pueblo. Nunca vi a nadie fumar en un bus.

Corrí hacia el bus y subí. Me tranquilizó que el indio gritase otras veinte veces hacia dónde íbamos, muy vergonzoso sería perderme dos veces seguidas estando sobrio la segunda. Me senté junto a la ventana, revisé en mi mochila y había tres libros: uno de García Márquez, otro de algún desconocido derechista nicaragüense, de esos que simpatizan con Somoza pero nunca lo admiten. El tercero llevaba una mujer desnuda en la cubierta, la mujer no tenía brazos ni cabeza y sus pechos turbaron mi mente. Intenté leer pero los ojos me dolían. Las palabras de los intelectuales revolvían mis tripas, el olor del bus me drogaba; martirio.

Me fijé por la ventana, unos policías iban en motocicleta, sus cascos colgaban de sus codos; me sentí fugitivo de un montón de hipócritas, peor, hipócritas pagados con impuestos.

El bus me alejaba de mis pecados, eso me animó. El rugir de los motores de segunda mano, a punto de quemarse como mis pulmones, de cierta manera empezó a tranquilizarme.

El indio pasó por mi asiento, le pagué. Mientras me daba el cambio yo sonreía, ¿sospecha acaso que recibe el dinero de un violador? No sé si la violé, él parece saberlo. Su cara me dice que lo siente con su sentir de indio. Tal vez sea cierto y los insultos que las chicas de mi clase lanzaban contra mí no eran más que una advertencia que nadie tomó en serio.

Me rio. El indio me mira. Dos córdobas me devuelve y yo le agradezco. No hago más que agradecerle.

Prosa #16 — Helénica.

A Osmara Olivares.

El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas. El techo que me acogía me daba la sensación de ser una pequeña hormiga bajo un transeúnte con paraguas. Los pilares que le sostenían eran como patas de tortuga. En su interior vivía un extraño tipo de pasado que algunos decían era inventado. Mi pasado favorito.
Me pareció extraño que el museo tuviese sus puertas abiertas a esas horas de la noche y que, por más que llamase o buscase, ningún guardia aparecía a la vista. Estaba solo en ese mar de historia, era un loro en una jaula de cultura, una gaviota de alas rotas. Decidí que utilizaría mi tiempo en aquel lugar de manera productiva, saqué mi cuaderno y empecé a dar vueltas por ahí. Anotaba cada pequeño hecho interesante, cada nombre que sonase bien, ideas para cuentos y canciones derivadas de retratos y esqueletos deformes, retratos y esqueletos de hombres locos.
***
Había recorrido ya todo el museo, estaba cansado, me senté en la fuente del centro donde todos los pasillos desembocaban. El agua en ella era tranquila, su borde -sobre el cual decidí recostar mi cabeza- era de una especie de azulejo ultra liso. En el centro de la fuente había un pilar que parecía robado del Partenón con una amazona envuelta en sábanas indestructibles sobre él. Yo estaba con la vista al tragaluz del techo, a lo más hondo de los cielos.

La estatua me pareció hermosa, todo en aquel museo lo era. Dediqué los siguientes minutos a utilizar las notas que había recolectado. Escribí un borrador para un poema y la maqueta de un cuento. Mis notas eran claras pero mientras más leía menos podía entenderlas. Perdían significado. Cuando llegué a «una ballena azul volaba…» la concentración me abandonó. Así sin más.

Un gran estruendo salió volando desde el pabellón de biología hacia mis oídos. Mi cabeza cayó del borde de la fuente, empezó a fluir. De las manos de la mujer pétrea salían chorros de agua que bien pudieron ser hilos de plata. El estruendo crecía en intensidad, se movía como un tren-tortuga: lento, masivo, seguro. La sábana de la mujer cayó en el agua y se deshizo en un banco de perlas que dio más brillo a las aguas alborotándolas en el acto.

Entonces vi a la madre del océano que el cielo paría: una ballena azul volando, no, nadando en el aire del museo. Su aleteo era un vendaval, sus chirridos pequeños huracanes.

La ballena pasó por sobre mi cabeza para irse luego al pasillo de las humanidades, de él volvió llena de colores. Vi, entonces, a la diosa griega, serena en la mitad del estanque, desnuda, agazapada y distante. Su mirada me llamó. Puse mis pies en el agua y caminé en su dirección. Cada paso aliviaba mis hombros, como si hubiesen estado bajo un peso que yo mismo desconocía. Cuando llegué a su pilar, estaba desnudo también. A la ballena se habían unido una serie de obras de arte, de rocas, de cadáveres. Vi el cuerpo de la diosa griega tan vivo y carnoso como el de una mortal, tan terso y moldeado como la divinidad misma. Pregunté por su nombre:
“Helena”
“Helena”
“Helena”
Y el cielo se rompió a rayos. La ballena destruyó el techo. Las galaxias reventaron, su luz se detuvo en la nada.

Helena bajó de su pedestal para acompañarme en mi delirio. Ahí saboreé el cuarzo en sus venas mientras ella me sumergía en el agua, mientras brillaba todo a nuestro alrededor. Helena me embrujaba con sus manos sobrias, jugueteaba con mi cuerpo como si fuese un sonajero, un sonajero que de tanta insistencia se destroza en mil pedazos, soltando en el vacío el interior del alma, lo que hace que suene.

Mis ojos vieron su rostro impregnado con la proporción áurea, mi boca esbozó su nombre:
“Helena”
“Helena”
—¡Helena!—grité, saltando de la cama.
Fui y revisé la hora, aún era muy temprano. Caminé hacia la cocina, me hice unos huevos, me senté en el comedor, tomé mis cuadernos y prendí el televisor.

En aquél aparato se veía la estructura del museo local con un agujero enorme en el punto más alto del techo. La reportera hablaba de cómo había desaparecido el esqueleto de una ballena azul, fósiles de homínidos y varias obras de arte de naturaleza invaluable. Cambié de canal. Ahora un par de astrónomos discutían, con una inseguridad que yo desconocía en los astrónomos, cómo la noche anterior la galaxia de Andrómeda y la galaxia del triángulo desaparecieron de la nada, hablaron como la desaparición había sido reportada de manera simultánea por todos los telescopios terrestres y satelitales y como…

Apagué el televisor.

Vi por la ventana.

Abrí mi cuaderno, leí en voz alta:

—El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas…

Prosa #15 — Ecce homo (o «El Jesucristo rojo»).

El capitán José Enrique Munguía patrullaba la zona con tres escuadras acompañándole bajo el manto de una brisa silenciosa. Una de las patrullas estaba bajo su mando, las otras dos estaban a cargo del teniente Manuel Cisneros. Ambos sentían la rutina en los hombros pero no se quejaban, se sentían optimistas por alguna razón que la brisa robó de sus mentes.

Divisaron a un campesino montando a caballo a eso de las dos de la tarde. El campesino les gritaba:

—¡Oy, aquí hay guerrilleros!

Munguía, curioso, se acercó al campesino en busca de información.

—¿Cómo así que guerrilleros?—preguntó Munguía.

—Vengo de comprar aquí nomás en el pueblito, unos hombres de camuflado me quitaron todo a punto de fusil—el campesino hizo como si disparase con sus dedos—Los dirigía un hombre cacastudo y larguirucho, era barbudo y llevaba unos anteojos culo de botella que no sé cómo hacía para ver.

Munguía agradeció al campesino y fue junto a Cisneros y sus patrullas hasta un claro, ahí extendió un mapa de la zona ubicando así un lugar para chocar con los guerrilleros que tanto le hacían hervir la sangre. Concluyó de manera instintiva que la confluencia entre los ríos Zínica y Piedra sería el lugar perfecto para establecer a las patrullas; tratarían de emboscar a los marxistas.

Munguía ordenó al teniente Cisneros ir con sus patrullas al lugar, que sembrase sus escuadras en una iglesia abandonada de por ahí.

—…Y ahí esperás a que te salgan—dijo Munguía con un tono inusual, como informal—Yo voy a buscarlos por acá y te alcanzo si no hallo nada.

—Sí, señor.

Munguía entonces siguió con sus labores de patrulla. No encontró guerrilleros pero sí huellas confusas y casquillos de bala. Sentía como si le guiasen hacia una trampa, le angustiaba no poder descifrarla. Era como una mosca volando entre una red de telarañas, un mal movimiento y ¡sas!, le llenan el pecho de balazos.

Para su suerte, no encontró marxistas, halló en el camino a algunos campesinos que prefirieron evadirle y, cuando estuvo apunto de sembrar a sus tropas para darles descanso, recibió una llamada.

—Capitán—decía la voz entrecortada del teniente Cisneros en la línea—, acabamos de intercambiar disparos con los guerrilleros. Estaban al otro lado del río y parece que uno salió herido porque nos gritaba: “Soy Carlos Fonseca Amador, no disparen, soy más útil vivo que muerto”. Les dije a mis hombres que no cruzasen el río porque parecía una emboscada, lo estamos esperando.

—Llego mañana a primera hora, va a llover fuerte y no quiero arriesgarme.

Eran las ocho de la noche entonces, una lluvia torrencial empezaba a asentarse. Munguía decidió sembrarse para salir en la mañana, a primera hora. Escuchar el nombre de tan conocido personaje junto a las palabras de súplica que el teniente Cisneros le atribuyó fue exquisito, le dio una noche de sueño aislado de la lluvia y del frío, como si se hospedara en el hotel más cómodo de Managua. Su emoción, sin embargo, se fue rápido, para cuando salió con sus hombres a eso de las 4:30AM, estaba tan serio y preocupado como la mosca sigilosa entre las telarañas.

Munguía llegó con la mirada enaltecida unas horas después, lo recibió Cisneros:

—Buenos días, capitán. Si le parece, vamos a cruzar el río para reclamar a Carlitos.

—Prosiga, mi patrulla le dará apoyo desde aquí, por si acaso.

Cisneros ordenó a sus patrullas cruzar el río una por una. Munguía y sus hombres permanecían en tierra como medida de seguridad que luego mostró ser innecesaria; todos estaban muertos. Los cadáveres estaban empapados con sus fusiles aún rozando sus manos, los agujeros de bala se perdían entre las ropas húmedas, el hedor era una fuerza más de la naturaleza, golpeó a todos los soldados de la Guardia como una ola de San Juan del Sur. Cisneros notó un rastro en el lodo, un rastro reciente, parecía como si un hombre cojo y una culebra caminasen juntos. Supo que era su trofeo intentando conservar su libertad. Cisneros dedujo que actuaba por pura desesperación, que no iría muy lejos ese intelectual sovietizado. Le hizo una seña a Munguía y le gritó:

—¡Venga a ver esto, capitán!

Munguía atendió sin cuestionar, su optimismo renació mientras cruzaba por las aguas del Zínica-Piedra. Cisneros ordenó a sus hombres seguir el rastro y traer al novio de la patria rojinegra a sus pies. Los soldados anduvieron por unos cuantos metros, encontraron entre los árboles a un espectro retorciéndose, a los despojos de un hombre. Sus ropas estaban empapadas y rotas, llenas de lodo. Su pierna izquierda parecía la raíz de un árbol podrido, en ella había una extraña combinación de rojo, café y verde. Los lentes «culo de botella» que tanto moldearon su imagen yacían rotos sobre sus ojos descoloridos.

Los soldados de la Guardia tomaron al despojo en sus hombros, lo cargaron como el cirineo cargó la cruz de Jesucristo, se burlaron como judíos sediciosos. Notaron que su respiración era ligera, más que exhalar, suspiraba, más que inhalar, se retorcía en pena. Vieron que quería hablar, usar sus dotes de oratoria, hacer gala de su educación rusa, de su habilidad como profesor, de sus buenas notas; apenas balbuceaba.
—He aquí el hombre—dijo Cisneros a Munguía quien parecía impresionado.

—En serio es él.

—Y lo tenemos justo aquí.

—A este seguro lo sacan después—dijo un soldado misquito.

—¡Silencio!—gritó Cisneros.

Munguía se acercó a Carlos, ordenó a los cirineos que lo dejasen caer y este desplomó su cuerpo sobre sus rodillas, ante el Capitán José Enrique, su Poncio Pilato. En ese momento, Enrique quiso decir mucho, pero no encontraba palabras, su poder sobre la vida de aquel hombre era gigantesco, él era su Dios.

Munguía nunca sintió especial gusto en matar comunistas, él mismo no lo hacía en tanto no fuese necesario, pero con éste era distinto, era el marxista más rojo en toda Nicaragua, su sangre era la bandera de la URSS y quería quemarla como un Americano.

Sin embargo, el soldado misquito que antes había sido callado, sacó su Browning y le dejó ir una ráfaga en el pecho y rostro a Amador, diciendo:

—A este hijueputa mucho nos cuesta capturarlo y después su papito que le maneja los negocios a los Somoza consigue que lo saquen siempre.

Munguía no dijo nada, habían cortado, de la nada, su poder divino.

Cisneros amonestaba al soldado imprudente, le quitó el fusil. Mientras le gritaba, Munguía veía el cadáver desfigurado de Amador, le parecía parte de la jungla causándole especial asco.

Munguía dio la vuelta, tomó la Browning de manos de Cisneros y baleó al misquito desobediente.

Hubo silencio. Cisneros no tenía palabras, Munguía sí:

—Caven una tumba para ese hombre,—ordenó señalando el cadáver del misquito—que los sandinistas adoren la tumba equivocada.
Los helicópteros llegaron más tarde, recogieron el cadáver del santo. Munguía y Cisneros no hablaron directamente en todo el viaje. Los demás soldados olvidaron al misquito cuando le echaron la tierra húmeda encima. Carlos se volvió el Jesucristo rojo.
Dicen por ahí que su carabina aún puede oírse en la aurora, esperando la llamada de su pueblo para unírsele, de nuevo, contra la tiranía.

Prosa #14 — Cuando llueve, las hormigas bailan.

Cuando llueve, todos parecen desorientados, hormigas que se ahogan en orín. Caminan por lados extraños en busca de su propio hormiguero, su montón de lodo. Hay en el aire gotas de descortesía, un olor a odio que se infiltra en las entrañas, que arranca las convicciones religiosas del altruismo.

Cuando llueve me siento más tranquilo, pero también más tonto. Siempre que el cielo llora olvido como cavilar un pensamiento, me resigno a buscar en otros lo correcto sabiendo al verlos, que en ellos hay de todo menos rectitud. Contesto con menos detalle, evito con más seguridad. Me vuelvo un zángano de nadie, sólo sé caminar.

Cuando llueve, lloro con el cielo pues sé que sus lágrimas, de mayor tamaño, sabrán limpiar las mías. Es un acto cobarde pero confortable, es el sonreír de los bichos raros, de los que saben por saber.

Bajo el llanto del cielo me siento más cercano al amor, al calor. Sé que, como yo, los demás son hormigas sinuosas. La mujer más bella, el hombre más fornido, el Brayan más vulgar, la puta más barata. Todos son insectos bañados en sal. Ni aunque sobre sus cabezas vuele una sombrilla o se asome un techo podrán escapar de la metamorfosis que causan las corrientes verticales, del sentimiento vago que provoca el petricor. Bajo la lluvia, todos somos hormigas lodosas, caminamos sin horizonte, buscamos un hogar sumergido en orines…

La lluvia para…

Somos hombres de nuevo.

Prosa #13 — Sólo los ricos.

Fernanda y Juan iban juntos al ministerio de zapatería a cambiar sus viejos mocasines por unos nuevos. Hacía meses que se habían roto pero la fecha de cambio era fija, sin posibilidad de negociación. Ambos habían reparado rústicamente sus viejos zapatos marrones, estaban horribles pero eso era común entre todos los de su comunidad. La cuestión había dejado de ser estética, era ahora puro utilitarismo.
Al entrar vieron una masa de gente sentada en un complejo de sillas azules pegadas entre sí, era la «fila». Una señora rechoncha les echó una mirada de ira señalando con su mano derecha una máquina expendedora de números. Fernanda tomó un número, luego Juan. Les habían salido el 101 y 102, el contador que colgaba del techo gritaba «cincuenta y tres» en grandes números rojos. Fernanda y Juan no perdieron las esperanzas porque nunca las tuvieron consigo en primer lugar, las dejaron en el cajón, debajo del colchón, en la despensa.
Como no había sillas vacías, se sentaron en el suelo.
—Qué horrible tener que esperar aquí—soltó Juan, con los ojos cerrados del cansancio.
—No seas malagradecido, mira que te están dando zapatos gratis.
—Ni tan gratis, además, son un asco—Juan susurró la última parte por razones obvias.
—¿Y si tan asco son, por qué estás aquí?
—¿Qué otra opción hay?
—Tenés las zapaterías privadas.
—No puedo pagar esas cosas, además, la más cercana está en la capital.
—Entonces no te quejes.
—¿Cómo no me voy a quejar si los zapatos son un asco?—esta vez Juan no susurró y todos le miraron extraño.
Fernanda calló, le había irritado un poco que Juan dijese tales cosas sobre el «calzado solidario», pero estaba dispuesta a guardar la compostura.
Todos ahí tenían los zapatos destrozados, los mocasines marrones estándares parecían panes viejos que se deshacían en migajas negras. Todos estaban irritados, los números iban muy lento, cada vez llegaba más gente a sentarse en el suelo, eso hacía que el ambiente sofocase como una boa constrictor. Fernanda y Juan hablaron tonterías hasta el número 76, momento en el cual la conversación -que ya llevaba cerca de tres horas activa- tocó temas más serios. Ambos habían tomado asiento en esas cosas azules, se sentían aliviados y hastiados.
—¿Ya sabes de la nueva escuela que abrieron cerca del parque?—mencionó Fernanda—Es barata pero tiene maestros con buena reputación, vi su plan y me pareció adecuado, quizá matricule a Kevin Jr. en ella al iniciar el año escolar.
—Suena bien, pero yo permanezco fiel a la Kristana, me gusta que a mi hijo le enseñen los valores cristianos y la disciplina jesuita.
—Va, ¿no es muy cara esa?
—Creo que vale la pena.
Juan vio cambiar el número, pensó algo que le pareció gracioso.
—Je, ¿te imaginas al estado manejando las escuelas cómo maneja las zapaterías? Que hubiera un ‘ministerio de educación’, sería genuinamente gracioso—Juan rio—. Los maestros gritarían a sus alumnos, les pegarían incluso; enseñarían montón de cosas inútiles, sería…
—No me gustaría eso—interrumpió Fernanda.
—¿Y por qué con los zapatos es distinto?
—Pues, mira, es que los zapatos son una necesidad, un derecho humano, ¿entiendes?
—¿Y la educación no?
—Eso es un privilegio.
—A mí me parece que ambos lo son, de cierto modo.
—Nadie te gana.
—Pero…
—¡Nadie te gana!
Juan calló y esperó.
Dio el anochecer, algunos pobres diablos que pasaron una ridiculez ahí se fueron por estar muy lejos en la lista. Fernanda quería sus zapatos tanto que cuando llegó el 101 salió disparada como la bala de un policía. Entregó en la rendija su documentación en regla, desnudó sus pies y entregó las masas añejas que llamó alguna vez «calzado solidario». La mujer que le atendía le trajo una tabla con la que medir su pie -era innecesario pero parte del proceso-, Fernanda lo hizo y al devolver la tabla con las marcas anotadas en un papel, la mujer desapareció, Fernanda permaneció ahí, con los pies en el frío. La mujer volvió luego con un par de mocasines negros -especiales, por lealtad-, estaban sucios pero casi intactos. Fernanda aún no terminaba, sin embargo, tenía que llenar un montón de papeleo. Después de cuarenta y seis minutos, salió con sus nuevos zapatos. Juan fue el siguiente, pasó todo el proceso con normalidad hasta la entrega de los viejos mocasines. La mujer se había ido pero por poco tiempo, había traído consigo un par de sandalias básicas que dejó caer frente a Juan, lo miró indiferente y le dijo:
—El estado ha escuchado sus quejas, señor. Tome esto como una pequeña amonestación, vuelva cuando acabe el ciclo de sus sandalias. ¡Victoria, Victoria, Victoria, Victoria y… VICTORIA!
Juan se veía molesto pero, para no retrasar a los demás -que en serio necesitaban irse de ahí, aún más que él- y, más que todo, porque sabía que quejarse sería inútil, sino contraproducente, decidió cargar con las consecuencias de su gran boca.
Al camino de regreso, Fernanda se burlaba de él:
—Eso te pasa por andar con tus calenturas políticas.
—Yo sólo quiero al estado fuera de mis zapatos.
—Lo que quieres es que los pobres vayan descalzos y los ricos tengan zapatos de marca.
—Como con las escuelas, claro.
—Pues yo tengo mis zapatos, gratis y tú no.
No había caso en hablar más y Juan, frustrado, guardó silencio.

Prosa #12 / Poesía #15 — La sonata de Martina Díaz / Perdigones.

A Martina Díaz.

El sol de la mañana daba al cementerio un aire surrealista, los colores de las tumbas apenas y podían discernirse, todo parecía no tener frontera, ¿donde iniciaban las flores y terminaba el horizonte?, Martina no lo sabía, tampoco estaba para saberlo. Llevaba consigo un ramo curioso, una caja de chocolates densos, ganas de volver al pasado y un sentido curioso de introspección que no había conocido antes. Pocos notaban que Martina seguía el rastro de un entierro que hacía mucho había acabado, veía ella montones de besos, de cigarros, de caramelos, todos desparramados por el terreno, sobre otras tumbas, siguiendo siempre un camino, una línea que ella, cabizbaja, seguía. Cada paso lo sentía amortiguado, como si el mismo aire descolorido que robó las fronteras del cementerio quisiera llevarse también el cuerpecito de la niña Díaz.

Aquella marcha recordó a otras marchas emprendidas, unas de borrachera, de vómito, otras de depresión sincera, de llantos indómitos. Martina no podía esperar para llegar a esa tumba, ese resto de su amor. Quería ver, tantear con sus manos la realidad; aceptar el silencio y callar en su coro también.

Martina tenía miedo de recordar demasiado.

“Sueños de nada” repetía a sí misma, “sueños de años”. Llevaba un collar con una pequeña luna que, colgando, reflejaba la luz del sol en agonía. Quería calmar las luces, calmarse ella misma. Caminó.

La tumba que buscaba la tenía ya enfrente, había jarrones llenos de flores que seguían frescas, húmedas. Martina las vio con desprecio, las sacó de los jarrones y las despedazó contra el suelo, en su lugar dejó sus propias flores, las favoritas de Lucía. 

—¿Sigues ahí?—preguntó Martina, llorando—Tócame, por favor, tócame.

Martina pensó en el pasado: una bestia de muchos colores. Las fechorías ya estaban hechas, ahora ella abrazaba aquel recuerdo como un ancla, su ancla. Necesitaba a alguien, su todo.

¿Quién susurraría cosas lindas en su oído?, ¿quién besaría su frente?, ¿quién la protegería de la bestia colorida? Lucía ya había ascendido con alas de ángel, con muñecas rojizas, con cuellos magullados, con balas; sin nada. Martina jadeó hasta el desmayo y pasó ahí el día.
***
Martina Díaz visitaba
al amor de su vida,
a su vida enterrada.
“Sueños de años” decía,
“Sueños de nada”.

El sol moría,
como una vela
tosía, desde arriba,
vomitando su plasma
de melancolía.

La luna en su cuello
sonaba a cantos de sarro,
como un llanto
que desde abajo
suelta un cadáver.

***
Martina Díaz vio la luz en el cielo nocturno, escuchó al viento soplar frío en sus orejas, olió la tierra húmeda en su paladar y en su mano  sintió el calor del día que dejó tras sus párpados. Alzó la mano y vio al sol entre sus dedos, cuidando de su luna aún después de la muerte y hasta ahora.