Prosa #39 — Todo lo que ella quiso hacer.

Todo lo que ella quiso hacer esa noche fue mantener relaciones sexuales con el muchacho que conoció en la protesta (¿por qué protestó?, ya lo había olvidado). Había preparado todo; su ropa interior favorita se asomaba desde el ángulo correcto. Cubiertos por la ausencia de luces tenues, esperaban los preservativos, allá en el dormitorio.
Iba de camino, sabía que él ya había ordenado café, para la espera, y lo contentaría con no prolongarla demasiado.
La noche después de la protesta, de casualidad, lo encontró y habló de música con él, no de la que sonaba en el fondo del bar, sino de la que no es nombrada siquiera. Él decía que no bailaba ni lloraba con la música moderna. La música que vale la pena bailar no se toca en estos lugares desde hace treinta años. ¿Y qué música vale la pena bailar para vos? No sé, jazz, soul, r&b (todo de ojos azules, plástico). Ella no esperaba recibir un seminario blitz de música afrodescendiente. Lo supo digerir, no naturalmente, porque su campo era otro o porque ambos estaban rodeados de música moderna, estupefactos, arrecostados en las cuerdas de Managua una noche después de la exhibición, antes de que empezase a caer fuego del cielo.
Fue la primera vez que lo escuchó hablar de la modernidad. Nada alarmante ahí, sino fuera, tirada la madrugada de la próxima protesta, porque no se puede caminar siendo mujer. Él andaba, falto de espectros de mareo encima, y ella iba presionando su hombro con el rostro. Yendo de camino a verlo tomar café, recordaría el trayecto en estaciones. ¿Estás bien?
Sí, no es nada. Bueno, apurate, sí. Ya casi llegamos.
La textura del café, amarga como herraj, daba vueltas. El propio líquido hervía a la vez, aparente jugo de cigarrillos Dunhill. Ella, al conocer la marca, escuchó donkey. Tres líneas encima opacaron su rostro de indio blanco, aliviado de no renacer en Tola cuando tomó asiento la dama y le hizo cerrar el librito cuyos contenidos aún tenía en los dedos; saludó, no es que dudase, claro. ¿Cómo vas? Ahí, ¿vos? Allá.
Tenía la cara tan pálida como en la mañana de la siguiente protesta, cuando ella lo encontró en su sofá, porque eran las cinco cuando el casi se apartó del llegamos. Apreció las facciones, el calor de su vista le abrió los ojos y lo hizo gritar, ella gritaba. Trataron de imperarse a sí mismos. El par de vecinos, acostumbrados a pujidos y desgarros de voz, siguieron con la rutina, calentando lento e hirviendo agua para hacer café.
¿Vos qué vas a tomar? Le preguntaron eso mismo no hacía mucho, sin saber exactamente dónde, aun así lo recordó. Una luz callejera roció patrones en la pared, él los atravesaba tanto como ella fue capaz de apreciar, por segunda vez, su cara.
¿Y cómo vas?, ¿qué tal el hospital? Ahí, bien, nada fuera de lugar. Qué bien, ya me hacía falta verte tan encendida. Porque el hospital la encendía más que las fiestas y las protestas (¿protestas?), y los residentes que él no conocía ni conocería por miedo a romper su virilidad con comparaciones, esos también la prendían. Ella admitió alguna vez que, pueril, lo encontró atrayente; ese era parte del encanto, junto a la marea de cigarrillos aparentemente empujándolo en el aire, dando golpecitos al desarreglo sin el cual no sería capaz de ordenar el café, o escribir los poemas con la letra chueca, o copular como se debe, midiendo el tiempo exacto para llenar con sólo un roce de ciertas formas, como hacen sus colegas cuando ella es generosa. ¿Tenés un cigarrillo? Sí, tomá.
Un simple delustorio filípico, eso decía él, o cómo fue robertmacnamaraeado hasta la submisión, eso racontó, agitando los úmeros, tronando la quijada, con gotas de saliva expedidas cada diez sílabas hacia el territorio leguminoso de los hoyuelos en sus cachetes.
Ahora contame qué hiciste vos. Bueno, había un hombre de veinticuatro años de edad, sin antecedentes patológicos, que hace diecisiete días lo evaluó un médico particular de dudosa competencia. Notaba la aparición de lesiones pustulosas en miembros inferiores, asociada a una fiebre. Para eso le dimos antibióticos. Desde hace tres días presentó cefalea frontal pulsátil asociada a visión borrosa. Por eso es que llegó. Observamos un deterioro de la función renal con proteinuria (uno punto cinco gramos cada veinticuatro horas, algo así iba) con unfiltradoglomerular(FG)de18mls/minm1Ñ73m(fórmuladMsDRDyñSVonPhA150/100,nfC88FR16…
Y eso, nada más interesante. Sorbió de su café aseverando que aquello era, en efecto, poco interesante (¿quería él escuchar la historia de cuando ella, estando en un cuarto partido a la mitad, vio cómo uno de los que le «tiraban el cuento» cuantificaba, en la marcha, los pasos necesarios para oler el tono vainilla de su piel, y le lanzó la pregunta más indecente posible entre un par de graduandos, al menos para una mente que ve azufre en la pureza?). La luz de la calle, entrando en el cafetín, dejaba mucho a las inquisiciones. Ángulo similar al que rozaría con sus sentidos, viendo la lencería para protestas (de nuevo, ¿protestas de qué?), luego pasaría la lengua, misma inclinación. Los preservativos tomándose a sí mismos más en serio, él ni los notaba. ¿Cómo puede una persona estar en tan moldeable forma ante otra, cómo puede recuperarse, seguir moviendo las piernas como si nada, hablarle a los niños y acariciar perritos, leer libros; contener sus temas en las uñas, como mugre; fumar a la vez que habla de pus y pretenciosamente suena, en el fondo, música de negros y luces tenues, ya ausentes, como el tono interrogante al finalizar esta oración?
Entonces, ¿cómo querés empezar la pelea? Lo escuchó, mientras hablaba de un artículo, un tal Mark Yuray articulando metafísicas de hombres agrupados, algo esencialista; a los médicos -ella piensa- no incumbe. Por segunda vez él abstrajo el lexema «modern-» en su presencia. Con tono hostil, habló de los males mayores, perjuicios del hoy que ella, como tal, no encontraba tan terribles, si del todo.
Extrañarse era el resultado de auscultar, analíticamente, la exposición del desultorio fipílico. Nada alarmante. Él sí quiere que sea posible andar siendo mujer, o no es más partícipe del genocidio que los otros, con excepción, quizá, del tiracuento.
No entender, o entender y no degustar, es tan normal como protestar y no saber el motivo. Conducta básica, preguntar por condones, esperar al otro cuando los saca del casillero mientras te escabullís al cuartito de al lado y acabar fornicando (si esa palabra es permitida) arriba de una camilla, o lamentarse porque no era ese ser con quién querías mantener relaciones. Total, sólo te estaba «tirando el cuento», nadie hace escándalo por eso. Son tiempos modernos, ¿qué no saben?
De nuevo escuchó de su boca las cuatro sílabas que, para ella, eran todo lo bueno. Sin saberlo, tuvo ganas de ahorcarlo. La insistencia en esa música horrible, hecha por los negroides, acrecentó el hastío. Le recordó, entonces, que esa noche ella sólo quería mantener relaciones sexuales con el muchacho conocido en la protesta (¿ah?), el nunca «tirador de cuentos», y resultaba ser él mismo, haciéndolo todo mal desde el principio, hasta mandado el último mensaje de arrepentimiento y sumisión. Era él conservando las fotografías, los textos, el sabor a herraj que el café impregnó en sus dedos, aún húmedos de tinta, hediondos a tabaco; y los preservativos caducos, atrincherados en el fondo de un cajón que ni el polvo ni la luz penetran. Era él, escribano, forjando párrafo tras párrafo sobre el simple ludestorio pifílico, illa Vanilla fragans humana y los hoyuelos en sus mejillas. Nunca estuvo al tanto de nada, nunca fue lo suficientemente moderno.
Cuando principió el fuego a caer y volaron los chocorrones, y los ojos de ambos lo tuvieron todo, acabaron ellos encurtidos de la falange a la coronilla y de ahí a las uñas de los pies. Ninguno quiso imperar sobre el otro, ella ya no deseaba relaciones. Extrañó la villa los desgarros, pujidos, gemidos, cánticos animales; no faltaron cuentos en el hospital, como de costumbre, echados por gente moderna, para los deconstruidos como ella, que saben preparar café, escribir poemas con buena caligrafía y coger como se debe: sin vergüenza.

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Prosa #38 — Fuego del cielo (Incluyendo «Encurtimiento» y varios fragmentos parafraseados de otros textos míos y ajenos).

Para Zamira Maya, por tercera vez.

Esa noche te conté lo que mi abuela decía a mi madre en anécdotas. En el sofá, extendida, mis palabras desenvolviendo el miasma y la flema que pusieron los fusiles sobre la propia historia, te revolvías en tumulto, suspirando en medio de más vacaciones forzadas, las inquietaciones.
—Y en aquellos tiempos llovía fuego—retorciste las piernas, lisas, pulcras, y te intentaste sentar. Yo estaba a tu lado, tenía un libro aleteando en la consciencia—, fuego sellado en barriles, como vino.
Tal vez pensaste, preguntándote a vos misma, en el sabor que dejan los fuegos al impregnar una lengua, qué tan fuerte será la goma, cuán caro podrá venderse, en qué cócteles será bienvenido. Era tragar saliva de dragón, mover los apéndices en ámbar. Enrojecerse las mejillas porque es de noche y sólo faltan dos años antes de morir.
—Y cuando llovía fuego—continué—, la gente huía.
Me estaban picando los zancudos en la parte izquierda de la mandíbula, donde no me salía la barba. Uno de tus índices recorría esa extensión de piel imperfecta. Viéndose éste más claro, pasaba por una estalactita de cuarzo apuñalando -con amabilidad- paredes de rocalla.
—Y los que no huían—proseguí—, iluminaban el umbral de la tarde, como paleo-cristianos, hasta los primeros pestañeos de los mercaderes.
—No quiero que llueva fuego mientras duermo—confesaste; imaginamos juntos la textura de su combustión.
Pensaste en él como una suerte de cristal en libertad, las ventanas siendo pequeños incendios que el hombre -o la mujer- refrenó, la arena una madre soltera, esperando la combustión y prisioneros los lentes en tus gafas, con las que viste mi rostro, para luego usar los dedos por segunda vez.
Sin que tuviese chance de balbucear, sentenciaste:
—Tu cabeza es todo un evento.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
Sentí algo raro en los ojos, como si mis párpados fuesen los bordes de vidrios rotos, llenos de sal. Extendíase la sensación a la parte superior de mi cara cual ardor, pero disperso. Las puntas de mis dedos olían fuerte y, al olerlas, la sensación de encurtimiento bajaba, asentándose en la desembocadura de mis labios. No dolía en absoluto. Sólo era incómodo. Hacía tiempo que no hablabas de mi cabeza.
—¿Y qué tan buen evento es?
No quisiste contestar. Encendiste la tele. Empezamos a ver las noticias (normal, tres muertos al terminar el día) sobre lugares donde cayó fuego y ahora caía veneno (¡cuánto sabías de venenos!).
Entre mechones, el rubor de tus mejillas salía flotando. Me vi moviendo las manos hacia tu rostro, los dedos oliendo fuerte aún, rompiendo el aire medianamente limpio. En picada, un barril silbando caía. En esas texturas recientes, buscando detonar, la calma se aclimataba, dejando de ser calma per se.
Callaste al momento de departir la lengua, sobrecargada por los fuegos. Hundiste tus dedos en mi piel como nunca los había hundido yo en la tuya. Quise saberte, pero al momento de querer, el silbido envolvía la cuadra entera. Su resolución no fue satisfactoria, sonando, sobre todo, mi voz, que decía:
—¿Estás bien?
No contestaste. Cuando el fuego cayó y se disiparon las cenizas, ya no estabas. No estuviste por mucho tiempo.
Di vueltas por varias madrugadas y tardes lluviosas. Revisé pantallas hasta provocarme conjuntivitis. Escribí sobre lo que mi madre solía contar cuando había apagones, mi madre bebiendo saliva, apreciando a través del fuego el exterior.
Accedí a varias citas, escribí más y más hasta que mis pensamientos eran uno sólo con una pistola que, correteando dentro de mi pecho, esparcía azul a todas sus terminaciones. Escaldados los ojos detrás de los cristales, con deseos de sentarme en el moho a pensar por qué las cosas pasan, cómo uno hace para seguir moviendo los apéndices -encurtidos- en ámbar, entendí que faltaban demasiadas cosas y lo que no faltó acabó sobrando: No había ningún sofá, pero sí tumultos; flema y miasma que mis palabras no frenaban, formulaban; había inquietudes e inquietaciones, no hubo cercanía, total sólo quedaban dos años antes de morir.
Aún así, logramos terminar el trabajo, lo hicimos como nunca. Pero «nosotros» nos volvimos maquinaria. La maquinaria no tiene nada que decir de sí misma. No hay nadie ahí, nadie para saber nada, ni para saber que no hay nadie ahí. Llenas nuestras mentes de objetos titánicos, inexhalables, perpetuamente en movimiento, que van moldeando, tirando abajo, alzando, creando y alcanzando. Pero nadie está en casa, en más de un sentido.
«No es tan bueno» leí.
Dejé de escribir en ese momento. Miré por la ventana, sin vidrios. Afuera, las llamas sonaban como trompetas, todo lo demás estaba igual, cæterīs pāribus.

Prosa #37 — Los ojos lo tienen.

Para Zamira Maya, aunque este no sea el escrito del que le hablé.

Llegué del trabajo, me quité la piel. Estaba pensando en cuán negros lucían mis pulmones. Pinchaba con la falange del índice todas las partes blandas, es decir, todas las partes.
Era observado, a través de un portal, por un par de ojos que desconectaron siete años curvos, como flagelos. Par extraordinario, debo decir; rebelde anti-lente que aguantó incendios sin asperezas, fríos y asuntos de carne. Eso lo pude ver en manchas que brotaron del iris.
Fue difícil determinarlo, pero había vísceras en el interior de esos ojos; gente con cuellos abiertos y tinta inyectada directo en las arterias (para distinguirlas azules, conjeturo). Sonaban sólo ecos de lo que fueron gritos, quizá rebotando durante años en las paredes de esos órganos -en esos instantes, aparentes estructuras huecas-. La última baza, desvanecida, iba quedando subterránea. Aquel par finalizó siendo una maqueta del fin del universo.
Vi, además, cómo ese bolo apestaba a carroña. La peste producía malestares en mis vergüenzas -las que había desvestido-, y dudas que, como los gritos, rebotaban en mi cráneo, saliendo de vez en cuando por las grietas nacidas de aquella vez que intenté defender un orgullo, comparable a cómo los rayos salen del sol, rebotando por millones de años.
Llené la casa de luces, los ojos estaban tan contentos. Empezaron a arraigarse cerca de uno de mis sillones. Ganaban color, profundidad en el color, textura en lo profundo, técnica sobre lo rugoso, desencadenando ensanchamientos. Pulidas las partes blancas y negras, los ojos tenían un sistema entero de tubos reclinado en el mueble. Casi indistinguible, lo notaba porque la luz de mis ideas colisionaba en el borde de sus coyunturas. No me causó especial molestia, extrañeza tal vez, cierto tipo de extrañeza familiar. Sentí que en ese tuberío alguna vez pasaron torrentes de hierro no del todo puro, siendo éste una demostrativa del flujo que auspicia Gaia en las partes más hondas de su anatomía.
Sonaba siniestro, los ojos eran conscientes. Frutos secos pulularon de los tubos que ahora aparentaban ser raíces. Algunos largos, gruesos, con forma de gusano. Otros eran conservadores y mantenían la metáfora viva. Estaba seguro de que alguno lo vi en el campo, en un viaje en bus. También el par de ojos los tenían entre la podredumbre, más compactos, más dispersos. Estaban deformes, vagamente reconocibles. Pero sin embargo estaban, porque los ojos lo habían visto todo.
En el sillón hubo clases de orientación técnica y vocacional. Estaban -los ojos, supongo- estableciendo un sistema de estacas que sostuviese la cosecha. Eran estacas bien decoradas que iban pintando de blanco conforme las acababan.
El blanco era un color que pesaba mucho. Yo lo ocultaba cuando podía. Tenía eso en común con los ojos. Luego tuve más, porque en la construcción de su huerta copiaban parte de mis opiniones; liberación, emancipación; de mujeres, minorías, clases; cambiando fuertemente asuntos de urgencia indiscutible y la revolución. Que viva la revolución, que siga mutando a través de siglos. Que sea erigido un monumento y todos -yo, los ojos- tengamos derecho a masturbarnos a su sombra. Mientras, hay llamas, pero las llamas no tienen grosor, nos hacen a todos iguales.
Me acerqué a lo que el par había construido. La luz me impidió distinguir, mi vista tuvo que aclimatarse. Caía de regreso el resplandor. Entre yo y el par parecía existir una membrana, similar a un condón femenino gigante. Tuve que usar las asperezas negras de mis pulmones para desgarrar el camino.
Vi mi reflejo menguar en los ojos y sentí el calor vespertino entrando por la ventana, y vi en las afueras los espejismos del orgullo saltando, como las venas azules que a veces encuentro en tu cuerpo cuando hacemos el amor.
En esas situaciones me derrito. La vista que tanto sostuve como tesoro queda foránea en el espacio de una habitación donde tomo asiento, me das café, aunque no lo he pedido. Me preguntás qué tal estuvo mi día y yo te digo que estuvo horrendo. Devuelvo tu pregunta, al menos sé de antemano que la pasaste bien en el hospital, se te nota en los ojos. Cuánto me encantan tus ojos, querida.

Prosa #36 — Pachamama Travel (o «Frontier Avant-Garde [or “Not Having to be High to Write Like a Junkie”]»)

No había techo capaz de cubrir tal velada. Las mujeres al otro lado de la plazoleta tenían los cuerpos brillantes y desnudos. Seríamos para ellas menos que animales; hombres de barro y maíz, y una mujer agravando la situación con su nicaragüeidad.

Un montón de greñas con patas probaba los amplificadores. Sentados, discutíamos la vibra burguesa de todo el ámbito. El organizador tenía los pies tan sucios como los nuestros. Era aceptado, laureado porque trajo a «los artistas». No supieron que la especie más codiciada de todo el zoológico era un fraude taxonómico hasta que leímos nuestra poesía, tan anti-granadina que revive la memoria de Walker con cada verso. Imagino que se llevaron una decepción, eso me enorgullece.

Todos esos aristócratas brillaban por la cara. Aprovechando los mililitros de sangre africana, envolvían sus cuerpos en ropas de Bantu. Odiaban al bœr, al yanqui, al peninsular un poco menos. Vendían esas ideas a las naturistas del otro lado de la plaza, a la pareja interracial que simulaba ser Cuba en la mesa vacía traída de alguna cantina.

Era todo masturbación. En la puerta del hotel, una calle, unos transeúntes ajenos, sin tocar nada, autocomplacientes, con la vista cruda. En los panfletos, Nicaragua entera masturbándose para complacer al mundo; lasciva frotaba las cumbres de Ometepe, llega al rabillo del ojo occidental, pasa desapercibida la eyaculación, pasa, además, por un asunto sin importancia.

Luego está el mármol en el aire, curvo, adiestrado por un par de mástiles; una caja soporta todo eso y alrededor más masturbación:

«Miren, mirad a los pœtas» dicen, mientras muelen a las sajonas.
«Escuchen, escuchad a los músicos» y señalan a los greñudos.
«Observen, observad, ¡observarnos!» imitan los bailes de los Bantu, escarbando gritos de Sioux en el viento.

Sueltan más brío sus rostros. Llueven alabanzas y, como no hay techo que cubra tal velada, nos mojamos todos en la venida de los mecenas. Buscan excusas. No pagan ni al granadino, menos al greñudo. Discuten sobre los que recitamos. Logro escucharlos, envuelto por brazos, embellecido, fornicario de la nicaragüeidad, la muchacha de hace doscientas palabras y pico me asedia, ausculto: de la vibra pueblerina que træmos a sus eventos. Corrijo, de la diversidá (su pornografía).

Cuando recitamos, lo hacemos después de los granadinos y las mujeres, antes de los greñudos y encima, frente a las exhibicionistas, soltamos lo que mis pares llaman «pœmas», yes, fellas, poems, verses, essays! Nuestro barro y nuestro maíz alumbran a un nuevo Walker, desvelando algo de intolerancia, mucha cultura. Amarillo, blanco y gris ondeando una vez, mil veces encima de Granada, otras mil millones sobre la nicaragüeidad.

Éramos Barcino, los greñudos y yo prendiendo fuego al hotel, a los panfletos indecentes. Exiliando a los falsos cubanos, a punto de nacionalizar a las marmolinas, recitando. ¡Sí, estábamos declamando! ¡No había techo que cubriese nuestra velada más que las letras empolvadas de chovinismo, ni burgués que vendiese nuestra soberanía por un montón de diversidá, sucia diversidad!
Gritamos, entre todos:

—¡VIVA SOMOZA, VIVA EL IMPERIO, VIVA LA ULTRADERECHA!

Nos rezagamos. Granada amaneció con llamas en los ojos.

Nosotros, bueno, nosotros éramos menos que animales. Hombres de maíz y de barro sin rostro ni albedrío, una mujer empeorando el ámbito con su ambigüedad nica y algunos pœmas. Sí, amigos, ¡sucios pœmas!

En la camioneta, de regreso, nos cagamos en la vanguardia, en la obra también. Era saludable, no estábamos drogados.

Prosa #35 — Zamiras.

Para Zamira Maya, relatando nuestro primer encuentro.

1. El único bus.

Vas en el único bus con destino a ciudad vieja. Los otros dos no tienen encima nombres de lugares. Despertaste sin dificultad, bebiste café instantáneo. Algo leve sentías en el cuello, una pestaña metida entre el aire de los huesos. En el asiento, llevás un espasmo, la cama todavía puesta en la espalda. Te parece extraña la vacuedad. Agradecés la quietud. Tenés las suelas de tus zapatos elegantes llenas de lodo, en ciudad vieja las tendrás llenas de gris.

2. Gris fascista

Gris está el cielo, vos lo estás mirando. Parece mentira: hay menos espacio entre el sol y Saturno que entre los asientos del autobus. Un ingeniero, a tu lado, abanica sus anteojos. Porta una carpeta, dibujos, planos apretados. Casi amasás en las orejas un tapón de gritos, pero guardás la compostura, por eso el señor mete plática. Dice que un montón de vagos quemaron su pipa. Cuando te mira leyendo -es un libro que escribió otro ingeniero, este de la UCA-, asume que sos el nuevo Rugama. Pero vos te imaginás como José Coronel Urtecho acompañado de los camisas azules, pero sin un ideario estético, el apellido entero, falto de confusiones.

Tampoco escribís bien, eso es un asunto aparte.

3. Azul, como los kilómetros.

Tal vez en el futuro te hagan una biblioteca en la UCA. Mientras, vas pasando un montón de cosas pintadas de azur, autoritario azur. En tu mente preguntás por qué hay tanto cianótico en la piel de la ciudad vieja; violáceo que nunca seca el dolor que causa. Por lo menos, sabés que vas llegando. Sentís los olores clásicos, no del todo idénticos a la última vez, pero sí aceitosos, reminiscentes, deslizables sobre la piel que es capaz de doblarse y sentir. Deseás que el ingeniero no hubiese callado hace cinco kilómetros, su comentario sobre el horizonte lleno de cruces pudo haberte causado inquietud; a vos la inquietud te excita. Pero acordate, estás llegando. El camino no es importante, el asunto grave es salir de ese bus y echar una buena andada. Vas a atravesar un mercado que, como una cortina ensangrentada, yace sobre suelos irregulares. Como si alguien la hubiera plegado, están llenas de pestilencia las colinas que enterraron siglos de urbanismo y a vos eso te causa náusea en la psicología. No desistás, sí, que te espera algo bonito allá donde la ciudad vieja envejece más, da rubor a sus mejillas y recibe gente, papeles, insultos, acentos, pero sobre todo recibe como tal.

A vos te va a recibir también, no lo dudés.
4. A mitad de una nube.

Estás sumergido. No entrés en pánico. Acordate cómo es -era- el mercado allá en tu pueblo, cómo lo sorteabas para comparar las verduras con los vendedores (aunque este es un chiquero más grande). Más suciedad, más olor a fisionomía, a sarro subiendo por tus piernas. Sentís que el espasmo de tu cama vuelve, de momentos, a repicar, como un pequeño perico en tus hombros, en tu vesícula. Te contesta cuando le hablás, por eso escogés callar. Está juzgando tus pasos. Mete preocupaciones en tu esternón -que no está de lado-, páncreas y apéndice. Quiere envenenarte, cambiar tu carne por gangrena, que te metan a una sala de sucios en un hospital de Masaya. Las vomitás al pasar por una tienda de ropa. Ese vestido verde, o azul, o rojo con negro, hostiga toda la red de nervios que te mantiene conectado a la carne.
5. ¿Por qué?

Recordá tu encomienda, por qué estás en ese torrente de liendres y por qué vas a la parte más vetusta de la más añeja urbe en un continente tan podrido como lo es América central. ¿Por qué vas? Decime, ¿por qué vas?

6. Civilizaciones.

Sos escritor. Por ese nombre tus pares te conocen. Lo viejo te envuelve, enseña mejor que las computadoras y no deshumaniza. Por fortuna vos no sos interseccional, tampoco te gusta Žižek.

Ves el parque y pensás en cómo se habrá visto en los tiempos de Somoza. Pasás frente a lo que creés es una alcaldía. Andás ganas de quemarla, todos andan ganas de quemarla. Contenés tus impulsos porque sos civilizado, pero no mintás, se te paró cuando viste esos tres mástiles erectos y en el medio la bandera azul y blanco. Nada más.

Frente a un edificio más viejo que todas las piedras de esa plaza, vos esperás, con un libro distinto en la mano esperás. Es de un hombre foráneo, más versado que vos en el suelo donde te parieron, que conoce de memoria el polvo en tus pies y los rayos específicos que ennegrecieron tu rostro.

Lo que no sabe es que allá, en esa calle, apenas con rango, hay un taxi del que sale una muchacha. Esa muchacha está acercándose a vos. Te logra reconocer por tu pelo mal cortado y tus mangas apretadas. Observa desde sus anteojos turbios que suman a los tuyos opacidad creando en el aire el perfecto opacoscopio. Hay menos distancia entre ustedes que entre el sol y mercurio; eso no es mucho decir, pero ahora te está abrazando.

7. Todas las cosas pasarán.

Calles nuevas, edificios estreñidos; eso ves al caminar. Tu compañera resalta el suicidio de los silencios, hace que tu voz tenga más tempo al estrechar la suya sobre la acera. Cada dos pasos recalcás que conocés un camino nuevo, más cordial, hasta un punto escondido en la anatomía paleo-urbana. Las manos vacías alzan libros en otros idiomas, entonces un claxon repica, entran al vehículo.

8. Uno, solo.

Las vías que el taxi recorre parecen portales. Los edificios, al avanzar, mengúan, no por distancia, sino por gusto. Escuchaste cuando entre ellos susurraban «abajo, más abajo» y gritaban «¡todavía más por debajo!».

Estás hablando de libros y alguien entiende tu cháchara, ¡qué hito! Pensás que tal vez haya que discutir una que otra puntualidad, pero, ¡enhorabuena!, alguien comprende de izquierdas seniles y derechas fehacientes. No hay docencia de por medio, eso te abruma. Tan joven como la calle sobre la que transita el taxi, más pulcra, como la vejez de esa casa donde te recogieron hace pocos minutos, es el rostro de la muchacha más curiosa, rostro que te imaginás con un cigarrillo, adornando sus labios (le falta un nombre, sí… eh, luego veremos).

9. Imágenes de una situación semi-bucólica.

Te marean los ladridos de un Retriever. Temblorosos, asequibles, suenan a vibrato de sintetizador descontinuado. Vino la retrospectiva de un motivo que viviste hace meses; hay juventud en todos lado: en las paredes, en la televisión, en los espejos. No es la románica que no vende, no es la celta sin sentimientos, menos que sea la banlieu. Trótsky Peoria la nombraste, San Ferry Anne y también Wild is the Wind. Más tarde, vas a decirle que no te gusta el arroz. Vos preferís otro tipo de blancura, un albedo que despreviene. Antes de saberlo, estás álgido, flojo, laxo (creo que es la tele, o los manteles cubriendo los filmes de un tal Whick).

Decís que no podés ver películas; no hace falta. La casa da vueltas entre risas (antes habías dicho que el vecindario entero te recordaba a tu pueblo, el contraste que hacía la ciudad vieja con la nueva te excitaba, a vos la urbanidad siempre te excitó), ambos lados del esternón han movido su posición a causa de esto.

Toda Nicaragua habla con una sola boca, escucha usando el oído ambidiestro. Hasta tu compañera abandonó su lucidez por estar metida en afanes de política. Nada de malo en eso, vos sólo pensás que le hace falta un nombre.

Al final te das cuenta que nada de interés transcurre -nada de interés exterior, porque para vos esto es escuchar (hasta imitarlo a la perfección) sobre el crimen del siglo- y te levantás sin pararte del sofá. Saludás a la hermana, a la madre.

Te sentís asaltado al leer todo lo que has escrito. Notás que has perdido la práctica. ¿Y así querés que te hagan una biblioteca en la UCA, donde los ingenieros civiles machaquen sus cabezas por las pipas que los vagos queman?

En el taxi de regreso te estarías mortificando por no haber hecho más, aunque hiciste demasiado. Pero, ¿qué hiciste?, ¿por qué no podés escribirlo como en otras situaciones? Tal vez el azul, tal vez el fascismo. Puede que sea tu vena de urbanista frustrado. En las isletas movedizas seguramente todo es otro asunto. Un ahogado más, un periquito menos. ¿Por esto veniste?, ¿vale la pena preguntarlo?, ¿escribir lo banal es excusa para no ser breve, conciso, para no escribir bien?

10. Azúl (así, con tilde).

Pensaste en la muchacha al lado tuyo. Estás comiendo galletas con ella. Recordás las bromas que han hecho, los memes compartidos. Será la recolección de un pasado tan reciente, que se siente lejano tanto como que no ha pasado. Es anómalo. Esto no lo has vivido. Estás metido en ello. Cómo va, viene, va de nuevo la sensación de querer morirse sin ver luces; eso no llegás a dilucidarlo. Afuera están matando gente. Siempre están matando gente y uno aquí, viendo películas, o no viéndolas tanto como experimentándolas.

Dentro de poco, en el bus, tendrás calor vespertino, otro sofoque y pensarás de nuevo en la muchacha al lado tuyo. Habrá una mujer policía, un borrachín que está ahí, ya se ha ido, está ahí y se ha ido. Vos no sabés si estás ahí, en tu pueblo, bordeando un río, encima del azul autócrata o si ya te fuiste, si seguís estando, estando, estando, estando, estando… Si seguís cantando la canción que te dedicaron ayer.

1.2. El último bus.
El cielo gris va tornándose azul. Vos lo ves desde la ventana más empañada. Algo leve sentís en el cuello, una pestaña metida entre el aire de tus huesos. Llevás un espasmo en el asiento, la cama todavía presionando tu espalda. Te parece destacable cuán lleno está todo. Añorás la bulla, el freneticismo. Andás las suelas de tus zapatos llenas de lodo, aunque ya frotado contra una acera el problema casi desaparece. En ciudad vieja las tuviste llenas de gris. En tu pueblo, oh, en tu pueblo estaban llenas de vida.
¿O era al revés?