Poesía #18 — Silencio, olor a humo…

Silencio, olor a humo.

Las aspas de un ventilador que vibran con sus patas desniveladas, es todo lo que la noche tiene para cantar. La música de los grillos, de los ronquidos, no la sueñan ni los sapos, por eso no croan.
Mis zapatos están llenos de lodo, han perdido el color. Permanecen en silencio a mitad del patio. Hay ropas colgando a su alrededor, sus hebras parecen agujas; hace mucho frío.

Me habla una niña del pasado, dice que la lastimé. Creo que es cierto, el olor de su vestido lo tengo en todo el cuerpo; huele a humo y a silencio.

La lluvia enciende de nuevo a las ranas, les excita otra vez el lodo. Las goteras hacen que exploten los abanicos y la noche canta, de nuevo, para mí, que he de roncar en silencio con los grillos mordisqueando mis rodillas; descalzo, sin honra.

Bostezo, debo dormir. Duermo, soñando sin prisas. Solo, sin la niña de vestidos humeantes. Solo, con el pasado.

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Poesía #17 — Vive, Valeria; Muere, querida.

A Virginia Valeria Parrales.

Vive, Valeria, vive
y mientras vives
canta, Valeria, canta
porque cantando vivirás
y viviendo cantará tu alma.

Muere, Valeria, muere
y al morir suspira,
Valeria, ve y suspira,
como un Leviatán,
por cada cosa,
cada asunto banal.

Y estira la mirada,
Valeria, querida,
exhala enaltecida
y guarda tus labios,
en el baúl ascético.

Guarda tus labios
limpios, necesarios.
Resguarda tu virtud
aunque efímera esté.

Vive, Valeria; Muere, querida,
conversa, también gira.
Piensa verde y en la suerte.

Y con las espinas
muere, Valeria.
Con las espinas
vive, querida.

Poesía #16 — La niña de los ojos grises.

A Mónica Orellana.

La niña de los ojos grises
derrama su tristeza,
canta cual musa altruista,
llora, también se estresa.

Con sus ojos simplistas,
desvanece verdades
en lo dulce y en lo suave,
eso hace con su vista,
triste como la brisa.

Aunque no sean felices
de tanto en tanto ríen
y con su risa te riegan,
como césped a merced
de una brisa ciega.

Acaricia con astucia gatuna
sus malicias y sus lunas
obscenas. Los amargos
tragos de veneno
y los saltos dados
al jugar en el recreo.

Es hermoso ver la luz
en los ojos cazadores
de la niña que los viste
con total soberanía,
dominando los sabores
más ocultos; el calor.

(Profundo)

Y en sus manos,
incapaces de tocar,
lo extraño y a la vez
tan familiar.
Yace lo curioso
y lo bello de sus ojos,
las canicas grises
que a todos han hecho
muy felices.

Y eso es hermoso.

Prosa #12 / Poesía #15 — La sonata de Martina Díaz / Perdigones.

A Martina Díaz.

El sol de la mañana daba al cementerio un aire surrealista, los colores de las tumbas apenas y podían discernirse, todo parecía no tener frontera, ¿donde iniciaban las flores y terminaba el horizonte?, Martina no lo sabía, tampoco estaba para saberlo. Llevaba consigo un ramo curioso, una caja de chocolates densos, ganas de volver al pasado y un sentido curioso de introspección que no había conocido antes. Pocos notaban que Martina seguía el rastro de un entierro que hacía mucho había acabado, veía ella montones de besos, de cigarros, de caramelos, todos desparramados por el terreno, sobre otras tumbas, siguiendo siempre un camino, una línea que ella, cabizbaja, seguía. Cada paso lo sentía amortiguado, como si el mismo aire descolorido que robó las fronteras del cementerio quisiera llevarse también el cuerpecito de la niña Díaz.

Aquella marcha recordó a otras marchas emprendidas, unas de borrachera, de vómito, otras de depresión sincera, de llantos indómitos. Martina no podía esperar para llegar a esa tumba, ese resto de su amor. Quería ver, tantear con sus manos la realidad; aceptar el silencio y callar en su coro también.

Martina tenía miedo de recordar demasiado.

“Sueños de nada” repetía a sí misma, “sueños de años”. Llevaba un collar con una pequeña luna que, colgando, reflejaba la luz del sol en agonía. Quería calmar las luces, calmarse ella misma. Caminó.

La tumba que buscaba la tenía ya enfrente, había jarrones llenos de flores que seguían frescas, húmedas. Martina las vio con desprecio, las sacó de los jarrones y las despedazó contra el suelo, en su lugar dejó sus propias flores, las favoritas de Lucía. 

—¿Sigues ahí?—preguntó Martina, llorando—Tócame, por favor, tócame.

Martina pensó en el pasado: una bestia de muchos colores. Las fechorías ya estaban hechas, ahora ella abrazaba aquel recuerdo como un ancla, su ancla. Necesitaba a alguien, su todo.

¿Quién susurraría cosas lindas en su oído?, ¿quién besaría su frente?, ¿quién la protegería de la bestia colorida? Lucía ya había ascendido con alas de ángel, con muñecas rojizas, con cuellos magullados, con balas; sin nada. Martina jadeó hasta el desmayo y pasó ahí el día.
***
Martina Díaz visitaba
al amor de su vida,
a su vida enterrada.
“Sueños de años” decía,
“Sueños de nada”.

El sol moría,
como una vela
tosía, desde arriba,
vomitando su plasma
de melancolía.

La luna en su cuello
sonaba a cantos de sarro,
como un llanto
que desde abajo
suelta un cadáver.

***
Martina Díaz vio la luz en el cielo nocturno, escuchó al viento soplar frío en sus orejas, olió la tierra húmeda en su paladar y en su mano  sintió el calor del día que dejó tras sus párpados. Alzó la mano y vio al sol entre sus dedos, cuidando de su luna aún después de la muerte y hasta ahora.

Poesía #14 — Arenas benditas.

Te veo, muerto de los tiempos,
atestiguando las huellas del progreso,
sintiendo nada y nada percibiendo,
ciego sin silencios, sordo en paisajes de sol.

Te grito, último vestigio atolondrado
de un mundo, de miles de ojos
que alguna vez alumbraron calles
y avenidas pedregosas.

Me ocultas en la sombra de tu vista,
titán de obsoletos valores,
te pienso como cosa exquisita,
cual sonar de antiguos tambores.

Pero ya no brillarás, gran coloso empolvado,
tus hijos, a los cielos, hace mucho han marchado.

La cultura en tus huesos
yace inerte entre las dunas,
las canciones se acabaron,
hace mucho se acabaron.

De soles silenciosos,
de paisajes desolados,
así te recuerdan tus nietos,
hijos de un pueblo dorado.

En la decadencia,
en estas ruinas infinitas
que desnudas se extienden
a lo lejos, por las solitarias y llanas
arenas benditas.

Te veo, muerto de los tiempos,
y tú me ves a mí, desolado.

Poesía #13 — La musaraña.

Ella siempre se esforzó
sin ayuda sola izó
la bandera del dudar.

Moscas volaban
tragando espinas de savia,
salud arbitraria,
estas cosas siempre pasan.

Cuenta tu vida
¿es bastarda o amiga?
Déjanos encender
el cigarro de la última vez.

Y vendrá, con nosotros,
la historia, vencedora,
la porcina, la llorona,
la ballena y Apolonia.

Los cantares, mil solares,
setecientos domadores,
doce mil son los leones,
y Managua nos saluda…

¡Qué cosas!

Sus ojos se cubrían de moscas,
como hicieron una vez
los ratones, las arañas,
¡Dad muerte a la musaraña!

Poesía #12 — Felicidades, felicidades.

A Lilliam Somarriba.

Veo amaneceres,
veo depresiones,
veo valles
y cenizas familiares.

Mas no he visto
la mancha inmemorial
que deja un alba, el alba.
Sí, eso es lo que digo.

Aunque no tenga mérito,
ni yo lo haya dicho.

Felicidades, Sophía,
por este día, por este abril,
por los pasados, venideros,
por los asuntos más sinceros.

Porque sí, también,
porque no será por mí.
Ve y brinda por lo nuevo,
y extraña con esmero.

Con pudor, echa de menos,
o lo haré por ti,
o lo harán ellos.

Felicidades, Sophía.
Pasa bien tu día.

Poesía #11 — Un grandioso elefante que camina.

La paz yendo directo va
a una tumba que pellizca los suelos
y en gris deforme finiquita
la mano del que ha muerto (susurro: animal).

Sin calores, sin molinos,
pienso yo en los intestinos colgantes,
como plantas, flores, frutos,
sin que me atragante la verdad.

El desierto tendrá dueño,
será lindo, picante:
Un grandioso elefante que camina,
pero no sabe volar.

 

Poesía #10 — La hija del Sol.

A Solange.
La niña más linda
es la hija del Sol
que día a día
hace brotar mi sudor.

Que mata de envidia
a las hijas de Dios.
¿Qué Valle, qué Luna,
si ya tengo Sol?

Qué piel de llovizna
lleva en la palidez.
Qué mieles benditas
añeja su atardecer.

Y es que cual sol
me deslumbra su belleza,
cual estrella
me atraganta su pudor.

Y eso, querida, sos vos:
La niña más linda,
la hija del Sol.

Poesía #9 — Las hijas de Dios.

Hechas de finos llantos

son las hijas de Dios.

Todo el día, puedes verlas

sentadas sobre el sol.

Sobre altas montañas

alzan las mareas

y desde ahí escuchan

el cantar de las sirenas.

Con sus manos hermosas

todo han de calmar.

Su densa luz me ciega,

me trae tranquilidad.

Y las veo en mi hogar,

sentadas en la hierba,

esperando mi llegada,

anhelando mi cantar.

He de llegar

pues ellas, al cielo,

me llevarán.