Poesía #23 — Clauvaristo.

(Esta entrada se había borrado por alguna extraña razón)

Una manta de obsidiana
retoza entre cables plateados
y su fervor estático,
como una ventana,
me invita a saltar.

Abajo espera un mar de pecas,
dos pilares arqueados,
naranjos que dan fruto con retraso
y a mi cansado ser alimentan.

Tensan tres dolores una espalda
laxa sólo en tiernos imaginarios.
Obstruyen, aplastan, incitan
y en sus cuerpos no admiten
placer ajeno sin previa cita.

No es cuestión de gustos,
aunque es criticable,
la actitud que se toma
al caer sobre cables expuestos.

Hilos plateados retoñan
y en sábanas opacas hacen daño.
Cuero blanquecino que resulta
enfermizamente espontáneo.

Anuncios

Poesía #25 — Juventud.

Grita la calle como

un violín que desgarra

la fibra de la oscurana

sin remordimiento.


Pensaste en el pasado,

mal hecho, vidrioso,

extraído y sin repetir.


Viste lo defectuoso,

aquello que no creías

posible poder recordar.


Hay manchas en la ropa,

no tan notorias

cual los temblores;

igualmente agobiantes.


Y al caer encima

de avenidas,

pueblos furibundos,

los callos en llamas,

las colas enmarañadas

de diablo ataviado de santo…


Cobrás esperanza,

sentís los dolores,

pensás en madres,

estudiantes, profesores.


Gritás con la calle

y gritás en romance:

«¡Nicaragua libre!» y

«¡Que se rinda tu madre!»

Poesía #24 — ¿Quién es Dariano Parrales?

Preguntan por las calles, en las células anarquistas reunidas. Dicen que el padre Ávalos también lo preguntó en el sermón de mediodía. Levantaba el puño como demandando de Dios una respuesta, con los gritos persiguiendo vientos que vienen del sur y van hacia el cementerio.

Bullicio que involucró a las autoridades; volantes fueron repartidos. La radio lo dijo, el trovador del pueblo lo repitió para que lo escucharan los viejos sordos en el asilo, poniendo sus ojos sobre las cuerdas de la mandolina y el corazón al filo de un cuchillo que era la duda y la duda misma era fina.

Me contaron en los bares que los hijos de los borrachos preguntaban por un muerto nunca vivo, que los perros ladraban consonantes sin vocales, frases sacadas de un montón de epitafios que agrieté al revisitarlos un jueves que no fui a Managua.

El piloto del Blackbird observó la miniatura de un pueblo no claro en sus asuntos, ignorante de si vivir o continuar indagando, con las cosechas de maíz enloquecidas como el padre Ávalos, vomitando la incógnita del milenio, oyéndose su llanto hasta los campos azules y la Guantanamera, pasadas un par de montañas, selvas, leones, cabos, fronteras de terciopelo.

Vuelvo y mi esposa, perdida en la respuesta, avisa que irá de caza. Al morder el polvo de sus sandalias, descubro que detrás del santo sólo existe hierba.

Angustia, siento angustia, porque de todos los sabios ninguno piensa en la verdad. Dan vueltas en círculos, revisan los volantes, rascan sus cabezas calvas. Me preguntan, porque soy el único que puede saber quién es el tal Parrales, si es un anarquista de sótano, un religioso iracundo; canino de canto molesto, piloto de un pequeño bombardero; tal vez un borrachín, el propio maíz que tostó la raza negra; un cuchillo dubiticida en plenilunio de rameras.

Fue el mito de un epitafio revisitado, escrito en el dialecto más oscuro del Esperanto, agrietado por un viento de cementerio en la tumba que, sin sustantivos, cree que contiene todo verbo en el mundo de los hombres.

Poesía #22 — Banlieue.

María Esther, evidentemente.

Carretera: llena de gusanos, rígida, polvo en su carne, grietas trotando en sus huesos. Pálida y hermosa sobre una cama que ha dejado huecos en sus pulmones.

Aparte de gusanos también hay piojos recorriendo los surcos que dejó el siglo pasado, piojos de metal, sí, piojos que, yendo a mil por hora, llevan en las tripas no sangre, entes sino.

María Esther es un ente; vaya casualidad. Para ella el resto de pasajeros son como órganos del propio piojo, hasta el que cobra la cuota por liendrear sobre los gusanos y el polvazal.

Dice María Esther que no se junta con esos, que va a un lugar más pulcro donde hay carreteras pavimentadas de blanco algodón, piojos que no son piojos sino diminutos ácaros benignos y órganos cero, ahí todos son entes como ella (la banlieu, le llaman).

María Esther mueve los puños, los apoya con más fuerza sobre sus piernas, siente el tacto de su piel filtrado por las medias con las que tienta íncubos. Una melodía recorre el cuerpo del insecto, sacude los orgánulos disfuncionales, al golpearse entre ellos crean fragancias y la columna, con sus vertientes, brilla al vibrar, crea acordes inusuales, todo repetido con fehaciencia.

Fuerte, todo huele o suena o se ve fuerte. Mengua María Esther al sentir tanta fortitud. No hay nobleza en usar tanta brutez. María Esther prefiere lo sutil, que abran sus labios uno a la vez los entes delicados como ella. Que usen sus bocas con soltura. Quiere piel blanca y así lo demás: blancas arañas, blancos los gusanos y, obvio, los huesos deben confundirse con la nieve.

María Esther entonces mira alrededor. Pasan por las ventanas mucho follaje y flora, fraguan sus colores amarillentos. María Esther piensa en su madre y en su hermana, cuán poco importan teniendo los labios abiertos, llenos de blanco; cuánto ameritan loaje al verse rodeada de tripas María Esther.

María Esther: larga, oscura, llena de grietas, bolsas respirando, momentos de esplendor; siempre un mejor lugar al que ir. A su alrededor extensiones de vida, en ella misma hay vitalidad: órganos funcionales, pisoteados, sí, pero funcionales. Languidece la propia sombra que proyecta, está muy cerca del suelo. La banlieu no considera que sea necesario parar un segundo, pensar en la vida que se extiende a su izquierda, a su derecha, o en el camino que recién recorrió. O hay mucha vida, o hay muy poca; la banlieu repudia todo extremo, dicen. El camino que está en su frente, ese sí lo ama, cree que es el mejor, debe serlo, es el que suena más bonito –si se fijan, no tiene gusanos, es flexible, de huesos tallados a mano–, el que huele mejor a la distancia. ¿Sabe que es el que se pudre más rápido?

La banlieu es feliz siendo la banlieu como lo es la bas-bleu. Disfruta los labios abiertos tanto o más, no tiene que molestarse en tocar luces amarillas, flores invasoras en los ojos de la gente feliz; la banlieu es feliz, ¿por qué dejaría de serlo.

Asiento: Negro, reluce bajo el sol. Ergonómico, sirve para viajes largos; no te deja con ganas de más, para viajes cortos es útil. María Esther lo usa todos los días, no deja críticas.

Como en otros viajes, María Esther recuesta su cuerpo contra la ventana, cierra los ojos. Imagina los gusanos en la carretera, rígida, con una capa de polvo endulzando su piel blanquecina, casi transparente. Hay grietas en sus huesos, se escurren entre la piel hasta caer en una cama tosca, la gaveta de una morgue, una camilla desnuda. Es hermosa, luce como un cisne de mármol. María Esther quiere tocarlo, enfriarse las manos, contaminar su piel blanca de ente con las entrañas de algún gusano. María Esther toca su rostro con el índice diestro. El frío invade sus huesos agrietados, le hace retroceder. Una suerte de terciopelo rojo va cubriendo el suelo del ómnibus. Parece que su solidez es nula. Los zapatos de los demás pasajeros no sienten más que un cosquilleo, una gentileza disuelta en los movimientos causados por la carretera. María Esther solloza, el sol ha llenado su piel de surcos, surcos de carne, sí, llenos de ácaros que a milímetros llevan sangre en las tripas y no entes.

María Esther perdió su sangre de ente; qué casualidad.

Poesía #21 ― Blanco.

Blanco, te siento blanco
y te siento gris, polvoso.
Carente de cuidado,
sin gracia; eterno realista.

Vuela tu galope
en barras de metal
que sueña sin vergüenza
por allá, donde el sol cae.

Canta el gallo en la carretera
y corre su sangre de leviatán.
Corren caballos en las aceras,
no existe en ellos ninguna paz.

Blanco, los veo blancos
y grises barrenderos
los ven antes, en reflejos,
en dijes y soles cansinos.

Describe, entonces, mi realidad
dolorosa, mi canto de ave
de tormenta, de cril engrandecida,
de cascos, blancos o grises,
y mantos, sin cosas útiles.