Prosa #22 — Sui cædere.

[Continuación de Poesía #1 — La deforestación]

—¿No te quieres suicidar?—preguntó Clara, con la cara roja mirando por la ventana en movimiento.

Camilo no respondió, tenía los ojos en el piso, las manos en la frente. El sol menguaba sobre su cabeza, sobre aquel viejo tren.

—¿Qué hacemos aquí?—preguntó.

—Pues,—Clara tragó saliva—vamos a suicidarnos.

El rostro de Camilo surgió extraño, como en gesto de pregunta. Clara le ignoraba, veía la ventana como una gata loca. Camilo volteó la mirada, no soportó lo que vio: esa figura de ángel fundiéndose con la ventana, generando una luz que opacaba el ambiente, daba al aire cierto espesor; un cráneo amenazante, cincelado, cuya forma fue fácil de discernir aún con los cabellos blancos explotando sobre ella; la cara delgaducha, blanquecina, ofusca. Todo en ella parecía perdido.

—¡¿Dónde está María?!

—¿Quién?—dijo Clara, acomodando sus mechones de plata—¿También se va a suicidar con nosotros?

Camilo tomó a Clara por los hombros, la sacudió hasta desconcertarla; no le barrió la sonrisa. Sus dientes brillaban con una excitación que enrojecía su rostro con más voluntad.

—¡María Roccuzzo!—Camilo se levantó con violencia—¡¿Dónde está?!

Un rugir mecánico se oyó a lo lejos. Chirriaban los rieles, la luz de la ventana de curvaba con más fuerza, Clara se deformaba al moverse dicha luz, como hilos de un brío odioso. Camilo soltó a Clara del mareo, vio sus manos contrastando con el piso; eran borrones. Las dejaba de sentir conforme el sol perdía el aliento entre las nubes.
Hubo oscuridad, el sonido de dientes, una carcajada tiesa, débil. Camilo sentía enfermedad en sus brazos, en tres dedos del pie, en su ojo izquierdo que pronto caería de un manzano irlandés. En todos lados había manos huesudas rasguñando, separando tuétano de coyuntura, lanzando el resto al vacío, a desiertos, neveras, recitales y hasta a Roma.

Hubo sol, Clara reía desde el asiento del frente. Ahí, iluminado por un sol que luchaba por no ahogarse en un mar de nubes, yacía un mortinto sin manos, ni pies, ni venas. Sin cabeza y sin corazón.

—Bueno, supongo que no quería suicidarse conmigo.

Clara salió del camarote, caminó por el vagón que apenas recibía luz, fue a la cabeza del tren donde tampoco había sol, sólo nubes. Paró por un segundo. Quiso apreciar las manivelas, los mecanismos. Siempre gustó de los trenes. Tocaba lo tosco con los dedos desnudos, los llenaba de costras negras.

Sus cabellos delgados, blancos, su cráneo cincelado, las costillas de ángel rotas contra el metal, el fémur hecho pedazos.

Clara quedó en silencio, tenía las manos sobre la frente, los ojos desparramados por el suelo, el sol menguando sobre su cabeza, sobre aquel viejo tren descarrilado.

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Poesía #18 — Silencio, olor a humo…

Silencio, olor a humo.

Las aspas de un ventilador que vibran con sus patas desniveladas, es todo lo que la noche tiene para cantar. La música de los grillos, de los ronquidos, no la sueñan ni los sapos, por eso no croan.
Mis zapatos están llenos de lodo, han perdido el color. Permanecen en silencio a mitad del patio. Hay ropas colgando a su alrededor, sus hebras parecen agujas; hace mucho frío.

Me habla una niña del pasado, dice que la lastimé. Creo que es cierto, el olor de su vestido lo tengo en todo el cuerpo; huele a humo y a silencio.

La lluvia enciende de nuevo a las ranas, les excita otra vez el lodo. Las goteras hacen que exploten los abanicos y la noche canta, de nuevo, para mí, que he de roncar en silencio con los grillos mordisqueando mis rodillas; descalzo, sin honra.

Bostezo, debo dormir. Duermo, soñando sin prisas. Solo, sin la niña de vestidos humeantes. Solo, con el pasado.

Prosa #21 — Taxi girl.

—Los taxis en Managua son mejores que en mi pueblo—aseguraba María a la muchacha que le hacía los pies en el salón—. Allá siempre de mezquinos esos indios pinches. Acá con verme bien vestida ya aflojan el billete, es maravilloso.

María rio e hizo un ademán elegante. Le parecía, desde ese asiento en el cuarto salón más caro de Managua -ese dónde también te hacen los pies-, ser una aristócrata como las que veía en las novelas con su madre o la esposa de algún narcotraficante que no sabe lo que es la codicia.

—¡…y hasta me perdían de vista!—exclamaba María—, tenía que gritar y gritar para que volteasen. Luego era hablarles, lo bueno es que siempre he sido buena seduciendo, los hombres son tan idiotas.

Las empleadas hacían su trabajo, si escuchaban era porque querían el dinero de los taxistas pero conservaban la vergüenza. Igual les daba si María era una maestra de la seducción o si, al contrario, debía rogar a cada taxista mil veces antes de conseguir un favor, ajustarse a las condiciones de estos, ir bajo la lluvia sin poder distinguir caras conocidas fundiéndose en los parabrisas, humillarse por viajes de diez córdobas, ser tratada de zorra sin serlo.

—Ahora me ven y ellos solos se paran, no les importa si llevan un cliente con prisa. ¡La prioridad soy yo!

María sintió un estrépito al recordar las manos del último taxista, el olor a pintura nueva en el exterior, el bosque de pinos entre los asientos lánguidos. Era como una de esas películas en las que el bad boy lleva a la niña de lentes al autocinema para darse muestras de adolescencia. María no tenía lentes, cualquier cosa con la palabra «cine» costaba demasiado y la adolescencia escaló.
Pronto María cosechó cierto prestigio, ya no había que rogar, sólo esperar en la próxima esquina, en el bar más cercano. Llovían los favores, ella mandaba en cada cabina siempre que posaba sus nalgas en el asiento del copiloto. ¿Lluvia, tardanzas, falta de ganas? Esas cosas las dejó en su pueblito, escondidas tras el televisor donde su madre ve novelas, ganando senilidad con cada capítulo.

De vez en cuando veía por la calle a sus viejos amigos. Si podía, tomaba refugio tras un vidrio negro; no quería ver esas caras tostadas por el sol de Managua, caras de esfuerzo, de gente que no olvidó cómo caminar. Pocas veces tuvo que compartir un taxi con uno de estos seres.

—¿Te conozco?—dijo, mirando desde arriba de un pedestal imaginario.

—Pero si estudiamos juntos, ¿cómo no te vas acordar?

—Lo siento, bebé.

A veces, algún taxista la llevaba a algún hotel, ya sea porque la biología impedía el actuar en el vehículo o porque los gustos son menesteres. María se ilusionaba con los hoteles, le parecían creadores de una atmósfera de elegancia que en su pueblo -donde nadie quería quedarse a dormir- no conoció. Ahí las sábanas se unían con su piel sin por eso dejar de mancharse. No veía más que las manos del taxista derramándose en los bordes de la cama, el olor a pinos mezclado con saíno, la pintura cayéndose a costras, lucecitas desde la ventana titilando. El hotel se convirtió en otro taxi, un taxi de pensamientos tardados, lluviosos, faltos de ganas.

María despertó casi al mediodía, salió del hotel donde la recepcionista le decía entre dientes «zorra» y, como era de esperarse, tomó un taxi. Fue a su apartamento, pagó la renta de dos meses con lo que había recogido la última semana. Tomó una ducha, se puso elegante.

—¿Adónde amor?—le dijo el taxista.

—Al cuarto salón más caro de Managua.

—¿Ese donde también te hacen los pies?

—Sí, bebé—soltó exaltada—¡Ese mismo!

Prosa #20 — Olvidos.

Isaac salió del trabajo y caminó por la calle de los negocios cerrados. Quedaba algo de luz sobre los techos, los colores empezaban a difuminarse. Los azules se volvían grises, luego rojos, naranjas y negros. En la acera había vagabundos buscando comodidad, listos para soñar. Otros aún buscaban comida.

Isaac, seguro, caminaba en silencio. Sus pasos eran regulares. Respiraba soñador, libre de responsabilidad.

«Libre» pensó.

—Libre—dijo.

Y cuando lo dijo, los vagabundos lo dijeron también:

—Libre.

Siguió caminando. La falta de sol saturaba el ambiente. Varias aves soltaron gritos a lo lejos. Pensó en los árboles; no había árboles.

«¿Cuándo fue la última vez que vi un árbol?» se preguntó.

Estaba en casa de su tía. Hacía calor. La piscina la llenaban adultos, parientes de pelo desaliñado. Había alcohol, comida, huesos doloridos. Jugaba con otros niños. Muchos colores salpicaban sus ojos. Los grises parecían verdes, el azul era uno sólo. Naranjas eran las frutas, rojo lo demás. Había árboles, sí, muchos arboles. Pulcros árboles sin incendiarse. Piscina inmaculada. Alcohol, comida, adultos difusos. Niños, parientes.

«Niños» pensó.

—Hijos—decía.

Hubo silencio.

Isaac miró directo al interior del negocio cerrado que reposaba a su izquierda. Las ventanas eran bloqueadas por trozos de madera. En los trozos había agujeros. Isaac veía en los agujeros pequeñas formas; no había color. El semáforo estaba gris. Los autos eran latas desteñidas. La luna brillaba. Isaac seguía caminando.

«Más rápido» gritó en su cabeza.

Obedeció.

Tocó la puerta con los nudillos. Abrió su esposa, supo que era él. Isaac la miró desde arriba, se veía más vieja al abrir la puerta. Le recordó a su tía con esos pelos desaliñados, con la piel pálida y los huesos doloridos. Lo miró, parecía inspeccionar su rostro.

—¿Y el auto?—preguntó ella.

Isaac no respondió; regresó sobre sus pasos. Había dejado el auto en el trabajo.

Prosa #19 ― El rifle de mi padre y las bestias que no lo mataron.

Mi padre tenía un rifle, solía ir a cazar por las noches. Iba con sus amigos, no volvían hasta varios días después. Yo quedaba en casa con mis hermanos y después del medio día sólo con mi madre. Me sentaba en una alfombra de polvo, había acostumbrado mis piernas a eso. Desde el techo ciertos rayos de sol se filtraban, daban vueltas por la casa todo el día. Me gustaba seguirlos con la vista.
Detrás de la casa había un patio que parecía una selva. Nuestro único vecino era un viejo que solía deambular por el pueblo. Vivía acuartelado en una especie de carcasa de madera que construyó quién sabe cuantos años atrás, mucho antes de que mi padre naciera.

Mis hermanos trabajaban cortando madera. Yo iba a la ciudad por la mañana, a la escuela. Mi madre me pedía que escribiera cartas a sus hermanas, las enviábamos todos los miércoles cuando el hombre del correo pasaba por el pueblo en su bestia mecánica. Él soltaba una sonrisa siempre que veía la caligrafía de mis cartas. Cuando regresaba de la gran ciudad me regalaba, con las cartas de las tías Marta, Cecilia y Maribel, algún dulce civilizado, de esos que traen envoltura y saben bien.

En la escuela, los hijos de los dueños de las fábricas solían predicarnos sobre el Evangelio del vapor y el carbón; decían que en la gran ciudad existían casas tan altas como sequoias, caminos de asfalto por donde las bestias trotan esparciendo su vapor por las aceras, cielos repletos de aves artificiales y globos aerostáticos que aplastan a los transeúntes con sus sombras. Nos dijeron que sus padres planeaban hacer de nuestro pueblo una gran ciudad capaz de despertar envidia en los capitalinos. Nuestros profesores los regañaban por darnos ilusiones. No solíamos poner mucha atención a sus regaños, excepto a los de Mrs. Lewes. La escuchábamos porque venía de tierras lejanas, su voz llevaba cierto peso de credibilidad. Ella decía que era «acento». Para nosotros, los niños, era magia.

Desde mi hogar podía ver las chimeneas de las fábricas. Ahí nacían las bestias de vapor y las aves artificiales. Me preguntaba por qué mi padre evitaba el contacto con el pueblo, con las fábricas y con sus dueños siendo que todo eso representaba -y hasta significaba- «civilización». A todos les gusta la civilización. ¿Por qué a mi padre no? Nunca le pregunté. Siendo sincero, admito que casi nunca hablamos.

Siempre fue una figura extraña la de mi progenitor. Cuándo vi su cadáver ser arrastrado me pareció todavía más extraño, como si fuese yo el hijo de un demonio. Le faltaban tres dedos izquierdos; una pierna estaba por desprenderse de su cuerpo. La mano derecha seguía aferrada a su rifle, a sus principios, nunca al pueblo.

Mis hermanos lo enterraron por la tarde en el patio-selva. Su rifle lo colgaron en la pared; estaban llorando. Yo también lloraba.

La mañana siguiente era la mañana de un miércoles. Mi madre despertó. No había papeles en el escritorio de la sala. La pluma estaba resguardada. La luz matinal la sentía más frágil, como si fuese de telarañas en vez de la magia a la que me había acostumbrado. El polvo de la alfombra lastimaba mis rodillas. Las chimeneas en el horizonte parecían lápices en una cartuchera de piedra pómez.

Yendo a la escuela oí el retumbar de pájaros metálicos sobre mi cabeza, las calles de adoquines las aplastaban armatostes con forma de oso que soltaban vapor y silbaban como los vientos de noviembre.
El hombre del correo sintió desilusión cuando le dije que no habría caligrafía. Tuvo que conformarse con las letras de molde que Mrs. Lewes dejaba en el papel sin la elegancia de su acento -aunque estuviesen escritas en su lengua madre- ni el misticismo que le atribuían sus alumnos.

Los hijos de los empresarios alardeaban de manera más molesta. Mrs. Lewes les regañaba con particular desdén. Las casas enanas rechinaban. Las sombras de los árboles acariciaban las cabezas con una gentileza paupérrima. Las bestias dormían. Mi padre era atravesado por las raíces de un árbol. El viejo de al lado reía. Mi madre lloraba, lloraba como las bestias silban y las aves retumban. Mis hermanos cavaban, cortaban, sin hablar, trabajando. El rifle se oxidaba como se pudren las sequoias, caía como la luz que se filtraba desde el techo, no daba vueltas, no trotaba, era un augurio.

Cuando volví a casa, mis hermanos enterraban a mi madre.

Estaban llorando, yo también lloraba.

Prosa #18 ― Gama baja.

A GINZ.
Teníamos el agua al cuello, desnudos en la bañera. La miraba como miraría a un cuadro impresionista sin saber yo nada de pintura (que no sé). Ella mordía sus labios como si le ardiesen, no pensó en llevarlos al agua donde flotaban los mechones oscuros de su cabello y su piel color caoba pálida, como enfermiza, hundida me decía: «traidor, traidor». Y yo me sentía traidor.
No quise hablarle, estaba pensando. Pensaba en el otro, «¿qué pensaría?». No importaba; importaba el agua y sus cabellos o su piel. Le hubiese insultado, gritado con fuerzas: «traidora, traidora», pero traidor me sentía yo.
—Es muy frío—me dijo.
Miré sus ojos, titilando, apunto de patear al alma de su cuerpo.
—Todo esto es muy frío—reiteró.
—Lo querías frío, ¿No?
Apartó su cara. Seguí viéndola, su cabello de nuevo.
—Lo sé, pero ya no me gusta así.
Me estremecí, supe que no hablaba del agua. Otro mes llegaba ya, dejaría resaca y dolería, a ambos nos iba a golpear una fuerza. Yo temía compromisos, ella el rechazo sin precedentes.
¿Qué pasaba?, ¿por qué tan repentina esa afinidad? Llevábamos casi dos meses juntos, ensuciándonos en secreto y en secreto sonrosando miradas con el agua al cuello, en un cuadro de Dalí.
—No—dije.
Me levanté, el agua abandonaba sus cabellos, bajando su nivel, bordeando los pezones color caoba, claros como blanqueados con cloro. Extendió sus piernas, llenó el agua con su cuerpo. Volteó la cabeza y me vio, desnudo, como si fuese su propiedad e intentase escapar. No me veía con esos ojos desde aquel noviembre entre las bancas del colegio, era extraño. Algo me decía que volvería y que ella sabría cobrar venganza. De cualquier modo, no sé pintar y ella es un cuadro impresionista.

Prosa #17 — No sé si la violé.

Estuve pensando toda la mañana mientras tragaba y bebía. Intentaba rehacer la noche anterior, de ella sacaba momentos, nada más. Recordaba cosas oscuras, a pesar de saber con exactitud la cantidad de luces que me bañaron, a mí y a ella. El polvo que el viento alzaba en la calle me recordó al humo que soltaron mis labios, al veneno que tragaba con tanta facilidad.

La leche me dio asco. Salí a vomitar. Vi en el cielo nubes grises, como serpientes entre guayabos engusanados. Recordé la brisa, como manoseaba a los techos de zinc. Brisó mientras íbamos al cuarto, es probable que también mientras la profanaba.

Sus ropas azul oscuro, rotas, esas las recuerdo; un estorbo. Vi su rostro contra la luz de la noche, llorando, como queriendo ir a casa. Aún así, parecía disfrutarlo con ese disfrute que se esconde en las vísceras; cosa involuntaria.

Limpié el vómito en mis labios antes de que el viento soplase y lo secase formando costras. Recordé su respiración a mi lado, el olor de su sexo, las sábanas sucias. La brisa cayendo. Los hilos de luz que entraban desde los callejones, gritando como extranjeros pérfidos sin camino ni posibilidad de encontrar uno.

Vi varios extranjeros al salir a la calle, un señor español maldiciendo a un restaurante, una americana con un sombrero de paja y una pareja de alemanes que hablaban toscamente mientras esperaban un bus a quién sabe dónde. No tenía idea en qué ciudad estaba, los adoquines de la calle no los había visto antes, tampoco el mega-templo que se estremecía a unos metros con canciones que yo conocía de memoria y que, en otras circunstancias, hubiese cantado hasta quemar mis pulmones. Vagamente veía de nuevo a la noche, como si los focos del alumbrado público se encendiesen y el cielo se apagase non-sequitur pero la gente siguiese ahí: el español maldiciendo sobre los adoquines, los alemanes hablando y yo violando a una niña. Sentí que pronto me enjuiciarían, que sería encarcelado y humillado sólo porque una tipa con la que me acosté nació unos años después que yo. Estaba borracha, yo no la obligué a tomar. Ella escogió sobre qué luces se paraba. «Qué juicio más absurdo sería ese» pensé. También pensé que, absurdo y todo, igual perdería. Todo eso me dio ganas de llenar mis labios de humo. Al otro lado de la calle vendía un hombre cigarrillos. Hubiese comprado pero, desde un autobús, un indio gritaba el nombre de mi pueblo. Nunca vi a nadie fumar en un bus.

Corrí hacia el bus y subí. Me tranquilizó que el indio gritase otras veinte veces hacia dónde íbamos, muy vergonzoso sería perderme dos veces seguidas estando sobrio la segunda. Me senté junto a la ventana, revisé en mi mochila y había tres libros: uno de García Márquez, otro de algún desconocido derechista nicaragüense, de esos que simpatizan con Somoza pero nunca lo admiten. El tercero llevaba una mujer desnuda en la cubierta, la mujer no tenía brazos ni cabeza y sus pechos turbaron mi mente. Intenté leer pero los ojos me dolían. Las palabras de los intelectuales revolvían mis tripas, el olor del bus me drogaba; martirio.

Me fijé por la ventana, unos policías iban en motocicleta, sus cascos colgaban de sus codos; me sentí fugitivo de un montón de hipócritas, peor, hipócritas pagados con impuestos.

El bus me alejaba de mis pecados, eso me animó. El rugir de los motores de segunda mano, a punto de quemarse como mis pulmones, de cierta manera empezó a tranquilizarme.

El indio pasó por mi asiento, le pagué. Mientras me daba el cambio yo sonreía, ¿sospecha acaso que recibe el dinero de un violador? No sé si la violé, él parece saberlo. Su cara me dice que lo siente con su sentir de indio. Tal vez sea cierto y los insultos que las chicas de mi clase lanzaban contra mí no eran más que una advertencia que nadie tomó en serio.

Me rio. El indio me mira. Dos córdobas me devuelve y yo le agradezco. No hago más que agradecerle.

Poesía #17 — Vive, Valeria; Muere, querida.

A Virginia Valeria Parrales.

Vive, Valeria, vive
y mientras vives
canta, Valeria, canta
porque cantando vivirás
y viviendo cantará tu alma.

Muere, Valeria, muere
y al morir suspira,
Valeria, ve y suspira,
como un Leviatán,
por cada cosa,
cada asunto banal.

Y estira la mirada,
Valeria, querida,
exhala enaltecida
y guarda tus labios,
en el baúl ascético.

Guarda tus labios
limpios, necesarios.
Resguarda tu virtud
aunque efímera esté.

Vive, Valeria; Muere, querida,
conversa, también gira.
Piensa verde y en la suerte.

Y con las espinas
muere, Valeria.
Con las espinas
vive, querida.

Extra #3 — Trigo.

Julio miraba la campiña, postrando su atención en los delgados filamentos de maleza que movían los vientos del norte. El porche soltaba crujidos con cada suspiro de los cielos. Las nubes, sinuosas, fragmentadas, serpenteaban pacientemente. Julio las estuvo dibujando desde la mañana, bautizando a las recién llegadas, escribiendo actas de defunción también. Amaba a la pequeña Adelaida, a la anciana Bernarda. Le divertían las ocurrencias de las hermanas Zeppelin. Tocaba canciones en banjo para toda nube que pudiese oír y al hablar rimaba, se sabía divertir.

Extra #2 — El gran compositor murió anoche…

El gran compositor murió anoche, las partituras forraban el piso de su habitación, un perfume extraño reposaba sobre su cuerpo, sobre sus muebles, sobre su legado anémico que apenas se veía que existía. Quedaba limpiar un cadáver, una vida hundida en papeles que susurran genialidad. Lástima que la muerte sea sorda, de poder escuchar todo lo que aquellos pisos decían, todo lo que ese hombre logró y estaba por lograr, le hubiese ofrecido más tiempo al gran compositor: una noche, unas horas, algo más. Nuestro muerto merecía una última canción, aunque fuese sólo para decirle a todo un mundo que le ignoró: “Existo, y lo hago bien”.

Pero sorda es la muerte, y ciega, y muda también. No escucha canciones, no lee cuentos, no declama poesía, se lleva a quienes lo hacen y a todos los demás.