Poesía #21 ― Blanco.

Blanco, te siento blanco
y te siento gris, polvoso.
Carente de cuidado,
sin gracia; eterno realista.

Vuela tu galope
en barras de metal
que sueña sin vergüenza
por allá, donde el sol cae.

Canta el gallo en la carretera
y corre su sangre de leviatán.
Corren caballos en las aceras,
no existe en ellos ninguna paz.

Blanco, los veo blancos
y grises barrenderos
los ven antes, en reflejos,
en dijes y soles cansinos.

Describe, entonces, mi realidad
dolorosa, mi canto de ave
de tormenta, de cril engrandecida,
de cascos, blancos o grises,
y mantos, sin cosas útiles.

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Prosa #25 — «à deux»

Al nenio.

Un césped de color sólido nos rodea. Lo vemos como a un mar, inmenso, curvo. Sobre él sopla un viento agudo que languidece, vuelve a todo un poco más anémico.

Desde donde estoy capto una caseta en el horizonte. Terra ignota, diría.

Recuesto mi cabeza contra un madroño. Vos estás sobre mis piernas; se ven tan hinchadas.

Sobre tu vestido hay manchas de sol. Adornaste tu cabello hace no mucho. Usaste tus flores favoritas, unas que yo no conozco. Están hermosas.

—Estás hermosa.

—Gracias.

Sonrío, pongo mis manos sobre tus hombros, durante unos segundos contemplo a la musa definitiva, a quién nunca me arrepentiré de escribirle. Te abrazo, creo que estoy perdido.

Siento las raíces del madroño crecer bajo nosotros; es una extensión nuestra. Así quizás podríamos navegar por la hierba y aplastar grillos. Podríamos hacer ropas con las pieles de las culebras y vestirlas en la casa de los pecados.

Lástima que estoy muriéndome; mi cuerpo se llena de pus y mis manos de sangre. Nadie querría a un leproso; vos, ¿por qué?

—No sos un leproso—te escucho decir.

Es verdad, no llevo ninguna peste conmigo. Pero actuás; yo siento que sí.

No me sorprendo, tus manos están demasiado limpias, tu pelo tiene un aroma que antes sólo lograba dibujar en sueños (algo semejante a limón con miel), la única sangre que tocan tus manos es ajena.

Te llamo de muchas formas -música, cuadro impresionista, la estrella más hermosa- pero no sé si en verdad valga tanto mi nominación. Después de todo, pronto voy a morir.

—No vas a morir—decís de nuevo.

—¿Por qué?

—No quiero.

—Yo tampoco quiero.

Morir sería no poder visitar esta isla de nuevo, ni ver la caseta de los pecados en un instante lleno de colores planos.

Morir sería secar este madroño a base de orines y nunca más apreciar las manchas del sol sobre tu vestido.

No, yo no quiero morir, pero no veo otra alternativa.

—¿Y qué hay de las otras?

—¿Qué querés decir?

—¿Por qué no te deleitás en otras islas, con otros soles que dejen manchas en vestidos ajenos y casetas que no estén llenas de pecado?—por un segundo titubeás, quitás mis manos de tus hombros, algo desconfiada—Me habías dicho que no te gustaban mis labios, ni mi andar.

—Las otras están muertas.

—¿Muertas?

—Sí, muertas.

No preguntás más. Estoy algo temeroso, sí. Los marineros no estamos particularmente limpios, por eso morimos jóvenes. Yo anclo en tu vestido, es la única isla que quiero. Ahí el sol es más radiante, tosta mejor nuestros fueros, tiene hojas más gruesas, grillos que cantan por las noches, madroños de ensueño que dan ganas de escribir y raíces que los conectan. No puedo querer otra cosa.

Debo confesar que me gustás; lástima que ya voy a morir.

Estás callada. Torno mis manos alrededor de tu cuello. Lo palpo con lo que me ha dado el madroño; tacto y sosiego.

Si no fuese a morir, te pediría que nos casemos bajo este árbol, en medio de este mar, con el sol tocando no sólo tu vestido, sino también mi rostro y mis piernas hinchadas.

—Por favor, enterrame bajo este árbol.

Dejo de mover mis manos.

Vos seguís callada. Ves cómo se nublan los pastos, nuevas islas nacen en el mar.

Pienso que ha sido un fracaso siquiera intentar pero tu cuello me trata de convencer, me dice que no moriré, que estaremos juntos cruzando mares, pisando grillos y haciendo ropas de serpientes para cubrir nuestras pieles cuando el sol las cueza en exceso.

—Todo se ve muy bonito.

—Sí… Bonito.

Noto las flores en tu cabello, son tus favoritas. Están creciendo.

Te levantas de mis piernas, te paras frente a mí. Sientes en el ombligo un cosquilleo, un poco de asco.

—No te vayás—te suplico, con el sol manchando mi rostro.

—No me voy a ir, tranquilo.

Sonrío. Cierro los ojos, escucho un viento agudo. Los abro de nuevo, tus flores están girando en el cielo. Las azaleas cubren el césped. Huele a lavanda, a nubes, pero sobre todo hay lavanda. Discierno tus labios entre la bruma, el andar de tus caderas anodinas. ¿Cómo no me va a gustar?

Te veo entera por última vez.

Detrás tuyo está la caseta de pecados. Tiene manchas negras encima porque está pudriéndose, el cielo se la está tragando.

Mis ojos fallan, ya no puedo verte. Quiero escuchar tu voz antes de irme.
Respiro con fuerza.

—¿Vas a enterrarme bajo este árbol?

(…)

—No.

Prosa #24 — «Obeid, yo no soy como otras aves de presa»

III.

—Ya han reconstruido mis alas—dije a Obeid, un día de calor—Pronto volaremos juntos.

Obeid no dijo nada, mantuvo sus patas aferradas al árbol familiar. Tenía los ojos soldados al horizonte; había dos hogueras ardiendo en sus pupilas. El árbol familiar no hacía ningún sonido, las ramas estaban quietas, como en ámbar. Había hojas cayendo pero ninguna causaba en el aire mucha agitación. Obeid susurraba la letra de una canción, yo no la conocía. Me causó nostalgia su melodía, calma como la mañana.  Creo que madre la cantaba para instigar mi sueño cuando volaba inquieto alrededor del nido.

Vi a Obeid fijado en la madera. El viento alborotaba sus plumas tan gentiles; yo las admiraba. Quise llorar pero, no, yo no soy como las aves de corral.

IV.

—Obeid, ¿no quieres volar?

Obeid dejó los susurros entre sus plumas, empezó a gritar con fuerza. Gruñía con un ahogo taciturno, mientras las hogueras de sus ojos se apagaban, ardían, fraguaban, morían otra vez. Me asombré, las hojas llovían en silencio sin importarles los gritos que soltase Obeid, el árbol familiar estaba congelado; sentí que estaba bajo el mar, ahogándome cerca de un barco pesquero, rogando al cielo pintado sobre mí -del cuál sólo veía un suspiro- que las redes de los hombres me confundan con un pez; yo no soy un ave de mar.

V.

—Obeid, ¿qué te ocurre?

Obeid seguía escandaloso. Ahora esparcía sus alas y soplaba, sin fuerzas soplaba hacia el horizonte, intentando apagar los fuegos lejanos que atormentaban su vista.

Creo que recordaba, me recordaba sin alas, cayendo en pedazos sobre Roma, dando vueltas, siendo una nube, haciendo llover sangre por diez, once segundos.

Resulta que nunca fui un buen hermano para Obeid. Madre no lo admitió nunca, pero él lloró cuando vio los huevos en el nido, más todavía cuando el único que abrió fue el huevo deforme. Decepcionado quedó cuando descubrió que mis plumas no eran doradas, más bien azulonas. Las bautizó alas de tristeza, nombre que aún llevo conmigo. Yo no soy buen ave de caza.

VI.

—Obeid, hermano, cálmate por favor.

Hojas empezaban a llover como mi sangre sobre Roma, llenaban las raíces pululantes del árbol familiar. Soplaban los vientos que hasta hace poco nos ignoraban y Obeid movía sus plumas conforme a ellos. Nuestra rama la doblaban las propias garras de Obeid, pronto se rompería; yo no tenía alas.

—¡Obeid, hermano, detén está locura!

Obeid gritó, gruñó. Los ojos ardiendo, las plumas en plena danse macabre. Tenía miedo. No había ya consecución. El momento me pareció más una serie de partículas aisladas, sin relación la una de la otra. Murió la antonomasia. Obeid fue Obeid. Yo, Azur.

II.

Caigo.

Abro los ojos.

I.

—No deberías volar por ahí, regresa—me advirtió Obeid, con mi plumaje azulado reflejado en sus ojos.

—No te preocupes, Obeid, yo no soy como otras aves de presa.

Poesía #20 — Música.

A Glenda Navarro.

Siempre pensé de la literatura y la música como artes hermanas, aunque se propaguen por distintos medios y no se digieran con la misma facilidad.

Cuando te conocí, conocí a la música, con todos sus matices; esa voz delicada, con un timbre tan melódico que hipnotiza hasta a las plantas de los parques pero oculta, con potencial que late… 

La piel uniforme, artística, es la portada de un álbum que nunca me canso de escuchar; tus caderas, moldeadas con el cuidado que se hacen los chelos para los reyes y sus cortes. Con ellas llenaría una orquesta y cada instrumento haría temblar su suelo creando un sonido único, implagiable.

Sí, sos la música, con todas las notas adecuadas en una cadencia uniforme, como una cascada. Me gustaría seguirla como en una fuga, cantarla en serenata con las voces superpuestas y arregladas; quiero ser tu contrapunto, estudiar tus armonías y su progresión. Los acordes de tu sexo, como las plantas, me hipnotizarían sin sospecha.

Pero algo es curioso: yo no soy literatura. Tal belleza no me es menester.

Prosa #23 — Recuerdo de cuando me atropelló una bicicleta sin conductor (I-VI).

I.

¿A quién debo culpar si no es a mi propia imprudencia? Nadie iba en esa bicicleta.

Mi nariz sangra. Siento en el pecho la zarandeada de las quemaduras dejadas por las llantas del biciclo. Los adoquines rotos golpean mis codos que, en el suelo, se ampollan. Parezco una deformidad andante, de esas que se dice no tienen sentimientos.

II.

El cielo está tan claro que me siento un estúpido. Aquí me ven todos, no hay censura; pure voyeur. Fingen no saber la verdad pero todos se rieron cuando golpeé con mi cabeza la piedra, cuando mi sangre se mezcló con las aguas negras.

—¡No los culpo!—suelto, al levantarme de mi lecho tosco—, ¡Lo haría yo también!

Los miro como miraría a las pinturas de los museos. Son monolitos, son todos un tipo de Ozymandias, hasta el muchacho que sonríe; no tiene piernas.

El monolito de una niña llora, le da asco mi sangre.

III.

Camino sin gracia. Manché mis pies con la sangre, mi camisa también. Es una lástima, no sé andar en bicicleta. Tuve que dejarla ahí, que el sol tragase al armatoste que causó mi suplicio. No quiero sonar vengativo pero, ojalá la reciclen, que la hagan algo asqueroso.

IV.

Me duele el pecho, en él hay ronchas que muerden mis nervios. Tengo los codos sucios, bajo las costras hay más ronchas.

Soy una deformidad andante –la deformidad andante- que bajo el sol camina, sin ganas de seguir vivo.

V.

—¡No los culpo!—grito, quemando mis pulmones—, ¡Yo lo haría también!

El monolito de la niña llora con más fuerza. Mamá Ozymandias la toma en brazos.

—¡Tandy!—grito de nuevo, a la niña—, ¡Regresa, Tandy, no puedes irte así por así!

Corro hacia ellas, quiero tocar la piedra rota en sus caras, lo ciegas que están sus almas.

Corro, con las manos llenas de ampollas y los pies ensangrentados.

Corro, y caigo en las aguas negras donde mi sangre gana un color verdoso, una textura mocosa.

—Tandy, Tandy…—susurro, agonizante—Tandy, te veré en unos años.

VI.

—Eh, cuidado, chico.

—Oh, lo siento—dijo el muchacho sonriente—, tendré más cuidado.

—Descuida, no te culpo.

El muchacho me vio unos segundos y se fue en su bicicleta, bajo el cielo más azul que había visto desde que perdí los ojos hace unos años.

Extra #4 — Luego.

Me levanto. Tengo un dolor que danza por encima de mi ceja izquierda. Hay filtraciones de luz por todos lados. El techo está sucio, nadie ha pensado en limpiarlo.

Estuvo haciendo frío en la madrugada, fue el resquicio de la llovizna. Todo está helado: las paredes, la cama, la ropa. El piso duele, ¿dónde están los zapatos?

Observo ya sentado, en el piso, un mar de rojo oscuro con islas en forma de tenis, de charol y mocasín. Mi ojo izquierdo se une a su ceja, titilan como campanillas de bicicletas viejas; vibran.

Mi rostro se rebela.

Me levanto, todavía siento las patas del pupitre presionando en mis costillas. El piso está sucio, no he querido limpiarlo. La sala está iluminada, me duele la cabeza; es el resquicio matinal.

Camino hasta la cocina, el almuerzo está servido. No hace frío, ya es mediodía. Luego habrá que limpiar el techo, y los pisos, y mis ojos.

Prosa #22 — Sui cædere.

[Continuación de Poesía #1 — La deforestación]

—¿No te quieres suicidar?—preguntó Clara, con la cara roja mirando por la ventana en movimiento.

Camilo no respondió, tenía los ojos en el piso, las manos en la frente. El sol menguaba sobre su cabeza, sobre aquel viejo tren.

—¿Qué hacemos aquí?—preguntó.

—Pues,—Clara tragó saliva—vamos a suicidarnos.

El rostro de Camilo surgió extraño, como en gesto de pregunta. Clara le ignoraba, veía la ventana como una gata loca. Camilo volteó la mirada, no soportó lo que vio: esa figura de ángel fundiéndose con la ventana, generando una luz que opacaba el ambiente, daba al aire cierto espesor; un cráneo amenazante, cincelado, cuya forma fue fácil de discernir aún con los cabellos blancos explotando sobre ella; la cara delgaducha, blanquecina, ofusca. Todo en ella parecía perdido.

—¡¿Dónde está María?!

—¿Quién?—dijo Clara, acomodando sus mechones de plata—¿También se va a suicidar con nosotros?

Camilo tomó a Clara por los hombros, la sacudió hasta desconcertarla; no le barrió la sonrisa. Sus dientes brillaban con una excitación que enrojecía su rostro con más voluntad.

—¡María Roccuzzo!—Camilo se levantó con violencia—¡¿Dónde está?!

Un rugir mecánico se oyó a lo lejos. Chirriaban los rieles, la luz de la ventana de curvaba con más fuerza, Clara se deformaba al moverse dicha luz, como hilos de un brío odioso. Camilo soltó a Clara del mareo, vio sus manos contrastando con el piso; eran borrones. Las dejaba de sentir conforme el sol perdía el aliento entre las nubes.
Hubo oscuridad, el sonido de dientes, una carcajada tiesa, débil. Camilo sentía enfermedad en sus brazos, en tres dedos del pie, en su ojo izquierdo que pronto caería de un manzano irlandés. En todos lados había manos huesudas rasguñando, separando tuétano de coyuntura, lanzando el resto al vacío, a desiertos, neveras, recitales y hasta a Roma.

Hubo sol, Clara reía desde el asiento del frente. Ahí, iluminado por un sol que luchaba por no ahogarse en un mar de nubes, yacía un mortinto sin manos, ni pies, ni venas. Sin cabeza y sin corazón.

—Bueno, supongo que no quería suicidarse conmigo.

Clara salió del camarote, caminó por el vagón que apenas recibía luz, fue a la cabeza del tren donde tampoco había sol, sólo nubes. Paró por un segundo. Quiso apreciar las manivelas, los mecanismos. Siempre gustó de los trenes. Tocaba lo tosco con los dedos desnudos, los llenaba de costras negras.

Sus cabellos delgados, blancos, su cráneo cincelado, las costillas de ángel rotas contra el metal, el fémur hecho pedazos.

Clara quedó en silencio, tenía las manos sobre la frente, los ojos desparramados por el suelo, el sol menguando sobre su cabeza, sobre aquel viejo tren descarrilado.

Poesía #18 — Silencio, olor a humo…

Silencio, olor a humo.

Las aspas de un ventilador que vibran con sus patas desniveladas, es todo lo que la noche tiene para cantar. La música de los grillos, de los ronquidos, no la sueñan ni los sapos, por eso no croan.
Mis zapatos están llenos de lodo, han perdido el color. Permanecen en silencio a mitad del patio. Hay ropas colgando a su alrededor, sus hebras parecen agujas; hace mucho frío.

Me habla una niña del pasado, dice que la lastimé. Creo que es cierto, el olor de su vestido lo tengo en todo el cuerpo; huele a humo y a silencio.

La lluvia enciende de nuevo a las ranas, les excita otra vez el lodo. Las goteras hacen que exploten los abanicos y la noche canta, de nuevo, para mí, que he de roncar en silencio con los grillos mordisqueando mis rodillas; descalzo, sin honra.

Bostezo, debo dormir. Duermo, soñando sin prisas. Solo, sin la niña de vestidos humeantes. Solo, con el pasado.

Prosa #21 — Taxi girl.

—Los taxis en Managua son mejores que en mi pueblo—aseguraba María a la muchacha que le hacía los pies en el salón—. Allá siempre de mezquinos esos indios pinches. Acá con verme bien vestida ya aflojan el billete, es maravilloso.

María rio e hizo un ademán elegante. Le parecía, desde ese asiento en el cuarto salón más caro de Managua -ese dónde también te hacen los pies-, ser una aristócrata como las que veía en las novelas con su madre o la esposa de algún narcotraficante que no sabe lo que es la codicia.

—¡…y hasta me perdían de vista!—exclamaba María—, tenía que gritar y gritar para que volteasen. Luego era hablarles, lo bueno es que siempre he sido buena seduciendo, los hombres son tan idiotas.

Las empleadas hacían su trabajo, si escuchaban era porque querían el dinero de los taxistas pero conservaban la vergüenza. Igual les daba si María era una maestra de la seducción o si, al contrario, debía rogar a cada taxista mil veces antes de conseguir un favor, ajustarse a las condiciones de estos, ir bajo la lluvia sin poder distinguir caras conocidas fundiéndose en los parabrisas, humillarse por viajes de diez córdobas, ser tratada de zorra sin serlo.

—Ahora me ven y ellos solos se paran, no les importa si llevan un cliente con prisa. ¡La prioridad soy yo!

María sintió un estrépito al recordar las manos del último taxista, el olor a pintura nueva en el exterior, el bosque de pinos entre los asientos lánguidos. Era como una de esas películas en las que el bad boy lleva a la niña de lentes al autocinema para darse muestras de adolescencia. María no tenía lentes, cualquier cosa con la palabra «cine» costaba demasiado y la adolescencia escaló.
Pronto María cosechó cierto prestigio, ya no había que rogar, sólo esperar en la próxima esquina, en el bar más cercano. Llovían los favores, ella mandaba en cada cabina siempre que posaba sus nalgas en el asiento del copiloto. ¿Lluvia, tardanzas, falta de ganas? Esas cosas las dejó en su pueblito, escondidas tras el televisor donde su madre ve novelas, ganando senilidad con cada capítulo.

De vez en cuando veía por la calle a sus viejos amigos. Si podía, tomaba refugio tras un vidrio negro; no quería ver esas caras tostadas por el sol de Managua, caras de esfuerzo, de gente que no olvidó cómo caminar. Pocas veces tuvo que compartir un taxi con uno de estos seres.

—¿Te conozco?—dijo, mirando desde arriba de un pedestal imaginario.

—Pero si estudiamos juntos, ¿cómo no te vas acordar?

—Lo siento, bebé.

A veces, algún taxista la llevaba a algún hotel, ya sea porque la biología impedía el actuar en el vehículo o porque los gustos son menesteres. María se ilusionaba con los hoteles, le parecían creadores de una atmósfera de elegancia que en su pueblo -donde nadie quería quedarse a dormir- no conoció. Ahí las sábanas se unían con su piel sin por eso dejar de mancharse. No veía más que las manos del taxista derramándose en los bordes de la cama, el olor a pinos mezclado con saíno, la pintura cayéndose a costras, lucecitas desde la ventana titilando. El hotel se convirtió en otro taxi, un taxi de pensamientos tardados, lluviosos, faltos de ganas.

María despertó casi al mediodía, salió del hotel donde la recepcionista le decía entre dientes «zorra» y, como era de esperarse, tomó un taxi. Fue a su apartamento, pagó la renta de dos meses con lo que había recogido la última semana. Tomó una ducha, se puso elegante.

—¿Adónde amor?—le dijo el taxista.

—Al cuarto salón más caro de Managua.

—¿Ese donde también te hacen los pies?

—Sí, bebé—soltó exaltada—¡Ese mismo!