Prosa #17 — No sé si la violé.

Estuve pensando toda la mañana mientras tragaba y bebía. Intentaba rehacer la noche anterior, de ella sacaba momentos, nada más. Recordaba cosas oscuras, a pesar de saber con exactitud la cantidad de luces que me bañaron, a mí y a ella. El polvo que el viento alzaba en la calle me recordó al humo que soltaron mis labios, al veneno que tragaba con tanta facilidad.

La leche me dio asco. Salí a vomitar. Vi en el cielo nubes grises, como serpientes entre guayabos engusanados. Recordé la brisa, como manoseaba a los techos de zinc. Brisó mientras íbamos al cuarto, es probable que también mientras la profanaba.

Sus ropas azul oscuro, rotas, esas las recuerdo; un estorbo. Vi su rostro contra la luz de la noche, llorando, como queriendo ir a casa. Aún así, parecía disfrutarlo con ese disfrute que se esconde en las vísceras; cosa involuntaria.

Limpié el vómito en mis labios antes de que el viento soplase y lo secase formando costras. Recordé su respiración a mi lado, el olor de su sexo, las sábanas sucias. La brisa cayendo. Los hilos de luz que entraban desde los callejones, gritando como extranjeros pérfidos sin camino ni posibilidad de encontrar uno.

Vi varios extranjeros al salir a la calle, un señor español maldiciendo a un restaurante, una americana con un sombrero de paja y una pareja de alemanes que hablaban toscamente mientras esperaban un bus a quién sabe dónde. No tenía idea en qué ciudad estaba, los adoquines de la calle no los había visto antes, tampoco el mega-templo que se estremecía a unos metros con canciones que yo conocía de memoria y que, en otras circunstancias, hubiese cantado hasta quemar mis pulmones. Vagamente veía de nuevo a la noche, como si los focos del alumbrado público se encendiesen y el cielo se apagase non-sequitur pero la gente siguiese ahí: el español maldiciendo sobre los adoquines, los alemanes hablando y yo violando a una niña. Sentí que pronto me enjuiciarían, que sería encarcelado y humillado sólo porque una tipa con la que me acosté nació unos años después que yo. Estaba borracha, yo no la obligué a tomar. Ella escogió sobre qué luces se paraba. «Qué juicio más absurdo sería ese» pensé. También pensé que, absurdo y todo, igual perdería. Todo eso me dio ganas de llenar mis labios de humo. Al otro lado de la calle vendía un hombre cigarrillos. Hubiese comprado pero, desde un autobús, un indio gritaba el nombre de mi pueblo. Nunca vi a nadie fumar en un bus.

Corrí hacia el bus y subí. Me tranquilizó que el indio gritase otras veinte veces hacia dónde íbamos, muy vergonzoso sería perderme dos veces seguidas estando sobrio la segunda. Me senté junto a la ventana, revisé en mi mochila y había tres libros: uno de García Márquez, otro de algún desconocido derechista nicaragüense, de esos que simpatizan con Somoza pero nunca lo admiten. El tercero llevaba una mujer desnuda en la cubierta, la mujer no tenía brazos ni cabeza y sus pechos turbaron mi mente. Intenté leer pero los ojos me dolían. Las palabras de los intelectuales revolvían mis tripas, el olor del bus me drogaba; martirio.

Me fijé por la ventana, unos policías iban en motocicleta, sus cascos colgaban de sus codos; me sentí fugitivo de un montón de hipócritas, peor, hipócritas pagados con impuestos.

El bus me alejaba de mis pecados, eso me animó. El rugir de los motores de segunda mano, a punto de quemarse como mis pulmones, de cierta manera empezó a tranquilizarme.

El indio pasó por mi asiento, le pagué. Mientras me daba el cambio yo sonreía, ¿sospecha acaso que recibe el dinero de un violador? No sé si la violé, él parece saberlo. Su cara me dice que lo siente con su sentir de indio. Tal vez sea cierto y los insultos que las chicas de mi clase lanzaban contra mí no eran más que una advertencia que nadie tomó en serio.

Me rio. El indio me mira. Dos córdobas me devuelve y yo le agradezco. No hago más que agradecerle.

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Poesía #17 — Vive, Valeria; Muere, querida.

A Virginia Valeria Parrales.

Vive, Valeria, vive
y mientras vives
canta, Valeria, canta
porque cantando vivirás
y viviendo cantará tu alma.

Muere, Valeria, muere
y al morir suspira,
Valeria, ve y suspira,
como un Leviatán,
por cada cosa,
cada asunto banal.

Y estira la mirada,
Valeria, querida,
exhala enaltecida
y guarda tus labios,
en el baúl ascético.

Guarda tus labios
limpios, necesarios.
Resguarda tu virtud
aunque efímera esté.

Vive, Valeria; Muere, querida,
conversa, también gira.
Piensa verde y en la suerte.

Y con las espinas
muere, Valeria.
Con las espinas
vive, querida.

Extra #3 — Trigo.

Julio miraba la campiña, postrando su atención en los delgados filamentos de maleza que movían los vientos del norte. El porche soltaba crujidos con cada suspiro de los cielos. Las nubes, sinuosas, fragmentadas, serpenteaban pacientemente. Julio las estuvo dibujando desde la mañana, bautizando a las recién llegadas, escribiendo actas de defunción también. Amaba a la pequeña Adelaida, a la anciana Bernarda. Le divertían las ocurrencias de las hermanas Zeppelin. Tocaba canciones en banjo para toda nube que pudiese oír y al hablar rimaba, se sabía divertir.

Extra #2 — El gran compositor murió anoche…

El gran compositor murió anoche, las partituras forraban el piso de su habitación, un perfume extraño reposaba sobre su cuerpo, sobre sus muebles, sobre su legado anémico que apenas se veía que existía. Quedaba limpiar un cadáver, una vida hundida en papeles que susurran genialidad. Lástima que la muerte sea sorda, de poder escuchar todo lo que aquellos pisos decían, todo lo que ese hombre logró y estaba por lograr, le hubiese ofrecido más tiempo al gran compositor: una noche, unas horas, algo más. Nuestro muerto merecía una última canción, aunque fuese sólo para decirle a todo un mundo que le ignoró: “Existo, y lo hago bien”.

Pero sorda es la muerte, y ciega, y muda también. No escucha canciones, no lee cuentos, no declama poesía, se lleva a quienes lo hacen y a todos los demás.