Prosa #16 — Helénica.

A Osmara Olivares.

El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas. El techo que me acogía me daba la sensación de ser una pequeña hormiga bajo un transeúnte con paraguas. Los pilares que le sostenían eran como patas de tortuga. En su interior vivía un extraño tipo de pasado que algunos decían era inventado. Mi pasado favorito.
Me pareció extraño que el museo tuviese sus puertas abiertas a esas horas de la noche y que, por más que llamase o buscase, ningún guardia aparecía a la vista. Estaba solo en ese mar de historia, era un loro en una jaula de cultura, una gaviota de alas rotas. Decidí que utilizaría mi tiempo en aquel lugar de manera productiva, saqué mi cuaderno y empecé a dar vueltas por ahí. Anotaba cada pequeño hecho interesante, cada nombre que sonase bien, ideas para cuentos y canciones derivadas de retratos y esqueletos deformes, retratos y esqueletos de hombres locos.
***
Había recorrido ya todo el museo, estaba cansado, me senté en la fuente del centro donde todos los pasillos desembocaban. El agua en ella era tranquila, su borde -sobre el cual decidí recostar mi cabeza- era de una especie de azulejo ultra liso. En el centro de la fuente había un pilar que parecía robado del Partenón con una amazona envuelta en sábanas indestructibles sobre él. Yo estaba con la vista al tragaluz del techo, a lo más hondo de los cielos.

La estatua me pareció hermosa, todo en aquel museo lo era. Dediqué los siguientes minutos a utilizar las notas que había recolectado. Escribí un borrador para un poema y la maqueta de un cuento. Mis notas eran claras pero mientras más leía menos podía entenderlas. Perdían significado. Cuando llegué a «una ballena azul volaba…» la concentración me abandonó. Así sin más.

Un gran estruendo salió volando desde el pabellón de biología hacia mis oídos. Mi cabeza cayó del borde de la fuente, empezó a fluir. De las manos de la mujer pétrea salían chorros de agua que bien pudieron ser hilos de plata. El estruendo crecía en intensidad, se movía como un tren-tortuga: lento, masivo, seguro. La sábana de la mujer cayó en el agua y se deshizo en un banco de perlas que dio más brillo a las aguas alborotándolas en el acto.

Entonces vi a la madre del océano que el cielo paría: una ballena azul volando, no, nadando en el aire del museo. Su aleteo era un vendaval, sus chirridos pequeños huracanes.

La ballena pasó por sobre mi cabeza para irse luego al pasillo de las humanidades, de él volvió llena de colores. Vi, entonces, a la diosa griega, serena en la mitad del estanque, desnuda, agazapada y distante. Su mirada me llamó. Puse mis pies en el agua y caminé en su dirección. Cada paso aliviaba mis hombros, como si hubiesen estado bajo un peso que yo mismo desconocía. Cuando llegué a su pilar, estaba desnudo también. A la ballena se habían unido una serie de obras de arte, de rocas, de cadáveres. Vi el cuerpo de la diosa griega tan vivo y carnoso como el de una mortal, tan terso y moldeado como la divinidad misma. Pregunté por su nombre:
“Helena”
“Helena”
“Helena”
Y el cielo se rompió a rayos. La ballena destruyó el techo. Las galaxias reventaron, su luz se detuvo en la nada.

Helena bajó de su pedestal para acompañarme en mi delirio. Ahí saboreé el cuarzo en sus venas mientras ella me sumergía en el agua, mientras brillaba todo a nuestro alrededor. Helena me embrujaba con sus manos sobrias, jugueteaba con mi cuerpo como si fuese un sonajero, un sonajero que de tanta insistencia se destroza en mil pedazos, soltando en el vacío el interior del alma, lo que hace que suene.

Mis ojos vieron su rostro impregnado con la proporción áurea, mi boca esbozó su nombre:
“Helena”
“Helena”
—¡Helena!—grité, saltando de la cama.
Fui y revisé la hora, aún era muy temprano. Caminé hacia la cocina, me hice unos huevos, me senté en el comedor, tomé mis cuadernos y prendí el televisor.

En aquél aparato se veía la estructura del museo local con un agujero enorme en el punto más alto del techo. La reportera hablaba de cómo había desaparecido el esqueleto de una ballena azul, fósiles de homínidos y varias obras de arte de naturaleza invaluable. Cambié de canal. Ahora un par de astrónomos discutían, con una inseguridad que yo desconocía en los astrónomos, cómo la noche anterior la galaxia de Andrómeda y la galaxia del triángulo desaparecieron de la nada, hablaron como la desaparición había sido reportada de manera simultánea por todos los telescopios terrestres y satelitales y como…

Apagué el televisor.

Vi por la ventana.

Abrí mi cuaderno, leí en voz alta:

—El cielo paría un océano que se escabullía por las alcantarillas de la ciudad pasando por entre los techos, lavando sus impurezas…

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