Prosa #15 — Ecce homo (o «El Jesucristo rojo»).

El capitán José Enrique Munguía patrullaba la zona con tres escuadras acompañándole bajo el manto de una brisa silenciosa. Una de las patrullas estaba bajo su mando, las otras dos estaban a cargo del teniente Manuel Cisneros. Ambos sentían la rutina en los hombros pero no se quejaban, se sentían optimistas por alguna razón que la brisa robó de sus mentes.

Divisaron a un campesino montando a caballo a eso de las dos de la tarde. El campesino les gritaba:

—¡Oy, aquí hay guerrilleros!

Munguía, curioso, se acercó al campesino en busca de información.

—¿Cómo así que guerrilleros?—preguntó Munguía.

—Vengo de comprar aquí nomás en el pueblito, unos hombres de camuflado me quitaron todo a punto de fusil—el campesino hizo como si disparase con sus dedos—Los dirigía un hombre cacastudo y larguirucho, era barbudo y llevaba unos anteojos culo de botella que no sé cómo hacía para ver.

Munguía agradeció al campesino y fue junto a Cisneros y sus patrullas hasta un claro, ahí extendió un mapa de la zona ubicando así un lugar para chocar con los guerrilleros que tanto le hacían hervir la sangre. Concluyó de manera instintiva que la confluencia entre los ríos Zínica y Piedra sería el lugar perfecto para establecer a las patrullas; tratarían de emboscar a los marxistas.

Munguía ordenó al teniente Cisneros ir con sus patrullas al lugar, que sembrase sus escuadras en una iglesia abandonada de por ahí.

—…Y ahí esperás a que te salgan—dijo Munguía con un tono inusual, como informal—Yo voy a buscarlos por acá y te alcanzo si no hallo nada.

—Sí, señor.

Munguía entonces siguió con sus labores de patrulla. No encontró guerrilleros pero sí huellas confusas y casquillos de bala. Sentía como si le guiasen hacia una trampa, le angustiaba no poder descifrarla. Era como una mosca volando entre una red de telarañas, un mal movimiento y ¡sas!, le llenan el pecho de balazos.

Para su suerte, no encontró marxistas, halló en el camino a algunos campesinos que prefirieron evadirle y, cuando estuvo apunto de sembrar a sus tropas para darles descanso, recibió una llamada.

—Capitán—decía la voz entrecortada del teniente Cisneros en la línea—, acabamos de intercambiar disparos con los guerrilleros. Estaban al otro lado del río y parece que uno salió herido porque nos gritaba: “Soy Carlos Fonseca Amador, no disparen, soy más útil vivo que muerto”. Les dije a mis hombres que no cruzasen el río porque parecía una emboscada, lo estamos esperando.

—Llego mañana a primera hora, va a llover fuerte y no quiero arriesgarme.

Eran las ocho de la noche entonces, una lluvia torrencial empezaba a asentarse. Munguía decidió sembrarse para salir en la mañana, a primera hora. Escuchar el nombre de tan conocido personaje junto a las palabras de súplica que el teniente Cisneros le atribuyó fue exquisito, le dio una noche de sueño aislado de la lluvia y del frío, como si se hospedara en el hotel más cómodo de Managua. Su emoción, sin embargo, se fue rápido, para cuando salió con sus hombres a eso de las 4:30AM, estaba tan serio y preocupado como la mosca sigilosa entre las telarañas.

Munguía llegó con la mirada enaltecida unas horas después, lo recibió Cisneros:

—Buenos días, capitán. Si le parece, vamos a cruzar el río para reclamar a Carlitos.

—Prosiga, mi patrulla le dará apoyo desde aquí, por si acaso.

Cisneros ordenó a sus patrullas cruzar el río una por una. Munguía y sus hombres permanecían en tierra como medida de seguridad que luego mostró ser innecesaria; todos estaban muertos. Los cadáveres estaban empapados con sus fusiles aún rozando sus manos, los agujeros de bala se perdían entre las ropas húmedas, el hedor era una fuerza más de la naturaleza, golpeó a todos los soldados de la Guardia como una ola de San Juan del Sur. Cisneros notó un rastro en el lodo, un rastro reciente, parecía como si un hombre cojo y una culebra caminasen juntos. Supo que era su trofeo intentando conservar su libertad. Cisneros dedujo que actuaba por pura desesperación, que no iría muy lejos ese intelectual sovietizado. Le hizo una seña a Munguía y le gritó:

—¡Venga a ver esto, capitán!

Munguía atendió sin cuestionar, su optimismo renació mientras cruzaba por las aguas del Zínica-Piedra. Cisneros ordenó a sus hombres seguir el rastro y traer al novio de la patria rojinegra a sus pies. Los soldados anduvieron por unos cuantos metros, encontraron entre los árboles a un espectro retorciéndose, a los despojos de un hombre. Sus ropas estaban empapadas y rotas, llenas de lodo. Su pierna izquierda parecía la raíz de un árbol podrido, en ella había una extraña combinación de rojo, café y verde. Los lentes «culo de botella» que tanto moldearon su imagen yacían rotos sobre sus ojos descoloridos.

Los soldados de la Guardia tomaron al despojo en sus hombros, lo cargaron como el cirineo cargó la cruz de Jesucristo, se burlaron como judíos sediciosos. Notaron que su respiración era ligera, más que exhalar, suspiraba, más que inhalar, se retorcía en pena. Vieron que quería hablar, usar sus dotes de oratoria, hacer gala de su educación rusa, de su habilidad como profesor, de sus buenas notas; apenas balbuceaba.
—He aquí el hombre—dijo Cisneros a Munguía quien parecía impresionado.

—En serio es él.

—Y lo tenemos justo aquí.

—A este seguro lo sacan después—dijo un soldado misquito.

—¡Silencio!—gritó Cisneros.

Munguía se acercó a Carlos, ordenó a los cirineos que lo dejasen caer y este desplomó su cuerpo sobre sus rodillas, ante el Capitán José Enrique, su Poncio Pilato. En ese momento, Enrique quiso decir mucho, pero no encontraba palabras, su poder sobre la vida de aquel hombre era gigantesco, él era su Dios.

Munguía nunca sintió especial gusto en matar comunistas, él mismo no lo hacía en tanto no fuese necesario, pero con éste era distinto, era el marxista más rojo en toda Nicaragua, su sangre era la bandera de la URSS y quería quemarla como un Americano.

Sin embargo, el soldado misquito que antes había sido callado, sacó su Browning y le dejó ir una ráfaga en el pecho y rostro a Amador, diciendo:

—A este hijueputa mucho nos cuesta capturarlo y después su papito que le maneja los negocios a los Somoza consigue que lo saquen siempre.

Munguía no dijo nada, habían cortado, de la nada, su poder divino.

Cisneros amonestaba al soldado imprudente, le quitó el fusil. Mientras le gritaba, Munguía veía el cadáver desfigurado de Amador, le parecía parte de la jungla causándole especial asco.

Munguía dio la vuelta, tomó la Browning de manos de Cisneros y baleó al misquito desobediente.

Hubo silencio. Cisneros no tenía palabras, Munguía sí:

—Caven una tumba para ese hombre,—ordenó señalando el cadáver del misquito—que los sandinistas adoren la tumba equivocada.
Los helicópteros llegaron más tarde, recogieron el cadáver del santo. Munguía y Cisneros no hablaron directamente en todo el viaje. Los demás soldados olvidaron al misquito cuando le echaron la tierra húmeda encima. Carlos se volvió el Jesucristo rojo.
Dicen por ahí que su carabina aún puede oírse en la aurora, esperando la llamada de su pueblo para unírsele, de nuevo, contra la tiranía.

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