Prosa #14 — Cuando llueve, las hormigas bailan.

Cuando llueve, todos parecen desorientados, hormigas que se ahogan en orín. Caminan por lados extraños en busca de su propio hormiguero, su montón de lodo. Hay en el aire gotas de descortesía, un olor a odio que se infiltra en las entrañas, que arranca las convicciones religiosas del altruismo.

Cuando llueve me siento más tranquilo, pero también más tonto. Siempre que el cielo llora olvido como cavilar un pensamiento, me resigno a buscar en otros lo correcto sabiendo al verlos, que en ellos hay de todo menos rectitud. Contesto con menos detalle, evito con más seguridad. Me vuelvo un zángano de nadie, sólo sé caminar.

Cuando llueve, lloro con el cielo pues sé que sus lágrimas, de mayor tamaño, sabrán limpiar las mías. Es un acto cobarde pero confortable, es el sonreír de los bichos raros, de los que saben por saber.

Bajo el llanto del cielo me siento más cercano al amor, al calor. Sé que, como yo, los demás son hormigas sinuosas. La mujer más bella, el hombre más fornido, el Brayan más vulgar, la puta más barata. Todos son insectos bañados en sal. Ni aunque sobre sus cabezas vuele una sombrilla o se asome un techo podrán escapar de la metamorfosis que causan las corrientes verticales, del sentimiento vago que provoca el petricor. Bajo la lluvia, todos somos hormigas lodosas, caminamos sin horizonte, buscamos un hogar sumergido en orines…

La lluvia para…

Somos hombres de nuevo.

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