Prosa #13 — Sólo los ricos.

Fernanda y Juan iban juntos al ministerio de zapatería a cambiar sus viejos mocasines por unos nuevos. Hacía meses que se habían roto pero la fecha de cambio era fija, sin posibilidad de negociación. Ambos habían reparado rústicamente sus viejos zapatos marrones, estaban horribles pero eso era común entre todos los de su comunidad. La cuestión había dejado de ser estética, era ahora puro utilitarismo.
Al entrar vieron una masa de gente sentada en un complejo de sillas azules pegadas entre sí, era la «fila». Una señora rechoncha les echó una mirada de ira señalando con su mano derecha una máquina expendedora de números. Fernanda tomó un número, luego Juan. Les habían salido el 101 y 102, el contador que colgaba del techo gritaba «cincuenta y tres» en grandes números rojos. Fernanda y Juan no perdieron las esperanzas porque nunca las tuvieron consigo en primer lugar, las dejaron en el cajón, debajo del colchón, en la despensa.
Como no había sillas vacías, se sentaron en el suelo.
—Qué horrible tener que esperar aquí—soltó Juan, con los ojos cerrados del cansancio.
—No seas malagradecido, mira que te están dando zapatos gratis.
—Ni tan gratis, además, son un asco—Juan susurró la última parte por razones obvias.
—¿Y si tan asco son, por qué estás aquí?
—¿Qué otra opción hay?
—Tenés las zapaterías privadas.
—No puedo pagar esas cosas, además, la más cercana está en la capital.
—Entonces no te quejes.
—¿Cómo no me voy a quejar si los zapatos son un asco?—esta vez Juan no susurró y todos le miraron extraño.
Fernanda calló, le había irritado un poco que Juan dijese tales cosas sobre el «calzado solidario», pero estaba dispuesta a guardar la compostura.
Todos ahí tenían los zapatos destrozados, los mocasines marrones estándares parecían panes viejos que se deshacían en migajas negras. Todos estaban irritados, los números iban muy lento, cada vez llegaba más gente a sentarse en el suelo, eso hacía que el ambiente sofocase como una boa constrictor. Fernanda y Juan hablaron tonterías hasta el número 76, momento en el cual la conversación -que ya llevaba cerca de tres horas activa- tocó temas más serios. Ambos habían tomado asiento en esas cosas azules, se sentían aliviados y hastiados.
—¿Ya sabes de la nueva escuela que abrieron cerca del parque?—mencionó Fernanda—Es barata pero tiene maestros con buena reputación, vi su plan y me pareció adecuado, quizá matricule a Kevin Jr. en ella al iniciar el año escolar.
—Suena bien, pero yo permanezco fiel a la Kristana, me gusta que a mi hijo le enseñen los valores cristianos y la disciplina jesuita.
—Va, ¿no es muy cara esa?
—Creo que vale la pena.
Juan vio cambiar el número, pensó algo que le pareció gracioso.
—Je, ¿te imaginas al estado manejando las escuelas cómo maneja las zapaterías? Que hubiera un ‘ministerio de educación’, sería genuinamente gracioso—Juan rio—. Los maestros gritarían a sus alumnos, les pegarían incluso; enseñarían montón de cosas inútiles, sería…
—No me gustaría eso—interrumpió Fernanda.
—¿Y por qué con los zapatos es distinto?
—Pues, mira, es que los zapatos son una necesidad, un derecho humano, ¿entiendes?
—¿Y la educación no?
—Eso es un privilegio.
—A mí me parece que ambos lo son, de cierto modo.
—Nadie te gana.
—Pero…
—¡Nadie te gana!
Juan calló y esperó.
Dio el anochecer, algunos pobres diablos que pasaron una ridiculez ahí se fueron por estar muy lejos en la lista. Fernanda quería sus zapatos tanto que cuando llegó el 101 salió disparada como la bala de un policía. Entregó en la rendija su documentación en regla, desnudó sus pies y entregó las masas añejas que llamó alguna vez «calzado solidario». La mujer que le atendía le trajo una tabla con la que medir su pie -era innecesario pero parte del proceso-, Fernanda lo hizo y al devolver la tabla con las marcas anotadas en un papel, la mujer desapareció, Fernanda permaneció ahí, con los pies en el frío. La mujer volvió luego con un par de mocasines negros -especiales, por lealtad-, estaban sucios pero casi intactos. Fernanda aún no terminaba, sin embargo, tenía que llenar un montón de papeleo. Después de cuarenta y seis minutos, salió con sus nuevos zapatos. Juan fue el siguiente, pasó todo el proceso con normalidad hasta la entrega de los viejos mocasines. La mujer se había ido pero por poco tiempo, había traído consigo un par de sandalias básicas que dejó caer frente a Juan, lo miró indiferente y le dijo:
—El estado ha escuchado sus quejas, señor. Tome esto como una pequeña amonestación, vuelva cuando acabe el ciclo de sus sandalias. ¡Victoria, Victoria, Victoria, Victoria y… VICTORIA!
Juan se veía molesto pero, para no retrasar a los demás -que en serio necesitaban irse de ahí, aún más que él- y, más que todo, porque sabía que quejarse sería inútil, sino contraproducente, decidió cargar con las consecuencias de su gran boca.
Al camino de regreso, Fernanda se burlaba de él:
—Eso te pasa por andar con tus calenturas políticas.
—Yo sólo quiero al estado fuera de mis zapatos.
—Lo que quieres es que los pobres vayan descalzos y los ricos tengan zapatos de marca.
—Como con las escuelas, claro.
—Pues yo tengo mis zapatos, gratis y tú no.
No había caso en hablar más y Juan, frustrado, guardó silencio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s