Prosa #12 / Poesía #15 — La sonata de Martina Díaz / Perdigones.

A Martina Díaz.

El sol de la mañana daba al cementerio un aire surrealista, los colores de las tumbas apenas y podían discernirse, todo parecía no tener frontera, ¿donde iniciaban las flores y terminaba el horizonte?, Martina no lo sabía, tampoco estaba para saberlo. Llevaba consigo un ramo curioso, una caja de chocolates densos, ganas de volver al pasado y un sentido curioso de introspección que no había conocido antes. Pocos notaban que Martina seguía el rastro de un entierro que hacía mucho había acabado, veía ella montones de besos, de cigarros, de caramelos, todos desparramados por el terreno, sobre otras tumbas, siguiendo siempre un camino, una línea que ella, cabizbaja, seguía. Cada paso lo sentía amortiguado, como si el mismo aire descolorido que robó las fronteras del cementerio quisiera llevarse también el cuerpecito de la niña Díaz.

Aquella marcha recordó a otras marchas emprendidas, unas de borrachera, de vómito, otras de depresión sincera, de llantos indómitos. Martina no podía esperar para llegar a esa tumba, ese resto de su amor. Quería ver, tantear con sus manos la realidad; aceptar el silencio y callar en su coro también.

Martina tenía miedo de recordar demasiado.

“Sueños de nada” repetía a sí misma, “sueños de años”. Llevaba un collar con una pequeña luna que, colgando, reflejaba la luz del sol en agonía. Quería calmar las luces, calmarse ella misma. Caminó.

La tumba que buscaba la tenía ya enfrente, había jarrones llenos de flores que seguían frescas, húmedas. Martina las vio con desprecio, las sacó de los jarrones y las despedazó contra el suelo, en su lugar dejó sus propias flores, las favoritas de Lucía. 

—¿Sigues ahí?—preguntó Martina, llorando—Tócame, por favor, tócame.

Martina pensó en el pasado: una bestia de muchos colores. Las fechorías ya estaban hechas, ahora ella abrazaba aquel recuerdo como un ancla, su ancla. Necesitaba a alguien, su todo.

¿Quién susurraría cosas lindas en su oído?, ¿quién besaría su frente?, ¿quién la protegería de la bestia colorida? Lucía ya había ascendido con alas de ángel, con muñecas rojizas, con cuellos magullados, con balas; sin nada. Martina jadeó hasta el desmayo y pasó ahí el día.
***
Martina Díaz visitaba
al amor de su vida,
a su vida enterrada.
“Sueños de años” decía,
“Sueños de nada”.

El sol moría,
como una vela
tosía, desde arriba,
vomitando su plasma
de melancolía.

La luna en su cuello
sonaba a cantos de sarro,
como un llanto
que desde abajo
suelta un cadáver.

***
Martina Díaz vio la luz en el cielo nocturno, escuchó al viento soplar frío en sus orejas, olió la tierra húmeda en su paladar y en su mano  sintió el calor del día que dejó tras sus párpados. Alzó la mano y vio al sol entre sus dedos, cuidando de su luna aún después de la muerte y hasta ahora.

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